El acompañamiento espiritual en el campo de la marginación

Labor Hospitalaria n.322 (2018)
Autoría

Tíscar Espigares,
Comunidad de Sant’Egidio.

Si algo caracteriza la vida de los pobres es que sus dificultades materiales van frecuentemente acompañadas por la falta de esperanza y por una gran soledad propias de esa “cultura del descarte” que deja de lado a todas aquellas personas en las que la fragilidad emerge con más evidencia, mostrando ese “rostro débil” que todos llevamos dentro pero que nuestra sociedad del bienestar individual procura evitar a toda costa. Por ello, desde su comienzo en Roma hace 50 años, la Comunidad de Sant’Egidio siempre ha unido su solidaridad cotidiana con niños, ancianos, personas sin hogar, refugiados, etc. al anuncio del Evangelio como buena noticia para todos, especialmente para los que sufren. En nuestro mundo, y a veces también en nuestra iglesia, a los pobres se les denomina “usuarios” o “beneficiarios”, y pocas veces se piensa en ellos como los hermanos pequeños de Jesús, como narra la parábola del Juicio Final: “en verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Cambiar el lenguaje del Evangelio por el de la asistencia social es un riesgo que aleja espiritualmente a los pobres de la comunidad cristiana, convirtiéndolos en objetos de evaluación y asesoramiento, en vez de en hermanos que hay que amar en primer lugar.

Frente a la “cultura del descarte” es urgente promover una “cultura del acompañamiento”, según la cual cuidar del otro es tarea irrenunciable de toda persona humana. El Papa Francisco, en su visita a Sant’Egidio con motivo del 50 aniversario el 11 de marzo de 2018, definió que participar del espíritu de esta comunidad es vivir plenamente la conciencia de las tres “p”: Palabra de Dios, Pobres y Paz. Las tres “p” se funden en la vida cotidiana de toda persona que comparte este espíritu, de tal forma que no hay distinción entre los que “ayudan” y los que “son ayudados”. Todos se confunden en un abrazo fraterno -el verdadero y único protagonista- que pone en evidencia que hay un único destino común, y que no es posible vivir el Evangelio sin que los pobres estén a nuestro lado, y no al otro lado de una mesa. Aceptar la fragilidad como parte integrante de la vida de todos (tanto de los que están bien como de los que están mal) humaniza la sociedad, permite descubrir el valor de la escucha y de la atención a los demás, y crea una comunión extraordinaria entre quien ayuda y quien es ayudado.

De este modo, la oración y la Eucaristía son momentos comunes donde todos son bienvenidos, donde las puertas están siempre abiertas y se vive la alegría del Evangelio juntos, momentos donde se comprende que la parábola del buen samaritano es siempre actual, y que el salteador del camino se llama paro, separación, enfermedad, vejez, guerra... Cada persona que se acerca a Sant’Egidio tiene la oportunidad de encontrar el Evangelio vivido de manera concreta, que no significa sólo material, sino conociendo y acompañando la debilidad de quien necesita más cariño, más esperanza, más palabras y gestos de los que estamos acostumbrados a dar y recibir en un mundo virtual.

Cuando se piensa en los pobres muchas veces se cree que sus dificultades son materiales o económicas, sin embargo la cercanía a sus vidas permite descubrir que la enfermedad propia o de un ser querido, la tristeza por la ausencia de la familia provocada por el exilio o la ancianidad, o la incertidumbre ante el futuro de los hijos cuando no se tiene trabajo o vivienda, son “heridas” que sólo se pueden acompañar y consolar desde la amistad. Jesús llamó a sus seguidores precisamente así, amigos, y la amistad con el pobre es algo personal, que no se puede delegar en una institución. Alejar la institucionalización de la vida espiritual de las comunidades cristianas nos ayuda a poner en el centro a la persona y a no tratar a los pobres como un caso social.

Otro aspecto importante es saber acompañar en la alegría. En nuestro mundo se piensa que acompañar a los pobres es motivo de tristeza. En la Carta a los Romanos (12, 15) Pablo nos exhorta: “Alegraos con los que están alegres, llorad con los que lloran”. Es importante saber acompañar en las alegrías y no sólo en las dificultades, más aún, es importante promover momentos de alegría y de fiesta. Por eso, en Sant’Egidio hay muchos momentos en los que se comparte la alegría de estar juntos: la celebración de la Navidad cada 25 de diciembre, los cumpleaños, las vacaciones de verano, las fiestas familiares… son todas ocasiones en las que descubrimos que nos une algo que va mucho más allá de lo material. Muchas veces se piensa que en la relación con los pobres sólo hay que estar presentes cuando se es útil, y preferimos sentirnos más “protagonistas” ayudando a solucionar las urgencias, olvidándonos de acompañar en la alegría. Ser invitado a una fiesta por los pobres es un honor para cada uno de nosotros, y a la vez nos ayuda a comprender la importancia de la fiesta en el espíritu del Evangelio. De una fiesta inclusiva que no separa, sino que une y crea comunión.

Dice Vincenzo Paglia en su reciente libro La hermana muerte: “Estrechar la mano de alguien en el último momento de la vida es una gracia que todos deberíamos tener, y que ni siquiera la muerte puede cancelar. Este es el secreto de la felicidad. Y no forma parte de la cultura ordinaria sino del Evangelio”. Aprender a estrechar las manos de otros, no sólo en el último momento, sino a lo largo de toda la vida, es el secreto de esa “cultura del acompañamiento” que puede renovar y humanizar nuestra sociedad.