Con los valores naces o los haces

Revista IN, n. 249 Mayo / Junio 2016
Autoría
Marc Rovira

El cómo nos convertimos en transmisores de unos valores, ya sean corporativos o personales, es sencillo si realmente éstos están integrados en tu yo.

Delante de la hoja en blanco, y por mucho que pasen los años, me pasa como con los exámenes sorpresa. Cuando me invitan a escribir un artículo, noto la misma sensación de cosquilleo en el estómago, y no es precisamente amor, que la que sentía al oír la voz del profesor a la orden de sacad una hoja. Se trata del miedo a no saber transmitir las ideas con palabras con lo sencillo que  nos resulta hacerlo con los gestos en  el día a día, y es que la lección nos la sabemos. Tras unos días de reflexión sobre los valores, los institucionales y personales, y tras intentar racionalizar lo que está integrado en nuestra  forma de ser, me decido por escribir desde la emoción y no desde la razón.

Estaremos de acuerdo que los valores personales suelen ser el producto de un conjunto de hechos: biográficos, culturales, educativos, y también algo debe de tener que ver la personalidad de uno mismo. No es inusual que familias que tienen más de un hijo, éstos puedan tener algunos valores fundamentales comunes pero otros ser diversos. De la misma manera que si estos mismos hermanos explican la biografía familiar habría matices distintos y la contarían según la rescribe  cada uno.

Estos valores que los sentimos como propios e incluso que nos definen como personas, los vamos forjando y fortaleciendo a medida que poco a poco empezamos a sociabilizar. En la elección de una escuela  por nuestros padres, es una suerte si ésta ha estado constituida en valores, y ya un lujo si nos hemos llegado a identificar con alguno. Esto nos permite sentirnos más integrados y aceptados dentro de esta nueva comunidad.

Con el tiempo  después de haber escogido una formación y al incorporarte en el mundo laboral, uno aporta no tan solo el conocimiento profesional, sin duda muy importante, sino también los propios valores personales delante de la vida, que serán los que en definitiva te condicionaran en el tomar decisiones y en el transmitir los mensajes verbales y paraverbales.

Según mi experiencia  no creo en las casualidades y me gusta creer en una cierta interpretación mágica de la vida, aunque no me gustaría que se me      malentendiese,  pienso que es una pequeña parcela en la que preservo una cierta inocencia a los ojos de la vida adulta. Cuando pienso en mi vocación profesional como médico, rememoro la imagen de mi Pediatra, en concreto la sala de espera de la consulta en aquel enorme piso. Era un espacio dónde mi madre, mujer de mucho sentido común, nos permitía una cierta relajación de la disciplina social, podíamos hablar entre los hermanos, recuerdo que al relajarnos y por la cierta ansiedad que supone la visita sanitaria, nos pasábamos el rato de espera riendo. ¡Que buen recuerdo!.  Esto hizo que ya de niño, a la pregunta de que quería ser de mayor, mi respuesta fuera firme: “Dr. Camps (nombre del Sr. Pediatra) o Papa (en este caso me refería al Pontífice Máximo)”. El porqué de esta vocación, se debe a la capacidad que tenía aquel profesional de transmitirme seguridad, por su enorme responsabilidad hacia la salud y hacia la familia. Lo podías llamar por un problema a primera hora y tenias la tranquilidad que a largo de la mañana acudía a visitarte. Su visita abarcaba y confluía, en el concepto más holístico de lo humano, allí dónde había una preocupación y no tan sólo en lo concreto de lo orgánico sino en todo aquello que influía en el desarrollo. Sirvan estas líneas como homenaje a un profesional que supo transmitir unos valores, con su responsabilidad y buen hacer, no tan sólo en como ver la enfermedad sino también en tener una actitud de escucha y empatía delante de los problemas y preocupaciones del otro. He de decir que el Dr. Camps fue nuestro referente hasta bien cumplidos los 17 años, más allá de lo que consideramos edad pediátrica.

Tal vez  podría sorprender de este último párrafo, y más quién me conoce poco, es de mi vocación religiosa. Sea oportuno realizar también un homenaje a una persona sencilla y discreta, que pasó por la vida con tenacidad pero sin hacer ruido, luchadora pero no de grandes batallas sino resolviendo con muchísimo amor el día a día. Estoy hablando de mi abuela, que ha sido para mí  transmisora de valores y un referente educativo. De ella me enorgullezco de haber recibido la formación religiosa, haber heredado algo intangible como la fe y tan difícil de definir como los valores. No era una mujer cultivada ni dada a la palabra, pero con infinidad de pequeños gestos biográficos y en lo cotidiano, una de esas personas de las que he podido afirmar que han tenido  una experiencia trascendente. La formación y la vida me han dado una visión más amplia de lo concreto religioso  y me han abierto en mi dedicación en a la salud y en el  tratar con procesos finales de la vida,  a un concepto más amplio de lo espiritual. De ella también heredé la responsabilidad y la rigurosidad hacia lo mínimo que  es como se pueden obtener grandes resultados en lo cotidiano. Tal vez también haya influido en el conjunto una faceta concreta de mi personalidad: mi búsqueda constante de orden y mi tendencia a veces a ritualizar situaciones cotidianas para así poder proyectar mis valores.

El haber sido educado en un ambiente de gente mayor me ha dado unas habilidades, que pienso que no han sido innatas, aunque si que mi personalidad me ha ayudado a integrarlas, para acercarme al mundo del anciano; incluso hacia aquel anciano que por un proceso neurológico se siente extraño. Es el significado más hospitalario de nuestro trabajo. Esta acogida generosa del protagonista  de una historia de salud pero que además aporta en su mochila una biografía que es igual de interesante y esclarecedora como la propia historia clínica. Y que nos ayudará a acercarnos y dar una mejor respuesta al paciente y también a su familia.

El cómo nos convertimos en transmisores de unos valores, ya sean corporativos o personales, es sencillo si realmente éstos están integrados en tu yo. Estos valores son los que ponen banda sonora a nuestras actividades ya sean profesionales o privadas. No es necesario el aprendizaje de mensajes, pienso que estos están constituidos por actitudes y  gestos que de una forma espontánea aparecen en lo cotidiano de nuestras tareas y de nuestras vidas. Es lo que nos permite traducir y transformar un frío y necesario protocolo de actuación en una forma asistencial responsable, de respeto hacia el otro en todas sus necesidades, es  lo que distingue la calidad y en definitiva lo que nos permite acoger al paciente y sus necesidades en un sentido más genuino y honesto de Hospitalidad.

Sant Joan de Déu Serveis Sociosanitaris - Esplugues de Llobregat (Barcelona)