La espiritualidad y abordaje pastoral en personas con discapacidad intelectual

Labor Hospitalaria n.322 (2018)
Autoría

Begoña Moreno Guinea,
Responsable de Pastoral. OHSJD Provincia Bética. Sevilla

Lucía Rodríguez Fernández,
Agente pastoral y Maestra de Educación Especial
Ciudad de San Juan de Dios. Alcalá de Guadaira (Sevilla)

La Discapacidad Intelectual (DI) genera actitudes y sentimientos diversos en la sociedad que se mueven desde la compasión más paternalista hasta el prejuicio o el rechazo; llegando a considerar que estas personas están muy limitadas en todos los aspectos de la vida. Derivado de esta conceptualización, queda excluida, frecuentemente, la reflexión sobre la vida espiritual o las necesidades espirituales de estas personas.

Esta reflexión intenta contribuir a un modelo de intervención que sugiera y proponga inclusión del abordaje pastoral en este mundo de la discapacidad.

Cada persona con discapacidad varía extraordinariamente en sus facultades y habilidades. Cada persona, con independencia de su habilidad, tiene necesidades emocionales complejas; algunas muestran pobrezas en el habla pero comprenden gran variedad de temas; algunas pueden presentar grandes dificultades en muchas esferas de su vida pero necesitan saber quiénes son; muchas comparten, o desean compartir, las experiencias de la vida diaria que claramente poseen implicaciones anímicas o emocionales. Éstas abarcan el interés por explorar el ambiente, por asimilar la información, por desarrollar una comprensión de sí mismos y de los demás, por expresar sentimientos y creatividad, por responder a la experiencia, por hacer preguntas y responderlas.

Sus preocupaciones y sus cuestiones pueden guardar relación con el sitio que ocupan en el mundo, con sus relaciones, con los modos en que cada persona se parece y se diferencia de los demás, con sus gustos, valores, etc. Poder recoger las expresiones de las personas con discapacidad forma parte del cuidado espiritual y es que la discapacidad no niega la capacidad de experimentar alegría, amor, pérdida, tristeza,…

Su bienestar espiritual forma parte integral y esencial de su vida. No es un extra opcional, algo que pueda o no tenerse en cuenta. Mente, cuerpo, emociones y espíritu son inseparables y concierne a la persona en su totalidad.

Estas personas, no solo demuestran posibilidades para crecer espiritualmente, sino que tienen derecho a que se les atiendan y ofrezcan los apoyos necesarios que contribuyan a aumentar su calidad de vida.

La comunidad debe dar mejor respuesta al proyecto de vida y desarrollo de estas personas, destacando el reto y la oportunidad que significa, la atención integral de las personas con Discapacidad Intelectual manifestando la necesidad de ser acompañados en su proceso de maduración integral.

La visión conceptual que prevalece actualmente en el campo de la discapacidad intelectual es la que va dirigida primordialmente a encontrar los apoyos adecuados y específicos para cada persona.

La discapacidad intelectual no es una entidad fija e incambiable, va siendo modificada por el crecimiento y desarrollo biológico del individuo y por la disponibilidad y calidad de los apoyos personales que vaya recibiendo, en una interacción constante y permanente entre el sujeto y su ambiente.

Toda persona puede progresar, en alguna medida, si se le ofrecen los apoyos adecuados. El problema de no progresar no es en sí la persona y su discapacidad; es un reto del entorno proporcionar diferentes sistemas de apoyo que hagan que avance hacia una mayor calidad de vida y hasta lograr su cota máxima de autonomía, sea la que sea.

Gracias a los apoyos recibidos, pueden darle sentido a lo que son capaces de construir y evidentemente, esto repercute en su relación positiva con los demás y en su estado emocional y bienestar personal.

Los profesionales debemos saber reconocer la individualidad de cada persona y su familia, conocer sus valores, deseos y creencias, para prestar los apoyos necesarios que permitan desarrollar la dimensión espiritual dentro de sus posibilidades.

La atención en estos aspectos deberá ser adecuada a su edad, fase de desarrollo y distintas capacidades cognitivas y comunicativas.

Porque el itinerario personal en el descubrimiento de la propia espiritualidad es diferente en cada persona. El ser humano es un proyecto en construcción, y en la biografía de cada persona existen momentos especialmente significativos para despertar espiritualmente, casi siempre, asociados a situaciones de crisis o de oportunidad.

La dimensión espiritual y religiosa en estas personas, puede intuirse, explorarse y acompañarse a través de la búsqueda por satisfacer su equilibrio emocional y su necesidad de sentirse feliz, por las relaciones que establecen consigo mismas, con los demás y con lo trascendente.

Por lo tanto, las expresiones espirituales en la discapacidad intelectual tienen mucha conexión con la psicología y la relación con los vínculos afectivos, los apoyos personales que se ofrecen, siendo esto una herramienta clave en el acompañamiento espiritual.

La realización de las necesidades espirituales: sentido, perdón, transcendencia,… requiere una capacidad de introspección y de razonamiento abstracto determinado, pero no podemos afirmar que el no tener capacidad para definir, expresar o satisfacer estas necesidades no implica la no vivencia.

Por tanto,  entendemos que está ligada a las emociones y a los afectos. Es el lenguaje que ellos entienden. El lenguaje de lo relacional. Sus valores vitales tiene relación con cuidar de lo importante: familiares, amigos, personal de los centros,…

En lo religioso, la imagen de Dios está muy relacionada con esto. Dios es un ser familiar, que ama, cuida y protege y que espera de ellos que sean consecuentes con lo que Él quiere.

El vínculo que establecen con Dios y con Jesús les ayuda a entender que su conducta debe modificarse cuando no encaja con lo que Jesús hizo. En muchos casos la Fe, la vivencia religiosa de las personas con discapacidad es un “gran modificador de conducta”.

Por todo ello, se hace necesario realizar diferentes acciones con las personas con DI, que estimulen esta dimensión de la persona procurando un entorno en el que se pueda desarrollar todo lo bueno que aporta una cultura de lo espiritual. Sin olvidar que  toda experiencia transformadora, por mínima que sea, es experiencia espiritual:

  • Cuando ofrecemos los apoyos oportunos para conseguir que sean conscientes de sus posibilidades de autonomía y autodeterminación.
  • Cuando desarrollamos la creatividad en todas sus expresiones (musical, pintura, plástica, etc.).
  • Ayudándole a cuidar las relaciones positivas con sus iguales.
  • Fomentando las posibilidades de integración.
  • Favoreciendo la inclusión laboral.
  • Incluyendo las expresiones y creencias religiosas.

Desde una Acción Pastoral orientada a mejorar la condición de vida de las personas con discapacidad intelectual, se proponen ciertos apoyos espirituales siempre desde un trabajo interdisciplinar:

  • Escucha activa, respetuosa y empática.
  • Presencia y acompañamiento en momentos difíciles.
  • Estar presente en su día a día, ofreciendo cercanía, diálogo.
  • Ayuda en conflictos de reconciliación (estando atentos a los conflictos, necesidades de integración, de ser querido y reconocido).
  • Facilitando modelos de relación sana y creando vínculos fuertes.
  • Encuentro grupal. Educación en valores.
  • Potenciar la autoestima ayudando a releer la vida.
  • Favoreciendo acceso a la interioridad.
  • Potenciar capacidades como la serenidad, la observación, la libertad interior…
  • Facilitando el duelo.

Después de defender la realidad espiritual de las personas con DI, y los beneficios en su desarrollo, debemos reconocer que, en estas personas, cristalizan fácilmente ciertos elementos propios de la dimensión espiritual, en distintas formas de experiencias religiosas.

Con la expresión “experiencia religiosa” nos referimos a la relación de la persona o un grupo de personas con una realidad a la que se considera trascendente, pero que paradójicamente, para las personas con discapacidad es de lo más íntimamente humano.

Creemos que explorar el significado de la experiencia religiosa en estas personas, tiene el objetivo de acompañarlas en las implicaciones que pueda tener en sus vidas, ayudarles a interpretar sus situaciones, y humanizar sus experiencias, desde la propia religión, siendo ésta, un elemento que puede integrar sus vivencias, repercutiendo en sus sentimientos y conductas.

Es positivo vincularlo siempre a la felicidad, siendo necesario ofrecer los apoyos oportunos para que no sea una fuente de sufrimiento. Al contrario, debe ser siempre abordada en clave de sanación y ayuda, siempre dentro del respeto, naturalidad, libertad, y competencia por parte del adulto que acompaña.

“Nuestra labor consiste fundamentalmente en acompañarlos en su camino de vida, respondiendo a sus necesidades religiosas, compartiendo sus alegrías y esperanzas, inquietudes y miedos, contribuyendo a su bienestar integral. Para ello, debemos crear un espacio donde puedan expresar sus experiencias de vida, sus vivencias cotidianas con su discapacidad, e interpretar a la luz del evangelio, todos sus interrogantes”[1].

Además de todo ello, lo religioso les aporta mucho porque les facilita la expresión a través de toda la simbología de la liturgia y signos de las celebraciones.    

De forma clara, manifiestan una necesidad de sentirse vinculado a un TÚ (Dios) que le acerca a algo misterioso pero que al mismo tiempo les llena de alegría y esperanza.

Lo religioso es su referencia para crecer espiritualmente, porque les transmite sosiego y disfrute en la participación de las prácticas religiosas. Es el lenguaje más asequible para su capacidad de expresarse a través de la afectividad y de las emociones, y de hacerlo a través de algo tan tangible, como los signos de nuestros sacramentos.

Por todo ello, determinamos el acompañamiento espiritual como:

  • Un acercamiento a la persona desde un íntimo respeto, para facilitar y promover su crecimiento y desarrollo.
  • Se facilita a través de los cuidados, presencia y relaciones con el adulto que acompaña a través de habilidades de empatía.
  • Es un proceso que implica mantener una conexión profunda y significativa como preámbulo a la relación de ayuda propiamente dicha.
  • Acompañar a personas con DI, supone crear espacios donde la persona se encuentre segura y en confianza para poder vivir sus crisis sintiéndose acompañada.
  • Conectar espiritualmente con las personas con DI para acompañarlas, presupone mantener una actitud de apertura, madurez, autenticidad y compromiso, dando por asumidas, la hospitalidad y la compasión.
  • Una llamada vocacional para acompañar y sentirte acompañada en el propio desarrollo personal.
[1] Orden Hospitalaria San Juan de Dios. Comisión General. (2012). La pastoral según el estilo de San Juan de Dios. Madrid: Fundación Juan Ciudad, p.122.