San Juan de Dios fuente de valores

Revista IN, n. 248 (2016)
Autoría
Francisco Benavides
Cuando en los últimos años hablamos permanentemente de valores como herramienta indispensable para el mejor desarrollo de nuestro trabajo hospitalario, es necesario retomar una vez más la figura de Juan de Dios para ilustrarlos, para abundar en ellos y redescubrirlos encarnados en una persona como nosotros que supo encauzar su vida para darle sentido y generar a su alrededor una corriente de ilusión, ternura y esperanza.

Sin duda no podemos acercarnos a las fuentes que nos hablan de Juan de Dios tratando de encontrar los valores que hoy tenemos consensuados tal y como los verbalizamos en este momento. Es obvio, el paso del tiempo ha modificado el lenguaje, las expresiones… pero a poco que nos detengamos y eliminemos viejos barnices oxidados por el paso del tiempo nos tropezaremos con una forma de vida tan auténtica que con facilidad identificaremos formas de actuación que encierran verdaderos y actuales valores.

Juan de Dios encarna la Hospitalidad como traducción de la misericordia. Expresión fundamental y central del estilo y el patrimonio cultural y espiritual de la Orden por él fundada. A lo largo de este año, en el que celebramos intensamente el Año Jubilar de la Misericordia tengo la sensación, y así lo manifiesto permanentemente, que la expresión tan usada a través de los siglos nos aleja de algo tan intrínsecamente unido a lo esencial de Juan de Dios y nuestra institución. Juan de Dios fue en sus días modelo de misericordia. Él encarnó como nadie esta forma de hacer presente a Jesús en nuestro momento actual. Pero ¿cómo lo hizó? ¿Qué le caracterizó para que todos los que le conocieron, trataron y rodearon lo consideraran “bendecido” apodándolo el “bendito Juan de Dios”? En ocasiones tenemos tan cercana la respuesta, el modelo a seguir, que lo cotidiano nos ciega queriendo buscar en lugares equivocados y por caminos difíciles y erróneos. Su servicio humilde, paciente y responsable: que desde su experiencia militar o su ayuda a aquella familia necesitada de Ceuta viene poniendo de manifiesto su primer biógrafo Castro. Servicio que alcanza su cenit en Granada, desvencijándose por tantos y tantos que recurren a él esperanzados. Respeto y fidelidad a la persona: y cada vez insisto más, al margen de la “estructura” hospitalaria. Su corazón y, por qué no su razón, le llevaron a denunciar enérgicamente el trato que se les dispensaba a los enfermos en el Hospital Real de Granada. Él mismo experimentó este trato degradante a la persona. Parece como si su paso por este lugar fuera necesario para reparar en la dignidad de la persona y, con más motivo si esta está enferma y carece de lo más básico para poderse hacer respetar. Levantar la voz para poner en valor la necesidad de vestirles y darles de comer. Dos cuestiones básicas que hacen diferente al ser humano de los animales. Compartir las angustias y las esperanzas de aquellos con los que convivió en un momento difícil de su vida, el paso por la experiencia de la enfermedad le hizo fuerte y le ayudó a madurar y profundizar en su opción de vida, en su vocación. No vivió de “manual” sino que compartió en igualdad de condiciones la suerte del enfermo mental de su tiempo. La esperanza y la altura de miras, la inconformidad con lo que vivía aumentaba su esperanza. Ahí nace su deseo firme y decidido por hacer las cosas de otra manera. Que no es otra que poniendo en el centro del objetivo a la persona: humanizándola, dignificándola, haciéndola singular por ella misma.

La comprensión, la benevolencia y la abnegación, que nacen de la opción de ponerse en el lugar del otro. Aquellos vergonzantes a los que atendió con una discreción exquisita para no evidenciar el momento de necesidad por el que pasaban. Comprendiendo su situación personal, para ponerse en su piel y ayudar en lo posible a superar la circunstancia. La benevolencia y nobleza con la que se sitúa incluso frente al que lo abofetea públicamente poniéndose por encima de él, por el simple descuido de rozarle y tirarle la capa. Y la permanente abnegación de sus propios intereses por salir al frente de las necesidades de los demás. Saber renunciar, decir que no, para esa energía ponerla a disposición del otro. Vivir solo para los otros, olvidándose de él mismo.

Todos estos gestos y modos de situarse en la vida, después de una radical experiencia de cambio que viene madurándose desde su infancia, conforman una dinámica de hospitalidad. Una hospitalidad compartida con innumerables personas que se unen con más o menos intensidad buscando un entorno más humano y habitable. Una forma de vivir que se contagia y que hace que se produzcan profundos cuestionamientos en otras personas que desean seguir esos valores. Actualizándolos sin duda en la manera de presentarlos o denominarlos pero cuyo objetivo último y final es acoger al otro poniendo en su justo lugar su dignidad y valor.

Revista IN, n. 248.