Nadie puede enamorarse de un valor

Revista IN nº254 (2017)
Autoría
Aleix Bonfill

Aquello que marcará la diferencia será el cómo hacemos lo que hacemos.

Sabido es que una de las frases célebres de San Juan de Dios es “hacer el bien, bien hecho”. En nuestra sociedad no resulta frecuente hablar del bien. Tampoco de hacer el bien. Algunos piensan incluso, desde que Nietzsche escribió sobre la “muerte de Dios”, que el bien es un fósil del pasado sin nada que decir al hombre de hoy. En este sentido, la frase de Juan de Dios puede considerarse en algunos ámbitos como anticuada o contracultural.

El discurso de los valores está o ha estado de moda en varios contextos. Nuestra institución lo promueve con el lema “la Hospitalidad como valor”, tratando de persuadir al receptor de la conveniencia de hacer el bien, sin nombrar este último. Quisiera señalar en este punto que hablar de valor presenta un riesgo parecido al de hablar del bien. Después de la “muerte de Dios”, un valor recibe su importancia del sujeto que decide darle esa relevancia a este valor particular y no a otro. Por lo tanto, de un valor sólo podré recibir aquella fuerza, relevancia o sentido que yo previamente le haya concedido. El sujeto que decide poner su atención en un valor y no en otro de alguna forma “crea” este valor. En el origen estoy yo.

Por otro lado, como ya reconoció Benedicto XVI hablando de la fe, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Aquí estamos ante un salto cualitativo: la apertura a la experiencia del don. El valor lo puedo crear, manipular, entender y hasta esforzarme para ponerlo en práctica; en cambio el don nos sorprende, nos colma y nos transforma en cuidadores.

En un clima postcristiano –ateo- como el anteriormente descrito, el discurso de los valores puede tener tres tipos de receptores. En primer lugar, los hipócritas que, por interés, alaban el discurso de los valores y hasta lo hacen suyo, pero ni se plantean que este tenga nada que ver con la realidad “real”, ni mucho menos que implique algún cambio en ellos mismos. El segundo tipo de receptor sería el apático sincero. Si no hay Dios y ni siquiera un bien –o valor- objetivo, ¿por qué debo cambiar mi modo de actuar? ¿Quién sabe mejor que yo qué es el bien? ¿Cómo podría saberlo ese fulano y encima se atreve a decírmelo?

Podría ser que en esa atmósfera nihilista el discurso de los valores encontrara un tercer tipo de receptor. Este, sin necesidad de creer en Dios o en el bien, sintoniza de veras con el mensaje de los valores que se le propone e intenta guiar su vida y actuar según esos principios aceptados. Podríamos decir que esta persona está decidida a hacer el bien, pero ¿cómo hacerlo bien hecho? ¿Cómo se concreta ese valor abstracto -la Hospitalidad por ejemplo- en cada una de las situaciones de su día a día? ¿De dónde saca la fuerza para mantenerse firme en dicho propósito ante las mil y una embestidas del mundo que le empujan en sentido contrario?

Ahí entra el don. Cuando nos dejamos conmover, interpelar en lo más profundo de nosotros por algo que no hemos creado, por algo o alguien que nos sobrepasa y hasta puede que nos repele, en definitiva, cuando dejamos de “valorar” y acogemos lo que se nos ofrece, nuestra vida realmente puede dar un vuelco significativo y tomar una “orientación decisiva”. En el caso que nos ocupa, aquella Persona podría bien ser San Juan de Dios.

Haciendo una caricatura, el santo no era Juan de los valores, sino Juan de Dios. Juan Ciudad no estuvo prendado de una idea, ni tan siquiera de la de Hospitalidad, sino que se enamoró locamente de Jesús buen samaritano a partir de un encuentro con el que se convertiría en su mentor, San Juan de Ávila. Fue un acontecimiento inesperado que lo impulsó a entregar su corazón a los locos, enfermos y marginados. Fue estando en la presencia del “bendito Juan”, y viendo y compartiendo sus gestos, que los seguidores de Juan de Dios a su vez se abrieron a la Hospitalidad como experiencia de don.

Seguramente es conveniente seguir hablando de la Hospitalidad y la espiritualidad como valores, puesto que nuestra época se rige por esta terminología. Aquello que marcará la diferencia, sin embargo, será el cómo hacemos lo que hacemos. Según lo dicho, la excelencia en nuestra labor, en el ámbito que sea, no vendrá tanto por una mejor planificación o por un empeño individualista de perfección, sino si cada uno se deja encontrar y acompañar por aquellos a quien dice servir, si dejamos que nos conmuevan las entrañas aquellas personas a quienes, de entrada, no dábamos ningún tipo de valor.