La importancia del cuidado espiritual en los ancianos institucionalizados

Labor Hospitalaria, n. 301 (2011)
Autoría
La sociedad actual considera, mayoritariamente, que la calidad de vida en la vejez viene determinada por gozar de una buena salud y de una forma física más o menos aceptable. Todos sabemos que este ideal de vida no deja de ser un tópico y que es precisamente en la vejez cuando es más difícil conseguirlo.

Nuestra sociedad ha conseguido mejorar la salud de nuestros mayores, procurándoles más recursos económicos y asistenciales que, para una gran mayoría, son esenciales. Está previsto que el número de ancianos vaya en aumento. La esperanza de vida presenta una evolución ascendente, pero esto no implica necesariamente que el estado de salud permanezca igual en todos los años vividos.

En este escenario, con la aprobación de la Ley 12 de Servicios Sociales del 11 de octubre de 2007 y el aumento de la esperanza de vida, se puede deducir que el número de ancianos, que vivirán institucionalizados sus últimos años de vida, irá en aumento.

Vivir en una residencia proporciona a una gran mayoría de ancianos una seguridad de la que antes no gozaban, ya que tienen cubiertas sus necesidades más básicas, pero la institucionalización no deja de tener sus riesgos: falta de intimidad y despersonalización.

Hay que tener en cuenta que el anciano vive una etapa de crisis marcada por las pérdidas de todo tipo que pueden convertirse en una amenaza para su integridad personal y una fuente, en muchos casos, de sufrimiento que puede pasar desapercibido por los profesionales de la salud. La soledad, la falta de privacidad socio-cultural al no poder realizar sus actividades de preferencia, el sentirse una carga inútil y la falta de arraigo son factores que pueden actuar como desencadenantes de sufrimiento espiritual.

El objetivo de este artículo es explorar la importancia del cuidado de las necesidades espirituales en los ancianos institucionalizados.

  “El camino de la vejez nunca va hacia el olvido,
como querría la ley del tiempo,
sino hacia la memoria que reclama,
no simplemente el pasado sino,
para quien sabe escuchar, también el futuro”
(Massimo Petrini, 1997)
 

La sociedad actual considera, mayoritariamente, que la calidad de vida en la vejez viene determinada por gozar de una buena salud y de una forma física más o menos aceptable. Todos sabemos que este ideal de vida no deja de ser un tópico y que es precisamente en la vejez cuando es más difícil conseguirlo. En este sentido, cabe destacar que la aprobación de la ley de dependencia ha evidenciado el gran número de personas mayores que necesitan ayudas para llevar a cabo las actividades más básicas de la vida diaria.

Nuestra sociedad ha conseguido mejorar la salud de nuestros mayores, procurándoles más recursos económicos y asistenciales que, para una gran mayoría, son esenciales. En el informe 2008 sobre las personas mayores en España, del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO) queda  reflejado de manera detallada el avance que se ha realizado, tanto a nivel público como privado, para mejorar el bienestar de las personas que han sobrepasado los 65 años, en especial el sector de la población que se encuentra o está cerca de situación de dependencia. Está previsto que el número de ancianos vaya en aumento. El Instituto Nacional de Estadística, a partir del Escenario 1, prevé que para el 2060 habrá 15.679.878  personas que habrán superado el umbral de los 65 años. La esperanza de vida presenta una evolución ascendente, pero esto no implica necesariamente que el estado de salud permanezca igual en todos los años vividos.

El perfil de la persona usuaria de los centros públicos residenciales de Cataluña muestra que el 75% del total de los residentes son mujeres, de las cuales el 78% tiene más de 80 años, mientras que el porcentaje total de los residentes de ambos sexos que tienen más de 80 años es del 72%. De los datos anteriores podemos inferir que mayoritariamente son ancianos frágiles y,  posiblemente, dependientes. Cabe destacar que las mujeres tienen una esperanza de vida más alta que los varones, pero por este motivo tienen más probabilidad de presentar discapacidad y dependencia.

La aprobación y entrada en vigor de la Ley 12 de Servicios Sociales del 11 de octubre de 2007, ha establecido el carácter universal del derecho de acceso a los Servicios Sociales. En este escenario, con la aprobación de la ley y el aumento de la esperanza de vida, se considera necesario incrementar el número de plazas para personas mayores en un 20%. De estos datos se  puede deducir que el número de ancianos, que vivirán institucionalizados sus últimos años de vida, irá en aumento.

Vivir en una residencia proporciona a una gran mayoría de ancianos una seguridad de la que antes no gozaban, ya que tienen cubiertas sus necesidades más básicas, pero la institucionalización no deja de tener sus riesgos, y tal como sostiene Goffman (1970), la falta de intimidad que experimenta la persona institucionalizada puede conducir a la despersonalización. La visión que tienen las personas mayores de las residencias en la mayoría de los casos es negativa y la sensación de desamparo por el abandono de los hijos es compartida por un gran número de ellos (Iglesias de Ussel, 2010).

Hay que tener en cuenta que el anciano vive una etapa de crisis marcada por las pérdidas de todo tipo. El deterioro físico, la dependencia y la proximidad de la muerte pueden convertirse en una amenaza para su integridad personal y una fuente en muchos casos de sufrimiento que puede pasar desapercibido por los profesionales de la salud. Torralba (1995) señala que, al igual que la muerte, el sufrimiento es un tema tabú en la sociedad del bienestar. Nuestros cuidados, tan eficaces en el control de los síntomas físicos, a menudo fracasan en este ámbito. Se corre el peligro que la afectividad sea obviada, en gran parte, en este tipo de instituciones. Tal como indican Rodríguez (2009) e Iglesias (2001), el riesgo de soledad en el anciano es alto y la institucionalización puede aumentarlo. La soledad, la falta de privacidad socio-cultural al no poder realizar sus actividades de preferencia, el sentirse una carga inútil y la falta de arraigo son factores que pueden actuar como desencadenantes de sufrimiento espiritual.

El objetivo de este artículo es explorar la importancia del cuidado de las necesidades espirituales en los ancianos institucionalizados.

Metodología

Se ha realizado una revisión bibliográfica de las principales aportaciones teóricas y empíricas sobre el cuidado espiritual en la persona anciana, a través de fuentes primarias y de las siguientes bases de datos: PubMed, IME, Cinahl,  Cuiden, Cuidatge.

En primer lugar se han revisado los antecedentes teóricos y empíricos  del concepto espiritualidad. En una segunda parte se ha concretado la búsqueda en las perdidas que conlleva la vejez y como repercute a nivel emocional la institucionalización. Por último se ha analizado la importancia de la espiritualidad en esta etapa de la vida y el papel de la enfermería en el cuidado espiritual en general y en el del anciano en particular.

Sobre la espiritualidad en la persona anciana. Una aproximación al concepto de espiritualidad

“El siglo XXI será espiritual o no será” 
(André Malraux 1901-1976)

La OMS (1990), en el informe 804 (Cancer pain relief and palliative care), señala la dimensión espiritual como uno de los componentes de salud integral y la define como “aquellos aspectos de la vida humana que tienen que ver con experiencias que transcienden los fenómenos sensoriales. No es lo mismo que religioso. El aspecto espiritual de la vida puede ser visto como un componente integrado junto con los componentes físicos, psicológicos y sociales. No es lo mismo que religioso, aunque para muchas personas la dimensión espiritual de sus vidas incluye un componente religioso”.

El término espiritual posee, para muchos autores, una gran dosis de ambigüedad que hace difícil su análisis. Tal como indica Torralba (2003: 7-16), “La palabra espiritual es extraordinariamente polisémica y la bibliografía filosófica y teológica así lo constata”. La espiritualidad se ha definido como “un elemento privado y personal, variable, que se experimenta de forma diferente en los diferentes momentos de la vida, se puede expresar a través del cuerpo, del pensamiento, los sentimientos, los juicios, la creatividad, incluye la relación de las personas con los aspectos no materiales de la vida, es un sistema de guía interno paralelo al bienestar humano y agrupa ideas filosóficas acerca de la vida, su propósito y significado, motiva para escoger las relaciones con otros y es un componente de la salud relacionado con la esencia de la vida” (Sánchez Herrera, 2004: 8-22). La autora también describe aquellos conceptos que frecuentemente se confunden con la espiritualidad pero que no lo son. Para ella, “la espiritualidad no es tangible ni totalmente mesurable, no es sinónimo de religión, no es igual a psicología ni a ética, ni a consciencia moral, ni a cultura” (Sánchez Herrera, 2004: 8-22).

La espiritualidad pertenece al dominio interior de la persona y a la consciencia o percepción de uno mismo en el universo. La espiritualidad es propia y exclusiva del ser humano (Barbero, 2002). Payas (2003), afirma que “la espiritualidad es muy difícil de definir aunque es un concepto que todos entendemos. Al hablar de ella nos referimos a una experiencia mucho más personal e íntima que puede o no ser expresada dentro de la religiosidad”. Para Bash (2005), “La experiencia espiritual es lo que dice cada persona que es, y la tarea del profesional de la salud es identificar y respetar la expresión de la experiencia espiritual de la persona y ofrecerle apoyo”. El bienestar espiritual debe entenderse como un sentido de armonía interna, generada a partir de la relación de la persona consigo misma, con los otros, con el orden natural y con un ser o poder superior (Ellison, 1983). Para la medición cuantitativa del bienestar espiritual, diseña una escala que ha sido utilizada en estudios posteriores. Thieffrey (1992) argumenta cuales son las necesidades espirituales en la persona enferma en situación terminal, siendo la búsqueda de sentido, la necesidad de releer su vida y la de reconciliación y perdón las que deben ser atendidas de forma prioritaria. Llinares (2004), categoriza la espiritualidad en necesidades espirituales cognitivas, existenciales y emocionales. Esta categorización ha sido aplicada en una investigación llevada a cabo con enfermos en situación terminal (Martín R. and col, 2009) que concluye que la necesidad de ser aceptado como persona junto con la necesidad de amor, de afecto y de sentirse querido se manifiestan intensamente en los enfermos estudiados. Una de las clasificaciones de necesidades espirituales más completa y comprensible, aunque el autor la califica de esbozo, es la realizada por Torralba (2003). Esta clasificación no se ha aplicado empíricamente pero sería de gran utilidad utilizarla como marco de referencia para futuras investigaciones, que pudieran poner a prueba su aplicabilidad y utilidad, y sirviera para profundizar mejor en el tema que nos ocupa.

La espiritualidad en el anciano 

“La espiritualidad no puede ser enseñada,
tan sólo puede ser descubierta”
(Maté J. 2007)

La espiritualidad es variable y se experimenta y expresa de diferentes maneras en las distintas etapas de la vida. Hay necesidades espirituales que pueden estar latentes o pueden jerarquizarse de diferente manera a lo largo de la vida, pero cuando el ser humano se enfrenta a la enfermedad, la vejez o la proximidad a la muerte, éstas afloran (Torralba, 2003).

La espiritualidad debe entenderse como un recurso para hacer frente a las pérdidas que la vejez conlleva y para que la persona mayor se adapte mejor a esta etapa de la vida, consiguiendo así, un envejecimiento óptimo (San Martín, 2008). En la vejez se logra la integridad si la persona es capaz de adaptarse a lo bueno y malo que implica vivir, y se caracteriza por un sentimiento de seguridad al haber alcanzado un orden en el mundo y un sentido espiritual que se manifiesta con la aceptación del ciclo de la vida que es la vejez (Erikson, 1966 en San Martín, 2009). Sin embargo, Vaillart (2002 en San Martín, 2008), no considera que la religiosidad y la espiritualidad aumenten con la vejez. Este autor hace referencia al envejecimiento positivo y lo relaciona con la gratitud, el perdón y la alegría, y define seis tareas que debe realizar el anciano para envejecer bien. Aunque el autor no habla de espiritualidad, es preciso destacar que muchos de los conceptos que relaciona con el envejecimiento positivo, como son el perdón, la gratitud, la esperanza, la bondad o la generosidad pueden considerarse de orden espiritual.

Por otra parte, Tornstam (2003 en San Martín, 2009) plantea que durante la vejez las personas tendemos a la gerotranscendencia, consistente en un cambio de perspectiva del mundo ya que la persona anciana se vuelve menos materialista y pragmática y deviene más transcendente. Considera la gerotranscendencia como un proceso natural hacia la madurez y la sabiduría que no necesariamente tiene que estar vinculada a prácticas o creencias religiosas. En su estudio, Tornstam (2003) utiliza métodos cualitativos y cuantitativos en un total de 3.600 personas y pone de relieve que todas las dimensiones de la gerotranscendencia aumentan con la edad, destacando que la necesidad de soledad aparece en su punto máximo hacia el final de la vida. Más recientemente, Rodríguez Martín (2009) afirma que para combatir la soledad en el anciano es importante conseguir un equilibrio espiritual mediante la expresión de sus creencias, mientras que Torralba (2003, 2009) describe la soledad y el silencio como una necesidad espiritual básica. En este sentido, en un estudio cualitativo previo (Pedrola, 2008) sobre las categorías diagnósticas de sufrimiento espiritual de NANDA (2007) en ancianos institucionalizados, se detectó como fuente de sufrimiento espiritual la necesidad no resuelta de soledad y silencio. 

Finalmente, es importante destacar que diversos estudios demuestran que el bienestar espiritual repercute directamente en una mayor adaptación a la vejez (Whetsell and col, 2005), en afrontar las dificultades que plantea la vida (Delgado, 2005), y en la mejora de la salud, bienestar y afrontamiento de la muerte (Rivera–Ledesma y Montero López, 2005). Varios autores han desarrollado diferentes tipologías sobre las necesidades espirituales. Benito, Barbero y Payas (2008), realizan una exhaustiva revisión bibliográfica sobre la conceptualización del término espiritualidad y enfatizan que los autores revisados coinciden en reafirmar la importancia de incluir la espiritualidad en la atención prestada por los profesionales de la salud.

Enfermería y el cuidado espiritual

“La dimensión espiritual es lo que uno cree: 
Dios, la Luna… cualquier creencia
en la que uno se apoya para salir adelante” 
(Palabras de una enfermera, citadas por Pinzón L. 2009)

La espiritualidad en las teorías y modelos de Enfermería

En la última década el interés de los profesionales de la salud (médicos, psicólogos, enfermeras y psiquiatras) por la dimensión espiritual de las persona se ha incrementado notablemente, con especial énfasis en el área de los cuidados paliativos. Saunders (1980) y Kübler Ross (1993), cada una desde su disciplina, fueron pioneras en incluir la atención espiritual en los cuidados a enfermos terminales.

Cabe remarcar que mucho antes que la OMS considerara la espiritualidad como una parte de la salud integral y se demostrara la relación que existe entre espiritualidad, salud y calidad de vida, y lo necesario de una buena salud espiritual para afrontar y adaptarse al estrés que genera la vida, la enfermería ya consideraba la espiritualidad como un elemento fundamental de la persona, puesto que los profesionales de enfermería han estado vinculados a la dimensión espiritual de la persona desde el enfoque holístico que configura el paradigma enfermero (Laukhurf y Verner, 1998). La mayoría de las grandes teóricas de la disciplina enfermera reflejan de manera explícita, en sus modelos de cuidados, una preocupación por las necesidades espirituales de las personas y, en especial, por su cuidado y atención. A continuación se muestra de que manera enfatizan la necesidad espiritual en su modelo de cuidados.

Es evidente que la mayoría de teóricas de la Enfermería contribuyen con sus aportaciones a entender la espiritualidad como un elemento más del cuidado. La interacción entre el profesional de la Enfermería y el paciente, o usuario de las instituciones para personas ancianas, debe contemplar el bienestar espiritual en la misma lógica que contempla el bienestar físico, psicológico y social (tabla 1).

Tabla 1: Revisión de las aportaciones más significativas que Enfermería ha realizado sobre la espiritualidad. Adaptación de las revisiones realizadas por Pinzón de Salazar (2009) y Sánchez Herrera (2004)

Hildegarde Peplau

En su teoría de las relaciones interpersonales, las relaciones, los sentimientos, las creencias y la búsqueda de significado son elementos básicos

Virginia Henderson

Una necesidad primaria de la persona es actuar de acuerdo con las propias creencias

Myra Levine

La meta de la enfermera holística, según su modelo, es promover la adaptación entre el paciente y el ambiente.

Considera la espiritualidad como parte del entorno en el que vive la persona

Joyce Travelbee

Propone como criterio para determinar el estado de salud la valoración de la dimensión espiritual. Define el concepto de sufrimiento espiritual. La relación enfermera paciente debe dirigirse a la búsqueda de sentido y de esperanza

Madeleine Leininger

Precursora de la enfermería transcultural, considera básico que los cuidados de enfermería se adapten a las creencias, valores y estilos de vida de las personas  

Margaret Newman

La espiritualidad y la consciencia son conceptos centrales de su modelo que trabaja básicamente con enfermos crónicos

Jean  Watson

Para ella la meta de la enfermería es ayudar a las personas para que generen armonía entre su mente, cuerpo y espíritu, para poder encontrar significado en su existencia

Betty Neuman

Considera la espiritualidad como una manifestación más del fenómeno de totalidad, que siempre está presente durante el cuidado de la experiencia de la salud en la vida y en la muerte, y en la presencia y ausencia de enfermedad

Sor Callista Roy

En su modelo, el ser moral-ético-espiritual está visto como un aspecto de la persona

Betty Neuman

Según la autora, cuando la pérdida, pesar o dolor atacan a una persona se disminuye la energía y el espíritu se ve afectado, con lo cual se producen necesidades y preocupaciones espirituales

Beatriz Sánchez Herrera

La espiritualidad es una manifestación más del fenómeno de totalidad que siempre está presente durante el cuidado de la experiencia de la salud humana en la vida y la muerte y en la presencia o ausencia de enfermedad

La espiritualidad en los Diagnósticos enfermeros (NANDA) “American Nursing Diagnosi”

Sufrimiento espiritual

Riesgo de sufrimiento espiritual

Disposición para mejorar el sufrimiento espiritual

Enfermería y cuidado espiritual al anciano

Ya Cossette (1996), en un manual sobre cuidados de enfermería a la persona anciana, dedica un capítulo a las necesidades espirituales y realiza una detallada descripción de esta necesidad en el adulto mayor, resaltando la importancia de las intervenciones enfermeras en este sentido. Por su parte, Landis (1996 en Chow, 2005), afirma que la espiritualidad nos ayuda a afrontar las situaciones de estrés y sufrimiento, es beneficiosa para la salud y ayuda a adaptarnos a la vejez y a las enfermedades crónicas. Whetsell y Frederickson (2005), llevaron a cabo un estudio en una población mejicana con adultos mayores de 65 años, realizando una importante aportación a la enfermería gerontológica al concluir que la fortaleza, entendida como “una resistencia ante las situaciones que desencadenan estrés en la vida” y el bienestar espiritual son dimensiones que repercuten positivamente en la salud del adulto mayor y ayudan a adaptarse a la vejez y a los cambios que ésta conlleva. También Rodríguez Martín (2009), destaca la importancia de cuidar la necesidad espiritual en el anciano como recurso para prevenir y tratar la soledad en esta etapa de la vida, que es la vejez, llena de pérdidas y dependencia.

Desde otra perspectiva, Maya (1997) y Castellón (2003), en sus trabajos sobre calidad de vida y estilos de vida saludables en ancianos institucionalizados, resaltan la importancia de mantener la autoestima, el sentido de pertenencia y la identidad  en el anciano, aunque sin mencionar la palabra espiritualidad.

En cambio, Touhy (2001) indica que uno de los factores que ayudan a mantener la esperanza en los ancianos institucionalizados es la espiritualidad. Considera que las enfermeras, en las residencias de ancianos, tienen la oportunidad de estrechar las relaciones con los residentes debido a lo largo de la estancia y tienen más tiempo para compartir lo espiritual con los residentes dentro de un marco de cuidado integral. En un posterior estudio cualitativo del mismo autor (Touhy, 2005) sobre la valoración de las necesidades espirituales que presentaban los ancianos institucionalizados al final de sus vidas, pero desde la perspectiva de las enfermeras, los resultados evidenciaron la necesidad que tenían los residentes de estrechar las relaciones personales. También Wallace (2007) investigó la percepción de la espiritualidad y la atención espiritual entre las personas mayores residentes en hogares de ancianos en el final de la vida y los resultados demostraron que los ancianos pedían que las enfermeras dedicaran más tiempo a escucharlos. En esta línea, Chow R. (2005) experta enfermera gerontóloga, se refiere a la necesidad de que las enfermeras encuentren su propio bienestar espiritual para poder ayudar a que los pacientes ancianos encuentren significado y esperanza en esta etapa de la vida, resaltando la conveniencia de profundizar y ampliar la investigación sobre el tema.

Es necesario destacar que tocar y mantener un contacto visual con los ancianos residentes es un elemento prioritario en la relación enfermera-residente, ya que el hecho de no sentirse querido puede comportar efectos negativos sobre su salud física (Newson, 2008). “Holding someone’s hand and making eye contact at the same time comveys caring, understanding and a willingness to be with the person” (Newson, 2008: 269). Conocer y valorar solo las necesidades físicas puede limitar la acción de cuidar, es imprescindible conocer y atender las necesidades espirituales porque pueden ser fuente de disconfort en el anciano. En este sentido, es básico escucharlos (attentive listening) y mirarlos para poder detectar qué necesitan y cómo lo necesitan.

Las investigaciones sobre el cuidado espiritual de los profesionales de la enfermería en los ancianos institucionalizados en España son pocas, pero es necesario destacar el trabajo realizado por Abades Porcel (2009), que tiene por objetivo implementar los cuidados de enfermería en un centro geriátrico, basándose en el modelo de Jean Watson. En sus trabajos, Watson (2003) describe la importancia de la espiritualidad en los cuidados de enfermería, ofreciendo una nueva visión sobre los viejos y eternos valores del acto de cuidar, que se concretan en la ética esencial del amor y la compasión (love and caring). No pretende construir conocimiento nuevo sino retomar valores esenciales de la profesión. Sostiene la autora que cuando las enfermeras trabajamos con personas que se encuentran en momentos de vulnerabilidad como puede ser el caso de los ancianos, tenemos el reto de aprender de nuevo, reexaminar nuestros propios significados o interpretaciones de la vida y de la muerte. Es necesario recuperar la espiritualidad y las dimensiones espirituales en nuestro trabajo, ya que solo así conseguiremos sentirnos mejor nosotros y las personas a las que cuidados. Lo que pretende Abades Porcel aplicando este modelo en los centros geriátricos, es enfatizar la importancia del rol autónomo de la enfermera y los valores enfermeros.

Finalmente, cabe destacar que otras investigaciones más recientes resaltan la importancia que tiene la atención a la religión y la espiritualidad para mejorar el cuidado, disminuir la ansiedad y prevenir la depresión en los ancianos (Phillips Ll.,  Pauket Al., Stanley MA., 2009). 

Discusión – Conclusión

“Lo que si es cierto es que no se elige el envejecer.
Pero si se puede envejecer dignamente”
González de la O y Herrera Mendoza (2009)

Los autores revisados coinciden en afirmar los beneficios de una buena salud espiritual en el anciano, para aceptar y adaptarse a la vejez. Les ayuda a releer lo que ha sido su vida hasta ahora, encontrarle un significado a la misma,  y darle sentido a la etapa en la que están viviendo. También queda demostrado el efecto protector de la espiritualidad en la salud del anciano.

La espiritualidad representa un aspecto importante de la totalidad de la persona y el profesional de enfermería no puede pasar por alto el ofrecer este tipo de cuidado pero, al mismo tiempo, tal como remarcan Chow R (2005) y Watson (2003) la enfermera debe reconocer su propia espiritualidad, para poder identificar las necesidades del otro y dar un cuidado de acuerdo a las creencias espirituales y religiosas de la persona a la que cuida.

Como indican Rivera y Montero (2007), los profesionales de la salud deben estar formados y ser competentes en el cuidado de estas necesidades. Para ello precisan disponer de unas habilidades que van más allá de lo profesional, de una actitud sensible hacia lo espiritual y también deben ser capaces de valorar y dirigir las intervenciones requeridas para ayudar al cliente a satisfacer unas necesidades más complejas y a la vez prioritarias.

Pese a que la Enfermería y la Psicología en la última década se ha dedicado más  a su estudio, aun queda mucho por hacer en el campo de la gerontología ya que se tiende a priorizar el cuidado de lo físico. La espiritualidad es una dimensión humana como cualquier otra y a pesar de la dificultad que implica su análisis debe ser considerada, explorada y atendida en el anciano, ya que el envejecimiento es una parte de la vida que vale la pena vivir bien y una buena salud espiritual aporta calidad al final de la trayectoria vital .

 

Campus Docent Sant Joan de Déu - Barcelona