Rasgos de la Hospitalidad de San Juan de Dios

Labor Hospitalaria n.322 (2018)
Autoría
Mercè Puig-Pey

En este artículo nos acercamos a una propuesta concreta de vivir la espiritualidad juandediana con el deseo de colaborar en el desarrollo de la atención integral de nuestros centros. Es importante que para el desarrollo de este tipo de atención, que contempla la dimensión espiritual como una más entre las otras, los profesionales participen de la sensibilidad espiritual que empujó al Fundador hacia una hospitalidad universal. Juan Ciudad, en el turbulento siglo XVI, en plena época de la contrareforma, decide llevar su gesto hospitalario hacia los más pobres fuera cual fuera su condición social, ideal político o religión. Su apuesta transformó Granada llegando hasta nuestros días. El artículo desglosa su espiritualidad en siete verbos o acciones que encuentran su fundamento en los textos evangélicos que inspiraron al fundador y que forman parte del patrimonio actual de la Orden Hospitalaria. Acercarse, compadecerse, acoger, acompañar, consolar, amar y empoderar. Nuestra Provincia ha desarrollado una formación práctica dirigida a todos los Colaboradores que permite profundizar y hacer experiencia de ello.

Juan de Dios, hombre de su siglo

Tras la toma de Granada y el descubrimiento de América en 1492, se abre en Europa un periodo de conquistas territoriales, de guerras e imperios que toman como bandera las religiones. Evoluciona el desarrollo científico y tecnológico, nacen el Humanismo y el Renacimiento. Tiempos convulsos que despiertan a Europa del letargo medieval abriendo el camino hacia nuestra era: la edad moderna y contemporánea.

La vida de Juan de Dios (1495-1550) nos permite recrear los momentos históricos más importantes del siglo XVI: aprendió el oficio de pastor en la Castilla de la lana merina, fue soldado auxiliar de los Reales Tercios del emperador en la lucha contra los turcos-otomanos, peón de obra en la construcción urgente de las murallas defensivas de Ceuta y vendedor ambulante de libros y estampas por Andalucía. No fue sacerdote, ni fraile ni monje, sino un laico que, sin ser teólogo, en la madurez de su vida y con una base de primeras letras, entendió al mismo Dios.

Tras una vida de aprendizaje y de búsqueda espiritual inquieta, a sus 43 años, en Granada, sus emociones y experiencia vital “explotaron” en su interior, sacudiendo sus ideas y su conciencia. Recluido en el Hospital Real y testigo de tanto sufrimiento, profundizó en la justicia y el amor infinito de Dios, Padre de todos. Al salir del Hospital, en esa Granada, desgarrada y sangrante, recién reconquistada, se lanzó a cuidar a sus iguales, sus hermanos sin distinción. Lo hizo desde la esencia propia del Humanismo y desde el corazón de las bienaventuranzas reivindicando la dignidad individual de cada ser humano, comenzando por los más débiles y olvidados. Su acción, durante los últimos diez años de su vida es directa y audaz recogiendo, acogiendo y cuidando a cada persona con coherencia y persistencia, dignificando su vida y, cuando era imprescindible, su muerte.

La Granada del siglo XVI se entregó con solidaridad y emoción a los ritmos que marcaba “el bendito padre Juan de Dios” por sus calles, en las que hoy aún se escucha el eco de su voz con esa “nueva manera de pedir”, al más puro estilo evangélico: “¡Hermanos…haced el bien a vosotros mismos!”.

Juan de Dios iluminó una nueva manera de hacer hospitalidad que nos llega hasta hoy: aquella que atiende, con un profundo amor, a cada ser humano con eficacia, desde todas las dimensiones de su ser.

La Hospitalidad en clave de acción

El carisma de Juan de Dios es, ante todo, un carisma de acción y no de contemplación[1] que ya desde los inicios de su apostolado fue concretándose en un modo determinado de cuidar que se ampara bajo el valor supremo de la hospitalidad. Este modelo asistencial se fundamenta evangélicamente sobre tres textos: Buen Samaritano, Los discípulos de Emaús y El Buen Pastor, a partir de los cuales y de la lectura de las Cartas y la biografía de Castro, se han  extraído siete  verbos o acciones que creemos ayudan a sintetizar y a profundizar en la espiritualidad juandediana dándole una visibilidad y comprensibilidad al alcance de todas las personas que trabajamos en la institución.

Los verbos acercarse, compadecerse, acoger, acompañar, consolar, amar y empoderar son verbos que de manera plena identifican esta espiritualidad. Cada acción o verbo tiene diferentes énfasis o diferentes matices, pero están interconectados y se complementan unos a otros trazando así el camino espiritual vivido por Juan de Dios.  

Acercarse

Llego junto al él… y acercándose..., Lc. 10,33.34.

Observamos en los evangelios que Jesús se acercaba y recorría todos los pueblos y aldeas (Mt 4,18; 4,23: 9, 35; Mc 11, 27; Jn 7,1; 10,23; 11, 54), enseñando en las sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad (Mt 9, 35). Cuando las personas necesitadas se acercan a Jesús los evangelistas usan «verbos de cercanía»[1] para decir lo que hizo: vió, llamó, dijo, impuso sus manos, sanó.

Estos mismos gestos los encontramos en Juan de Dios. Desde una humildad característica en él (ver capítulo XV de la biografía de Castro) y con buenas habilidades sociales, tiene por costumbre tomar la iniciativa. Sale a buscar, observa cada situación, detecta necesidades y, sin establecer juicios de valor, se acerca, para acto seguido, ofrecerse sin ruido ni invasión, sin hacer preguntas incómodas y sin que la otra persona se sienta en evidencia: eficaz y silencioso. Como ejemplo Antón Rodríguez, testigo 3-3G en el Proceso de beatificación afirma que: “pobres vergonzantes, viudas, huérfanas doncellas, beatas recatadas, mujeres casadas, pleiteantes y necesitados y a todos cuantos acudían a él, y a todos los que lo necesitaban, les daba y socorría…”

Compadecerse

… y al verle tuvo compasión,  Lc 10,33.

Etimológicamente compasión viene del latín cumpassio, siendo una palabra compuesta, significa “sufrir juntos”. Es una emoción humana que se manifiesta a partir del sufrimiento de otro ser[2].

Acudiendo a los evangelios, hay una serie de pasajes donde Jesús mostró compasión, entre otros, cuando curó los enfermos que le presentaban en Mt 14,14; en el inmenso dolor de la viuda de Naim cfr Lc 7,13-15 o en la llamada vocacional de Mateo[3]. Así, lo que movía a Jesús era la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales.

En Juan de Dios encontramos esa misma lectura del corazón desarrollada de diferentes maneras. Por poner un ejemplo Francisco de Castro en el capítulo XI de la biografía sobre Juan de Dios afirma que: “Pues pasados algunos días, que en traer haces de leña del monte se ejercitaba y de ellos se sustentaba, y lo que le sobraba repartía a los pobres, que buscaba de noche, por esos portales echados, helados y desnudos y llagados y enfermos, y viendo lo mucho que de esto había, movido de gran compasión, determinó de más de propósito buscarles el remedio”.  Esta compasión, debió ser impactante porque sus seguidores enseguida comenzaron a ser movidos por las necesidades que veían, al estilo de Juan de Dios[4]

Acoger

Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado, Lc 24,29.

La acogida entendida como Hospitalidad es el eje central de la espiritualidad juandediana y la base fundamental de la acción de san Juan de Dios”[5]  

En el documento Espiritualidad de la Orden, Camino de hospitalidad en el nº 52; tras afirmar que la característica fundamental de la hospitalidad es la acogida y el reconocimiento del huésped por parte del anfitrión, remarca los siguientes rasgos especiales que tiene la hospitalidad:

  • Es virtualmente universal.
  • Revela un alto sentido de la moralidad y de la política.
  • Es virtualmente sagrada.
  • Es un acontecimiento.
  • Cada encuentro de hospitalidad es único y conlleva la atención a la persona concreta.

Un episodio característico de esta acogida es la narración que realiza Francisco de Castro en el capítulo XIV de su obra ya citada: “Esta acogida que ofrecía Juan de Dios proveyó también una cosa de gran socorro, que fue labrar una cocina para los mendigantes y los peregrinos, para sólo se acogiesen de noche a dormir; y se amparasen del frío; tan capaz y de tal suerte labrada, que cabían holgadamente más de doscientos pobres, y todos gozaban del calor de la lumbre que estaba en medio, y para todos había poyos en que durmiesen, unos en colchones y otros en zarzos de anea y otros en esteras, como tenían la necesidad, como hoy día se hace en su hospital”.  

Acompañar

El mismo día, dos de ellos iban a una aldea, que dista de Jerusalén sesenta estadios, llamada Emaús, y hablaban entre sí de todos estos acontecimientos, Lc 24, 13-16.

Acompañar «no sólo ir al lado de alguien durante un trecho del camino, sino hacer el camino realmente juntos, es decir, compartiendo “el pan del camino”, la sabiduría del espíritu»[6] 

En el libro de Pastoral de la OHSJD hay una serie de conceptos sobre el acompañamiento espiritual basadas en la metodología de los discípulos de Emaús que orientan el mismo acompañamiento, tales como: salir al paso, tender puentes, dar oportunidades respetando y dejando la iniciativa; escuchar, dejarse tocar por la realidad existencial de la persona, cuidar las relaciones y crear confianza…[7] Estas orientaciones fueron utilizadas por Juan de Dios en los acompañamientos que hizo y que también recibió. Se hace acompañar por el maestro Juan de Ávila. En palabras de J.L. Redrado; Juan de Dios “se pone en sus manos desde su conversión. Puesto bajo su dirección, le instruye, estimula, le previene, le orienta. En una palabra, influye en su vida”[8].

Juan de Dios también acompaña teniendo un buen ejemplo en las cartas que escribió a Luis Bautista, sobre  discernimiento vocacional, a Gutierrez Lasso, sobre familia e hijos o en las cartas a la Duquesa de Sessa, sobre orientación espiritual[9]. Afirmar también que no sólo acompaña por carta. En la manera de acercarse, de consolar, de amar o de empoderar, también se aprecia criterios evangélicos de acompañamiento, incuso físico yendo a pie como hizo con cuatro “mujeres de mala vida” según leemos en la biografía de Castro capítulo XIII.

Consolar

Le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino, Lc 10,34.

En el cristianismo el Dios que consuela a las personas y da a los afligidos, a los pobres… el mensaje de consolación (Mt 5,5) se manifiesta en Jesús de Nazaret que viene a dar ánimos a los que están abrumados por sus pecados o por la enfermedad (Mt 9,2.22). Ofrece el reposo a los cansado y agobiados (Mt 11,28)[10].

Juan de Dios, según nos relata Castro en capítulo XIV de la biografía, ofrecía también consuelo: “todo el día se ocupaba en diversas obras de caridad, y a la noche, cuando se acogía a casa, por cansado que viniese, nunca se recogía sin primero visitar a todos los enfermos, uno a uno, y preguntarles cómo les había ido, y cómo estaban, y qué habían menester, y con muy amorosas palabras los consolaba en lo espiritual y temporal”.

Son muy numerosos y conmovedores los testimonios que reflejan la acción consoladora de Juan de Dios pero también son muy emotivos los episodios en los que Juan de Dios se siente y es consolado. Así, en el acompañamiento ejercido por  Juan de Ávila, nos relata Francisco de Castro, en el cap. IX de su biografía, que “Por gran favor y consuelo tenía el hermano Ioan, que su buen padre el maestro Ávila le enviase a visitar y se acordase de él, estando en aquella prisión olvidado de todos”. En los momentos de recogimiento y oración también vivió el consuelo ante los agobios y sufrimientos. Así lo expreso a la duquesa de Sessa en su segunda carta: "No hallo mejor remedio ni consuelo para cuando me hallo agobiado y sufriendo que mirar y contemplar a Jesucristo crucificado y pensar en su Pasión y en los trabajos y angustias que padeció en esta vida".

Amar

El buen Pastor da la vida por sus ovejas, Jn 10,11.

Si se puede sintetizar la ley de Dios en el cristianismo y reducir a dos sus mandatos son los siguientes: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma,  con todas tus fuerzas, con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27). Estos dos mandamientos que dio Jesús a sus discípulos tienen una misma raíz, el amor, pues Dios es Amor (1 Jn 4,8). En el evangelio de Lucas esta afirmación de Jesús viene en el diálogo con el un doctor en la ley. No satisfecho con la respuesta éste preguntó quién era el prójimo y Jesús narró la parábola del Buen Samaritano, terminando con el mandato de “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10,37).

Juan de Dios “el hermano de todos” así lo hizo. Toda su vida, tras su conversión y regreso a Granada, es un gran e interrumpido testimonio de caridad. Salvino Leone  remite al capítulo XIV de la biografía de Castro[11]  destacando cuatro elementos de la caridad en Juan de Dios referenciados al tema más general de la ética juandediana:  La ausencia de medida en su caridad; la correlación entre la caridad (para el prójimo) y el amor de Dios; la extensión de su caridad (enfermos, pobres, huérfanos y niños abandonados, estudiantes, “pobres vergonzantes”, peregrinos, prostitutas; la dimensión social de su obra caritativa.

El amor a los demás llega a ser el “alma” que anima la  vida de Juan de Dios: vive el cristianismo a imitación de Jesucristo, amando siempre a los demás aunque su amor no sea correspondido. Llega a vivir el amor cristiano en su exigencia más desconcertante, el amor a los enemigos, en hacer el bien a “buenos y malos”[12]. Por tomar varios ejemplos en dos cartas a la duquesa de Sessa habla sobre estos términos. En la tercera carta la centralidad de la Caridad es resaltable: “Tened siempre caridad, pues ella es la madre de todas las virtudes” (3DS 16) y en la segunda correlaciona el amor de Dios con el amor al prójimo: “Queréis y amáis lo que él quiere y ama; y aborrecéis lo que él aborrece; y por su amor y bondad, no por otro interés queréis hacer el bien y la caridad a los pobres y personas necesitadas” (2DS 19).

Pero no solo es a la duquesa de Sessa, a Luis Bautista, también le escribió en término muy similares: “Tened siempre caridad, porque donde no hay caridad no hay Dios, aunque Dios en todo lugar está” (LB.15). En esta frase se muestra una de las características del amor juandediano;  su constancia y la primacía (siempre). Un ejemplo práctico de esta constancia en la caridad nos lo relata Juan Baca de la Torre en el Proceso de beatificación (Testigo 135- 35/M2) “…oyó a un pleiteante que estaba en la Chancillería tratando un pleito considerable y era muy pobre y acudió, para que le favoreciese, al bendito Juan de Dios. El bendito padre le acompañó a su letrado y se informó si tenía justicia aquel hombre, y el letrado le dijo que sí la tenía. Desde aquel día Juan de Dios le dijo a aquel hombre que todos los días siguientes, (mientras durase el pleito), hallaría dos reales debajo de una piedra de la obra de la Iglesia Mayor (Iglesia del Sagrario). Y el dicho hombre los hallaba, todos los días, y con ello se sustentaba y socorrió…“

Empoderar

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, Lc 24,33.

Según la RAE empoderar significa ‘conceder poder a un colectivo desfavorecido socioeconómicamente para que, mediante su autogestión, mejore sus condiciones de vida’. Desde la espiritualidad cristiana, como recuerda Francisco Álvarez[13],  recuperar la propia dignidad es el primer acto salvífico y saludable. La curación comienza por la consideración positiva del hombre enfermo, por su acepción como persona. De tal manera que dotar de dignidad a la persona es levantarla de su situación; tal es así que los evangelistas utilizan la misma raíz etimológica en las palabras levantar y resucitar. Con Jose Carlos Bermejo afirmamos que "Resucitar, desde nuestra fe cristiana, es dejarse levantar por Dios cuando nos sentimos caídos y abatidos, doloridos y muertos. Resucitar es dejar que Dios diga y haga y sea en nosotros todo y para siempre. Entender así la resurrección es también un compromiso comunitario de fe, de trabajo por el amor y la justicia, para que Dios y su Palabra, presentada especialmente en la persona de Jesús de Nazaret, constituyan buena noticia de amor para toda la humanidad"[14].

De esta manera, Juan de Dios levanta y restaura de forma integral la dignidad de todo aquel que vive en situación de debilidad o marginalidad, recuperando e incrementando su fortaleza, tanto en lo material como en lo espiritual, y lo hace respetando siempre las circunstancias y las formas de sentir y pensar de cada individuo, es decir, su personalidad y sus parámetros culturales.

Un ejemplo de la recuperación de la dignidad lo podemos observar en la inserción laboral que Juan de Dios promovía. Encontramos en el Proceso de beatificación una  palabras de Catalina de Arenas (Testigo 66 – 66/G) en este sentido: “…siendo esta testigo moza de 19 años o así, llegó a él una mujer forastera de buena cara y mediana edad y le dijo: ”hermano Juan de Dios, deme ayuda por amor de Dios” y él respondió: “hermana, ¿me pedís limosna para servir a Dios? Y ella respondió que sí. Y entonces se sacó de la manga un puñado de dineros y se los dio y le preguntó que qué sabía hacer y respondió que no sabía nada, y el bendito padre le preguntó si sabía hilar y respondió que sí, pero que por ser forastera no conocía a nadie para pedirlo, y el bendito padre la llevó a casa de una mujer religiosa y le dijo que se estuviese allí, que le traería lino y lanas para trabajar y dineros, y él tendría cuidado de traerle todo lo necesario…”

Otro caso similar de recuperación de la dignidad a través de la inserción laboral lo encontramos en la narración de Cristóbal de Herrera, Testigo 31 – 31/G del mismo proceso de beatificación. Se podrían citar otros casos como la situación de los enfermos, niños, huérfanos…

Como conclusión:

Estos siete verbos brevemente desarrollados en este artículo han sido vividos y compartidos a lo largo de toda la historia de la Orden por numerosos hermanos y colaboradores. Hoy estos verbos pueden ser profundizados en los encuentros Vivir y Compartir que se organizan desde Curia Provincial para todos los profesionales de los centros y fundaciones de la Provincia de Aragón San Rafael. Con el apoyo del documento Trabajar con San Juan de Dios, elaborado por María del Mar Giménez; a través del trabajo personal y grupal; dinámicas corporales, espacios de silencio y meditación o paseos por la naturaleza se trasluce la vivencia espiritual que cada profesional ya está desarrollando en su labor cotidiana. Ojalá que estos rasgos de la Hospitalidad definidos en estos 7 verbos ayuden a vivir de una manera más activa la espiritualidad en todos aquellos que queremos seguir el camino juandediano.

Bibliografía

Cartas de San Juan de Dios. Disponibles en http://ohsjd.org/Resource/CARTASSANJUANDEDIOSOK.pdf

de Castro, F.  Historia de la vita y santas obras de Juan de Dios, disponible en http://ohsjd.org/Objects/Pagina.asp?ID=2572&T=Historia de la vita y santas obras de Juan de Dios

OHSJD, Constituciones, Roma,  1984 disponible en http://ohsjd.org/Resource/ConstitucionesSpa.pdf

OHSJD, Estatutos Generales, Roma, 2009 disponible en http://ohsjd.org/Resource/Espaolfinaljulio10DEFINITIVO.pdf

OHSJD, Carta de Identidad, Roma, 2000 disponible en http://ohsjd.org/Resource/CartadeIdentidadfinal.pdf

OHSJD, Dimensión misionera de la Orden. Profetas en el mundo de la salud. Roma, 1997 disponible en http://ohsjd.org/Objects/Pagina.asp?ID=1496

OHSJD, Espiritualidad de la Orden. El camino de la hospitalidad según el estilo de S. Juan de Dios, Roma, 2002 disponible en  http://ohsjd.org/Objects/Pagina.asp?ID=1407  

OHSJD, La Pastoral según el estilo de San Juan de Dios, Roma, 2012,  disponible en http://www.ohsjd.org/Resource/PastoralSJDESP-CopiaProtetta_2.pdf

Giménez Martínez, MdM (2016). Trabajar con san Juan de Dios, espiritualidad del modelo asistencial. Documento interno SAER Provincia Aragón-San Rafael.

Martínez Gil, J.L. Proceso de beatificación de San Juan de Dios. BAC, Madrid, 2006.

Sánchez Martínez, J. “Kénosis-diaconía” en el itinerario espiritual de San Juan de Dios, Jerez, 1995,

Torralba Roselló, F. No olvidéis la hospitalidad. PPC Madrid 2005

 

[1] Cfr. Papa Francisco, Misas Matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, Lunes 30 de octubre de 2017 disponible en https://w2.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2017/documents/papa-francesco-cotidie_20171030_camino-buen-pastor.html
[2] J.C. Bermejo, Empatia terapeutica. Desclée de Brouver, Bilbao, 2012 pág 58
[3] Cfr. Francisco, Bula Misiericoridiae vultus nº 8
[4] Ver Capítulo XXII de la biografía de Fernando de Castro.
[5] Francesc Torralba Roselló, No olvidéis la hospitalidad. PPC Madrid 2005 pág 169
[6] Cfr. A. Cencini, Los sentimientos del hijo, Sígueme, Salamanca 2000, Pág 13
[7] OHSJD, La Pastoral según el estilo de San Juan de Dios, Roma, 2012, Pág 20 y 62
[8] J.L. Redrado, Conferencia San Juan de Avila, maestro de santos, Su relación con San Juan de Dios disponible en Cf. www.ohsjd.es/files/conferencia_salamanca_redrado.pdf
[9] OHSJD, Dimensión misionera de la Orden. Profetas en el mundo de la salud. Roma, 1997 nº 5.11
[10] Voz Consolación en Xavier Leon-Dufour (ed.) Vocabulario de teología bíblica, Ed. Herder. 2001.
[11] Frase tomada de Salvino Leone, La ética en San Juan de Dios. Capítulo 3.2.1. Moral individual disponible en http://www.ohsjd.org/Resource/EticaJuandediana-S.Leone_SPA_rivisto01.02.2013.pdf
[12] OHSJD, Dimensión misionera de la Orden. Profetas en el mundo de la salud. Roma, 1997 nº 5.3.
[13] Francisco Álvarez, El evangelio de la Salud. San Pablo, Madrid, 1999, pág. 31
[14] J.C. Bermejo. Duelo y espiritualidad. Sal Terrae, Santander, 2012, pág. 106
 
[1] Francesc Torralba Roselló, No olvidéis la hospitalidad. PPC Madrid 2005 pág 169