La espiritualidad nos da una nueva perspectiva para una nueva cultura de la Hospitalidad

Para empezar, defina el valor de la Hospitalidad

La Hospitalidad para la Orden no es solamente un valor más, sino que es el valor por excelencia. Es el valor central a partir del cual se explican todos los demás valores, como iremos viendo en las siguientes respuestas.
 
La Hospitalidad, además de ser el valor central para la Orden, es también su principio y fundamento, es la virtud central que hemos de ir consiguiendo y constituye, siguiendo los términos kantianos nuestro imperativo ético. Constituye de hecho la medida ética de nuestras acciones, que han de tender siempre a la excelencia ética, inspirados en la hospitalidad vivida al estilo de San Juan de Dios, la del Buen Samaritano.
 
Aunque la Orden la entiende a partir de una experiencia y de una visión religiosa y concretamente cristiana católica, se trata de un valor inclusivo, que comparte espacio con otras dimensiones del ser humano (antropológica, psicológica, social), y con otras filosofías, culturas y religiones. Por eso para la Orden no puede haber límites para la hospitalidad, cuando se trata de hacer el bien, acoger y cuidar a las personas, sea cual sea su condición, limitación o necesidad. Un vasto campo de acción, que ya lo vemos reflejado en el quehacer diario de San Juan de Dios.
 
La Hospitalidad es un valor en alza en nuestra sociedad por la necesidad de superar la pérdida constante de acogida y calor humano, de anonimato humano y de insensibilidad por las personas más vulnerables y necesitadas. Algunos proponen la hospitalidad como la categoría ética más importante en el mundo de hoy, haciendo una llamada a cada persona e institución al compromiso y la responsabilidad a través de la hospitalidad.
 
Por tanto la Hospitalidad no es una cosa cualquiera para la Familia de San Juan de Dios, es su identidad, su espiritualidad, su patrimonio más preciado, y por eso es difícil definirla en dos palabras. Sin embargo, teniendo en cuenta todo lo dicho hasta aquí y a título muy personal, defino así la Hospitalidad: Acoger incondicionalmente a las personas, respetando su dignidad y cuidando y promoviendo integralmente su vida.

Y ahora podría definir el valor de la calidad.

Sin entrar en definiciones técnicas sobre la calidad, lo cierto es que cuando vemos, escuchamos o decimos que algo es o está hecho con calidad, significa que está bien hecho, que se puede confiar y sobre todo que es de garantía.
 
De forma sencilla podríamos decir que eso es la calidad entendida como un valor que expresa la hospitalidad y que por lo tanto la entendemos a su luz.
 
La hospitalidad exige una buena asistencia sanitaria, social etc.... con los mejores medios posibles, realizada de forma profesional, con las mejores técnicas a nuestro alcance y según los standares de calidad que hoy se exigen. Si no fuese así la hospitalidad que predicamos caería por su propio pie. No obstante no hemos de caer en el tecnicismo, ya que la técnica es necesaria, pero adecuada a la realidad concreta, de acuerdo razonablemente a los medios y sabiendo que se requieren otras cosas.
 
La calidad, como expresión de la hospitalidad, es buscar la excelencia asistencial y profesional en la atención y cuidado de las personas que asistimos. Sin este valor la hospitalidad y nuestro estilo asistencial quedan muy mermados. Evidentemente esto exige una adecuada gestión de los recursos, una formación cuidada de todos y un nivel alto de profesionalidad.
 
La calidad, que también se mide de acuerdo a determinados estándares, debe aplicarse a todos los niveles de la vida de nuestros centros, incluidos la asistencia pastoral, ética, humanización y en general el cumplimiento de nuestra misión.  

Y el de la responsabilidad.

La responsabilidad es la expresión de la hospitalidad en su dimensión ética. El término responsabilidad ética de Jonás nos ayuda a entender el significado que queremos darle desde la hospitalidad. La atención y el cuidado de los enfermos y de las personas vulnerables, además de hacerlo con una alta calidad profesional requiere un compromiso ético de excelencia que implica tener en cuenta a cada persona, con toda su realidad e integralidad.
En este sentido la bioética es una preocupación y un compromiso que la Orden viene asumiendo desde hace años, promoviendo los Comités de Ética Asistenciales, sanitarios primero y también ahora sociales, así como los de investigación clínica.
No solo es importante la ética asistencial y de la investigación clínica, sino que también lo es la ética de la gestión de nuestras obras. Estamos llamados a ser transparentes en la gestión y de modo muy especial en la administración de los bienes que la sociedad pone en nuestras manos para el servicio de los pobres y enfermos.
La formación en este ámbito de la ética resulta cada vez más imprescindible. Sobre todo la formación que promueva la responsabilidad y la sensibilidad ética de cada uno de los Hermanos y Colaboradores, en todos los momentos y circunstancias del proceso de atención sanitario o social y no solo en los momentos donde surgen temas que absorben mayor publicidad.

También el del respeto.

El respeto es un valor que expresa la hospitalidad en cuanto se refiere a la dignidad debida a cada persona, sea cual sea su condición, y al proceso de humanización que debemos a toda persona que atendemos o entramos en relación.
Asistencia de calidad si, pero debe complementarse con una exquisita asistencia humana que sea reflejo del amor de Dios a los hombres. Ambas se necesitan y las dos deben estar. De hecho hablar de asistencia de calidad o profesional sin una asistencia humanizada es una quimera.
El proceso de humanización fue propuesto con un nuevo lenguaje por Fra Pierluigi Marchesi y se trata de una nueva cultura asistencial, que de hecho ha tenido una gran eco en todo el mundo. El respeto a la dignidad y a la vida de las personas expresa con mucha lucidez la hospitalidad desde su dimensión humanizante y humanizadora. 

Y por último defina el valor de la espiritualidad.

La espiritualidad es una dimensión constitutiva del ser humano, la más profunda, que le permite a través de su apertura a otra realidad diversa, por ejemplo Dios, el Misterio, una determinada filosofía de vida etc., ir realizando transformaciones sucesivas en su vida, que van dando cada vez mayor significado y sentido a su vida y le van acercando a su meta, que es la felicidad, el paraíso, el nirvana, el encuentro para siempre con Dios, según las ideas o creencias de cada persona.
Se refiere por tanto al sentido de la vida de las personas y por tanto tiene que ver con las respuestas que damos a las grandes preguntas de la vida, con los valores y con las creencias que tenemos. Para muchos la espiritualidad se vive y se expresa en una religión, para otros no, su fuente de respuesta no es la fe, sino otras ideas.
Por tanto y desde la hospitalidad, somos llamados a ser sensibles a la espiritualidad y en su caso a la religiosidad de cada una de las personas que asistimos, respetando sus ideas y creencias y asistiéndoles en esta necesidad verdaderamente muy importante y que muchas veces marca la urdimbre de la sanación de las personas.

¿Por qué se confunde a menudo espiritualidad con religiosidad?

En nuestra cultura lo espiritual y lo religioso se ha entendido durante años y siglos como algo similar y en todo caso muy unido. Incluso el dualismo filosófico que ha iluminado una teología dualista, “cuerpo – alma”, “cuerpo – espíritu”, ha contribuido durante mucho tiempo a extender estas ideas, de forma más profunda y menos elaborada entre la gente sencilla, con menos formación. Parecía y en algún modo todavía hoy lo parece, que todo lo que suene a espiritual, tiene que ver y es del ámbito de lo religioso.
 
Desde hace ya unos años ha entrado con fuerza un concepto más clarificador y diferenciador de ambos términos: espiritualidad y religiosidad. La primera es más amplia, es constitutiva de toda persona y puede alumbrar y acoger la religiosidad, pero va más allá, porque alcanza también a las personas que no tienen una fe religiosa, buscando sus respuestas al sentido de la vida en otras ideas y/o filosofías.
 
En la actualidad creo que es necesario hacer un esfuerzo por la formación al respecto. La experiencia nos dice que bien explicada, es acogida por muchas personas, que sistemáticamente negaban cualquier atención a la espiritualidad y a la religiosidad. Desde el punto de vista de la hospitalidad de la pastoral de la salud y social, esto implica, entre otras cosas, la necesidad de asistir a todo ser humano, independientemente de sus creencias. Implica también para todos los profesionales, estar atentos a la espiritualidad, que muchas veces ejerce un peso muy fuerte en la capacidad terapéutica del enfermo y en todo caso debe estar atento para que si advierte cualquier necesidad al respecto, provea para su asistencia.  

¿Cómo encaja el valor de la espiritualidad en la sociedad actual?

Creo que el valor de la espiritualidad encaja bastante bien en la sociedad actual, de hecho son cada vez mayor el número de movimientos, caminos, modos y métodos de responder a la sed de espíritu y de vida espiritual que tiene el hombre de hoy. De hecho se dice que el siglo XXI será el siglo de la espiritualidad, seguramente porque después de tantos “ismos” el ser humano se da cuenta que es muy moderno, que sabe muchas cosas, que es un tecnócrata etc., pero que ha perdido el sentido y el rumbo de su vida, no encuentra valores y motivos que le llenen. Ha visto que una vida externa al propio ser humano no le llena y por eso comienza a mirar dentro de sí, en la profundidad, para descubrir el espíritu, el misterio, el sentido.
Todo esto esta sucediendo ciertamente, pero de forma desigual. En muchos lugares de forma incipiente y por otro lado con formas que tienen el peligro de presentar una espiritualidad sesgada, inmadura, que no lleva a la persona a transcenderse a sí mismo sino que lo atrapa en su propio egocentrismo. Es importante hacer un discernimiento sobre la madurez espiritual, que como mínimo ha de pasar el criterio del descentramiento y de la concreción en el compromiso al servicio de los demás. La Familia de San Juan de Dios, a través de la hospitalidad entiende perfectamente esta realidad y es una vía privilegiada para formar y promover la espiritualidad y también la religiosidad en nuestra sociedad, porque su base es poner en el centro al otro, al que sufre y esta necesitado.

¿Cómo se practica el valor de la espiritualidad en un entorno de grave crisis económica como el actual?

La espiritualidad se practica en todo tiempo y cuando no se tiene en cuenta, cuando se le relega, la persona humana se empobrece y en muchas ocasiones no encuentra las respuestas adecuadas porque no se le ha cuidado.
 
Normalmente en los momentos de mayor dificultad solemos buscar las respuestas a nuestras preguntas en Dios y/o en nuestro universo espiritual. Solemos acudir ahí con las preguntas más difíciles. Pero la dinámica de la espiritualidad requiere su cuidado especial para que encontremos en ella la respuesta o la paz interior, la acogida y la apertura al misterio. Requiere dedicar tiempo personal a encontrar al Espíritu en la profundidad, requiere escuchar a los otros, especialmente a quienes sufren. Si se es creyente en Jesucristo, requiere escuchar la Palabra de Dios y leer la crisis a su luz, por supuesto requiere un compromiso con las víctimas de dicha crisis.
 
Quienes tienen la espiritualidad y/o la fe en Dios como un valor central en su vida lo practican en un momento de crisis económica grave, rompiendo con el egoísmo de vivir encerrado en sí mismos y comprometiéndose desde la solidaridad a luchar contra ella y específicamente a compartir parte de lo suyos con quienes están más necesitados. Quienes se sienten más afectados, pueden encontrar en la espiritualidad además de respuestas al sentido de este momento, la fuerza para luchar y salir de esa realidad y puede descubrir en la solidaridad de los demás una nueva perspectiva para su vida.

¿Cómo puede transmitirse el valor de la espiritualidad en un centro sanitario?

La realidad de la enfermedad y del sufrimiento es un ámbito para la espiritualidad, tanto en el ámbito profesional y asistencial, como en el puramente formativo. La espiritualidad nos da una nueva perspectiva para una nueva cultura de la hospitalidad y de la asistencia sanitaria y social.
 
Mirar al ser humano que sufre, exige ayudarle en la respuesta del por qué y para qué y no solo del cómo. Por eso todos los profesionales deberían implicarse en el cuidado de esta dimensión espiritual, ayudando y acompañando a los enfermos a buscar y a dar sentido a la situación que están viviendo. Se trata de ver y compartir con el enfermo una nueva dimensión, que nos compromete más, pero que nos plenifica más. Cierto, exige el compromiso de todos y cada uno de los profesionales.
 
Es esta una cultura que cuesta ir introduciéndola, frente a una cultura sanitaria puramente tecnicista y en vías de deshumanización. Para ello se requiere una formación adecuada de los profesionales, sensibilizándoles para que puedan asumir su compromiso en la asistencia espiritual. Lo cual no quiere decir que ellos tengan que responder a todas las demandas, pero si detectarlas y si no pueden atenderlas, derivarlas al Servicio de Atención Espiritual y Religiosa a las personas que la Institución haya indicado.
 
Además de por esta vía, la formación, mi experiencia es que cuando todo esto se hace bien, tiene una buena acogida entre los profesionales y después entre ellos lo van pasando, creándose la base para una nueva cultura de la asistencia y de la espiritual. Creo sinceramente que el estilo y el modelo asistencial de la hospitalidad propicia esta nueva cultura, que evidentemente ha de trabajarse con constancia e intensidad.
 
Sin duda y mirando a los enfermos, en la transmisión del valor de la espiritualidad tiene un papel muy importante el Servicio de Atención Espiritual y Religiosa, quien debe ser el animador e impulsor con los profesionales y quien debe proveer un plan asistencial desde esta perspectiva, más allá de lo estrictamente religioso y en la cual toda persona que llega al centro es sujeto de atención espiritual, ayudándole desde el respeto y el acompañamiento a buscar el sentido a la situación que esta viviendo, lo cual no siempre se consigue.

¿Y en un centro social?

En un centro social pueden cambiar los métodos y las formas, pero de fondo se dan parecidos argumentos. El punto de partida es la realidad de una persona con una fuerte problemática social, un inmigrante, un excluido etc... Se trata de personas cuyo proyecto de vida se ha roto, para quienes el sentido de su vida apenas existe, en definitiva son personas desesperadas y con frecuencia derrotadas.
La espiritualidad es el valor y la dimensión de la vida que les puede dar la posibilidad de reencontrar el equilibrio roto, la esperanza, el nuevo proyecto de vida, la reinserción, en definitiva el sentido de su vida. 
Es muy claro, que todos los profesionales de un centro social, deberían trabajar en un proyecto común cuyo objetivo final fuese reconstruir el sentido espiritual de la vida de las personas, devolviéndoles la paz interior y el sosiego. Evidentemente a través de las acciones técnicas necesarias, pero trabajando todos en equipo, sin perder de vista esta sensibilidad. El proyecto de hospitalidad de la Orden en el campo social debe ir siempre en esta perspectiva. 

¿Cuáles podrían ser algunos de los comportamientos y actitudes que deben tener los profesionales de los centros de la Orden relacionados con el valor de la espiritualidad?

Ciertamente los valores deben expresarse en actitudes y comportamientos que nos demuestren la fuerza y la validez de un valor. Es un tema muy importante que en la Orden respecto a la hospitalidad hemos de completar. Respecto a la pregunta y a modo de ejemplo diría lo siguiente:
 
A nivel de las actitudes es fundamental la apertura al valor de la espiritualidad, al menos de inicio la apertura a aceptar que es algo importante para las personas asistidas y que solo por ello, como buenos profesionales, deben formarse en ello. Algunos comportamientos que se derivan de esta actitud pueden la escucha atenta e interesada, la formación, la lectura y el compartir sobre el tema, asistiendo a encuentros jornadas etc. que se organicen.
 
Es fundamental la actitud de respeto a los valores y las creencias de los pacientes, sean las que sean y en la medida de lo posible, atenderlas o preocuparse para que sean atendidas. Por supuesto también han de ser respetadas las ideas y creencias de los propios profesionales. Los comportamientos que se derivan de esta actitud de respeto son la acogida cálida del paciente y la familia, la asistencia necesaria, la derivación si es el caso a otros profesionales, el seguimiento posterior.
 
Es deseable la actitud de colaboración y promoción del valor y de la cultura de la espiritualidad. Además de lo anterior, es importante la disponibilidad para participar en encuentros, jornadas, grupos y comisiones de trabajo al respecto, incluso liderando o ayudando a formarse a los demás con su experiencia, sus conocimientos o su testimonio. 

¿Qué intervenciones podrían ayudarnos en la transmisión de valores?

Transmitir valores está dentro de la transmisión de la cultura y eso no es fácil y requiere tiempo. Hay tres cuestiones fundamentales para ello:
 
Por una parte la Formación. Sensibilizar, informar y formar es un requisito necesario, sobre todo del valor de la espiritualidad, que como he dicho antes, se ha confundido tanto. Formar sobre el valor y su aplicación a nivel personal y de cara a los demás. De hecho en lo que en la Orden llamamos “La Escuela de Hospitalidad”, que incluye el plan de formación institucional para todos los miembros de nuestra Familia Hospitalaria, éste debe ser un tema que debe estar siempre presente.
 
El proceso formativo debe ser activo, teórico y experiencial y debe evaluar y valorar los grados de asimilación y motivación adquiridos.
 
En segundo lugar, la formación ha de ser complementada por los ejemplos y los testimonios. La información y el conocimiento no es suficiente, requiere verlo en la práctica para motivarse y entusiasmarse con ello. Por eso es importante que los demás miembros de la Familia de San Juan de Dios, Hermanos y Colaboradores, se empeñen en vivir y hacer visible este valor con sus propias actitudes, gestos y comportamientos.
 
Por último considero necesario que las personas puedan encontrar, una vez formados, espacios para desarrollar en su vida y en su trabajo profesional el valor adquirido, en este caso la espiritualidad, en línea con todo lo dicho anteriormente.

Amèlia Guilera i Roche