Iglesia y misión samaritana

Labor Hospitalaria n.329 (1-2021)
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El Hno. Jesús Etayo nos plantea la misión de la Iglesia como una misión integral para ofrecer la alegría de la salvación al mundo mediante la compasión de la gente, especialmente de los más necesitados, y la identifi cación con los más  vulnerables. También nos expone una Iglesia cuya característica esencial es su misión samaritana porque en el centro de esa misión está el ser humano y el mundo que es amado, perdonado y salvado por un Dios compasivo, misericordioso y lleno de ternura.

En este tiempo de pandemia, dice el Hno. Jesús, que la misión samaritana de la Iglesia se hace más evidente, delante de tanto sufrimiento, dolor, soledad e incertidumbre. La solidaridad, la hospitalidad y la actitud samaritana, son una llamada continua del Papa Francisco. Muchas personas han dado un testimonio enorme con su entrega y solidaridad: los profesionales sanitarios, los voluntarios y las familias que han compartido lo suyo con quienes han perdido el trabajo, la vivienda y han atendido a sus seres queridos, muchas veces en situaciones de mucha tristeza. Ojalá que todo no termine con el fi nal de la pandemia, sino que ayude al mundo a repensar las estructuras y los estilos de vida.

La Iglesia fudada por Cristo, que es su Cabeza, tiene su razón de ser en la misión que el mismo Jesús le encomendó: “Id y haced discípulos mios en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20). Como el Padre me envió a mi , así os envío yo a vosotros (Jn 20, 21). Efectivamente así sigue enviando a su Iglesia y a cada uno de los que la formamos, en un movimiento permanente de salida misionera para llevar la luz del Evangelio a todo el mundo.

Se trata de una misión integral cuyo objetivo es ofrecer la alegría de la salvación al mundo mediante la conversión profunda a los valores y criterios del Señor (Cf. Mc 1,15) y la adhesión a su proyecto de salvación, del Reino de Dios (Cf. Mt 4,18), siendo la sal y la luz para el mundo (cf. Mt 5,13).

En la misión de Jesús y por tanto de su Iglesia hay dos elementos muy presentes: a) La compasión de la gente, especialmente de los más necesitados, porque parecían como ovejas sin pastor (Cf. Mc 6,34); b) la identificación con los más pequeños, pobres, enfermos y necesitados, lo que hicisteis a uno de estos mis pequeños hermanos a mi me lo hicistéis...Cuanto dejasteis de hacer en favor de los más humildes, también a mi dejasteis de hacerlo” (Mt 25,40.45)[1].   

Desde esta perspectiva y sin todavía haber hablado del término “samaritana” podemos decir que la misión samaritana es una característica esencial de la misión y de la vida de la Iglesia, de forma que se podría decir que la misión de la Iglesia es samaritana o no es. Porque en el centro de la misión está el ser humano y el mundo que es amado, perdonado y salvado por un Dios compasivo, misericordioso y lleno de ternura, que se identifica con la persona asaltada y agredida en el camino y alaba la actitud del samaritano, que nos la propone como alternativa al mundo basado en el prestigio, la competencia y la ley del más fuerte, cuyo resultado final es el caos y la autodestrucción.

En este tiempo de pandemia, la misión samaritana de la Iglesia se hace más evidente, delante de tanto sufrimiento, dolor, soledad e incertidumbre. La solidaridad, la hospitalidad y la actitud samaritana, son una llamada continua del Papa Francisco, a través de sus muchos discursos, especialmente durante la pandemia. Muchas personas nos han dado un testimonio enorme con su entrega y solidaridad: los profesionales sanitarios, los voluntarios y las familias que han compartido lo suyo con quienes han perdido el trabajo, la vivienda y han atendido a sus seres queridos, muchas veces en situaciones de mucha tristeza. Ojalá que todo no termine con el final de la pandemia, sino que ayude al mundo a repensar las estructuras y los estilos de vida, superando las otras pandemias del egoísmo y la ley del más fuerte, en línea con la misión samaritana de la Iglesia y con lo que propone el Papa Francisco: construir un mundo donde reine la amistad social y la fraternidad[2].  

Pasando por Samaría, junto al pozo de Jacob.

La misión samaritana de la Iglesia no se puede entender sin este doble viaje de Jesús a Samaría y del samaritano, que podría ser Jesús, a tierras judías, donde se desarrolla la parábola, a decir por los personajes que intervienen. Los judíos despreciaban a los samaritanos, porque los consideraban cismáticos y herejes, por ello Jesús decide pasar por allí y luego elegirá un samaritano como ejemplo. 

No pretendo hacer un comentario exhaustivo y menos una exégisis del encuentro de Jesús con la mujer samaritana y todos los demás personajes que intervienen en este cuadro tan precioso de San Juan (4,1-42). Quiero sobre todo remarcar que la misión de la Iglesia pasa por un encuentro personal con Jesús, que cure interiormente nuestras heridas, lavándolas con el agua que purifica y sana y de cuya fuente de agua viva y verdadera necesitamos beber cada día.

En el diálogo y encuentro de la mujer con Jesús, sintió en su corazón el actractivo de su persona, de su misterio y de su mensaje. Por Él abandonó su cántaro, es decir su antigua vida y se convirtió en testigo y sembradora del Evangelio[3]. Tras encontrar el agua viva que le ofreció Jesús invita a la gente de su pueblo: venid a ver a un hombre, que me ha adivinado todo lo que he hecho. ¿Será acaso éste el mesías?....y decían a la mujer: No creemos ya por lo que tu nos has dicho, nosotros mismos lo hemos oído y estamos convencidos de que éste es de verdad el salvador del mundo (4,29.42)

Apasionarse por Cristo, beber de su fuente y cuidar con intensidad y compromiso la vida espiritual resulta la base para la vida de cualquier cristiano y el fundamento para la misión, a la que todos somos llamados. Que nuestro corazón sea habitado por el Señor, nos ayudará a no dejarnos vencer por la tentación del activismo sin corazón ni sentido evangélico, que concluirá por desorientarnos y perdernos. Ciertamente el paso por la fuente de la vida para beber el agua de Cristo que nos sacia, implica salir de nosotros mismos con el compromiso para construir el reino de Dios, comprometidos con la creación y con el amor y entrega a todos los seres humanos, especialmente a los preferidos de Dios, los sencillos, pequeños, humildes, pobres y maltratados, los descartados de nuestra sociedad. Y es que la pasión por Cristo exige la pasión por la humanidad y por toda la creación.

A veces buscamos el agua en pozos que están secos o que dan aguas insalubres, o simplemente no buscamos porque nos sentimos fuertes y autosuficientes. Esto último es simplemente ceguera, y bien nos lo ha enseñado la pandemia: que poco somos, un virus ha puesto en jaque al mundo. El  cristiano necesita encontrar y beber cada día del pozo donde está Jesús, el agua de la vida.

Llegó un samaritano y se compadeció de él

La conocemos como la parábola del buen samaritano, un icono admirado más allá de la Iglesia y de las religiones. Una parábola genial. Como en el apartado anterior solo me centraré en lo que es sustancial a mi modo de ver en el presente discurso.

De los muchos comentarios existentes quisiera referirme de forma breve a uno de los últimos conocidos, el que el Papa Francisco hace en su encíclica Fratelli Tutti. El transfondo de la parábola  se inicia cuando se plantea el desafío de las relaciones entre las personas. Un inicio poco consolador es la respuesta de Caín que destruye y mata a su hermano Abel. Hay una evolución en el Antiguo testamento y también en el Nuevo donde resuena con fuerza el amor fraterno.

“Jesús propuso esta parábola para responder a una pregunta: ¿Quién es mi prójimo? La palabra “prójimo” en la sociedad de la época de Jesús solía indicar al que es más cercano, próximo. Se entendía que la ayuda debía dirigirse en primer lugar al que pertenece al propio grupo, a la propia raza. Un samaritano, para algunos judíos de aquella época, era considerado un ser despreciable, impuro, y por lo tanto no se lo incluía dentro de los seres cercanos a quienes se debía ayudar. El judío Jesús transforma completamente este planteamiento: no nos invita a preguntarnos quiénes son los que están cerca de nosotros, sino a volvernos nosotros cercanos, prójimos”[4].

“¿Con quién te identificas? Esta pregunta es cruda, directa y determinante. ¿A cuál de ellos te pareces? Nos hace falta reconocer la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente”[5]

Se trata de una gran revolución, la del amor y de la fraternidad sin límites. La cuestión no es decir quién es mi prójimo, y por tanto puedo elegir porque puedo entender que hay personas que no son “mi prójimo” de modo que no tengo ningún compromiso con ellas. Jesús da un giro diametral con esta parábola: Nosotros somos prójimos universales, de todos los hombres y mujeres y tenemos el deber y la responsabilidad, porque son nuestros hermanos y hermanas, de pararnos, escucharles y asistirles en todo lo que necesiten. Primero ellos y luego yo: revolución que nos cuesta entender y sobre todo practicar. 

Para ello es necesario la compasión del corazón, compadecerse de quien está en necesidad. Tener un corazón “movido a compasión”, con entrañas de misericordia y ternura, que son las que Dios tiene con todos los hombres y mujeres, sus hijos e hijas. Por eso podríamos decir que es la parábola de la compasión y de la ternura. “Pero llegó un samaritano, que iba de viaje, y, al verlo, se compadeció de él.”(Lc 10,33).Los Evangelios nos muestran con frecuencia a Cristo que se siente conmovido y compadecido delante de las personas que sufren cualquier enfermedad o necesidad: Mt 20,24; Mc 1,40; 6,34; Lc 7,13; Jn 11,33-35.

“Es así que la pasión por Cristo se transforma en compasión que sale al paso de los dolores y necesidades de la humanidad... es así que la pasión por Cristo nos lanza a la profecía de la compasión. Que resuene siempre en ustedes la causa de lo humano como causa de Dios[6].

El sueño de una Iglesia de “samaritanas” y “samaritanos” para un mundo de fraternidad

El “tener un sueño” es una figura usada con frecuencia en la biblia a través de la cual Dios se se comunica con las personas (cf. Gn 15,13; 37,5; 1Sam3; Dan 7,1ss; Hec 16,9; Mt 1,20; 2,13.19.22). Por tanto no es solamente un deseo, sino una llamada que en este caso podríamos decir coincide con la misión que el Señor pide a su Iglesia y a cada uno de los que la formamos.

El título de este apartado no es una cuestión de género. Se refiere a los personajes que hemos indicado antes. Una Iglesia de samaritanas significa una Iglesia que es llamada a beber del Espíritu del Señor y del agua que sana, purifica, refresca y da la vida y cuya fuente es Cristo (Cf. Jn 4,23ss; Rom 8,15). Ir cada día a beber a esa fuente inagotable hará estar a la Iglesia y a todos sus fieles, disponibles para salir a predicar el mensaje evangélico y hacer presente el reino de Dios.

Cuando miramos a nuestro mundo vemos muchos gestos de solidaridad y amor, especialmente cuando suceden algunos hechos trágicos, naturales o no, como está siendo el caso de la pandemia. Pero por desgracia no es lo habitual. Deseo solo indicar algunos “pecados más principales” que encontramos: falta de respeto a la creación, a la tierra, al medio ambiente que está agotando el planeta e irresponsablemente está dejando un futuro hipotecado para las próximas generaciones[7].

Cuando miramos al ser humano, a nuestros hermanos, descubrimos ataques flagrantes contra la dignidad del hombre y de la mujer, hasta llegar a destruír la vida de nuestros semejantes. Algunas personas, no se sabe con qué fundamento, se arrogan derechos y actuaciones para su beneficio conculcando todos los derechos de los demás. La desigualdad entre las personas por el lugar dónde han nacido y viven, por razón del género, el racismo, el abandono de los que terminan siendo exclusidos por motivos diversos, sociales, económicos, familiares, de enfermerdad  creándose una sociedad del descarte, los que viven todavía hoy bajo la esclavitud, los que son víctimas de cualquier tipo de abuso y aquellos más vulnerables, a los que en razón de un puñado de votos, vaya usted a saber a veces cómo son negociados y conseguidos, se les niega el derecho a nacer o se les empuja a terminar su vida antes de lo previsto, porque no se les ofrece la ayuda oportuna y necesaria.[8]

Estamos creando un mundo inhóspito, de extraños y enemigos y no de hermanos, que es lo que somos. Los migrantes y también los “que van estorbando”, a una sociedad neoliberal, política y económicamente injusta que ignora de hecho la dignidad de estas personas, se convierten primeramente en “gente extraña” y de ahí pasan a ser concebidos como enemigos, que hay que controlar, rechazar y expulsar, más allá de bonitas y vacías declaraciones políticas que se hacen a veces. En definitiva y podríamos seguir, pero ¡cuánto dolor, sufrimiento y soledad, el producido por los hombres y mujeres que han decidido que son superiores y han dejado en la cuneta, y lo siguen haciendo, a sus propios hermanos, que tienen su misma dignidad!. Un sufrimiento que sube cada día hasta Dios como en tiempos de la esclavitud del pueblo de Israel en Egipto, (Ex 3,7ss) y del que quiere liberar a su hijos e hijas a través de su Iglesia, construyendo el sueño de Dios para la humanidad, donde reine la fraternidad, la paz y el respeto de la creación y de  todo lo creado.

La misión samaritana de la Iglesia se hace especialmente necesaria y patente en el momento actual que vivimos. Es necesario un batallón de samaritanos que salgan por los caminos del mundo para recuperar la dignidad y la esencia del ser humano y del planeta donde habita. Necesitamos prójimos  de todos los hombres y mujeres, especialmente de los descritos como descartados, abandonados, esclavizados, excluidos y maltratados. El Señor envía hoy a su Iglesia y a cada uno de nosotros, a pararnos en los caminos, dejando nuestros planes y programas, cuando encontremos una hermana o hermano herido, enfermo o excluido que necesita un prójimo que nos necesita.

Para ser samaritano se requiere un corazón capaz de compadecerse[9], como el de Cristo, que haya hecho el camino de la conversión y del cambio de los criterios y valores de la indignidad y el descarte por los de la fraternidad, la compasión, el amor gratuito y misericordioso. De ese modo se podrá andar el camino a la inversa y convertir a todos los hombres y mujeres en hermanos y hermanas, nunca más en extraños y enemigos. A través del corazón compasivo se descubre al propio Cristo, identificado con el pobre y necesitado (Cf. Mt 25,40ss).

La misión es ardúa y a contracorriente, por eso y para mantenerse fuertes y no ceder a la tentación, es necesario beber con frecuencia de la fuente de la que mana el agua de la vida, ser “samaritanas” que creen y aman con pasión a Cristo. Desde ahí el samaritano se puede hacer prójimo de todos y puede llevar a quien sufre la ternura y el amor de Dios, poniéndose a su entera disposición.

En esta misión sirve, más que las palabras el testimonio y los hechos, lo que hizo el samaritano. Lo que hemos visto en muchas personas solidarias, tocadas por la compasión, durante la pandemia del covid-19.  En este sentido son muy iluminadoras las líneas guía que el Papa Francisco acaba de dar a la Iglesia, primero con la encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común y últimamente con la encíclica Fratelli Tutti, sobre la fraternidad y la amistad social, poniendo la parábola del buen samaritano como el icono a seguir.

La misión samaritana de la Iglesia es por naturaleza abierta y disponible a caminar con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, de todas las culturas, razas, naciones y religiones, promoviendo la cultura del encuentro, para construir el sueño de Dios, que está presente en el fondo del corazón de todo ser humano. Desde esta realidad todos los hombres y mujeres somos llamados a ser samaritanos a ser, más que a hacernos, prójimos -hermanos- de nuestros hermanos, que son todos los seres humanos. Por eso la Iglesia debe ser abierta y debe superar actitudes temerosas y poco audaces que van en contra de su misión y de quién es su cabeza, Cristo el Señor.

La hospitalidad al servicio de la misión samaritana de la Iglesia

Una forma específica y concreta de promover la misión sanitaria de la Iglesia es a través del carisma de la hospitalidad evangélica de San Juan de Dios y de la Orden Hospitalaria que lleva su nombre desde hace casi cinco siglos.

La hospitalidad tiene como icono y espejo la parábola del buen samaritano y la misión de la Orden se define así: “Animados por el don recibido, nos consagramos a Dios y nos dedicamos al servicio de la Iglesia en la asistencia a los enfermos y necesitados, con preferencia por los más pobres. De este modo, manifestamos que el Cristo compasivo y misericordioso del Evangelio permanece vivo entre los hombres y colaboramos con El en su salvación”[10] .

Recientemente nos decía el Papa Francisco a la Orden: “El samaritano cuidó del herido. El verbo “cuidar” tiene dimensión humana y espiritual. Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos su carne en la carne de los que sufren en el cuerpo o en el espíritu. Tocar, para dejarnos tocar. ¡Nos haría tanto bien!. Y entonces sus vidas se transformarán en icono de las entrañas de misericordia de Dios, configurándos finalmente con Cristo compasivo y misericordioso, que pasó por el mundo haciendo el bien a todos (cf. Hech 10,38) y curando toda clase de enfermedades y dolencias (cf. Mt 4,23)... Les pido que creen redes “samaritanas” en favor de los más débiles, con atención particular a los enfermos pobres, y que sus casas sean siempre comunidades abiertas y acogedoras para globalizar una solidaridad compasiva[11].

Nuestro carisma y nuestra misión entran de lleno en la misión samaritana de la Iglesia. Misión que se transmite sobre todo con el testimonio y los hechos a favor de los débiles y vulnerables. Por eso quisiera reseñar algunos proyectos samaritanos, que al igual que otros Institutos y grupos de la Iglesia, estamos llevando a cabo, cooperando así con la llamada a la fraternidad universal.

  1. En medio de los ataques de los rebeldes en Batibó (Suroeste de Camerún, diócesis de Bamenda): Desde 2016 se viene desarrollando una grave crisis con ataques continuos de rebeldes que luchan contra el gobierno del país y que están produciendo muchas pérdidas humanas inocentes, así como de sus propiedades y también un éxodo y desplazamiento en masa de los habitantes de la zona hacía lugares más seguros. En el centro de la crisis está presente una comunidad de la Orden con un pequeño centro sanitario y varios dispensarios en el territorio,  que ha decidido continuar su misión samaritana, acompañando a la población y asistiéndola sanitariamente y en todo lo que sea posible, al menos en lo más fundamental: atención a las mujeres embarazadas, a los niños y personas más vulnerables. La Familia de San Juan de Dios ayuda a sostener financieramente el centro, pero ellos, los Hermanos y los laicos que les ayudan son los auténticos héroes y samaritanos. De hecho en agosto de 2018 fueron atacados y secuestrados los religiosos. Con la ayuda de la población fueron liberados muy pronto para poder continuar su misión.  
  2. Creando redes samaritanas en Barcelona: Además de la pérdida de muchas vidas humanas y las secuelas en la salud que está dejando a otras muchas, la pandemia del coronavirus ha traído otras consecuencias graves de tipo social, económico, ético y espiritual. Un colectivo especialmente golpeado han sido un importante grupo de mujeres sin hogar. A este fin se ha puesto en marcha el centro Llavor (Semilla): Es un centro residencial de inclusión, de estancia temporal para 40 mujeres sin hogar, solas o con hijos, que ofrece una atención integral: acogida residencial, formación profesional e inserción laboral.  Es un centro, producto de un acuerdo y colaboración entre cuatro entidades: el Ayuntamiento de Barcelona, la Fundación Ared, las Hermanas Salesianas y la Orden de San Juan de Dios.
  3. Comedores sociales, bancos de alimentos y acompañamiento a personas de la calle: No es novedad, pero es cierto que se han intensificado y aumentado debido a la pandemia. Muchas personas de todo tipo, todas personas necesitadas, vienen cada día a los diversos comedores sociales de la Orden en Granada, Sevilla, Murcia, Ciempozuelos (Madrid), Jérez de la Frontera y otros lugares como Caracas y Maracaibo en Venezuela con el proyecto “La Olla hospitalaria”. En algunos centros y en colaboración con el banco de alimentos, Cáritas y otras instituciones se ayuda a las personas con la entrega de productos básicos para su alimentación, en especial de los ancianos y los niños. En otros lugares los Hermanos y Voluntarios salen por las noches para acompañar personas que tienen por casa la calle, un espacio con cartones o viven debajo de un puente. Les visitan, les dan alimentos y bebidas calientes así como medicinas si están enfermos y se les ofrece ayuda para otras necesidades. Es el caso del programa Mensajeros de la noche en varias ciudades de Perú o en Palermo con el centro Padre Olallo.
  4. Cuidando el medio ambiente. En muchos lugares va creciendo la conciencia de cuidar el ambiente y el planeta. Quiero resaltar aquí dos, precisamente en África. Uno en el hospital que la Orden tiene en Monrovia (Liberia) con un importante proyecto de placas solares para generar energía, que apenas existe en el país, si no es con generadores alimentados por queroseno, tan contaminante. El otro es un proyecto que se está iniciando en colaboración con el Dicasterio para el Desarrollo Integral de los pueblos, del Vaticano, llamado WASH, con el fin de tener acceso adecuado al agua así como conseguir el saneamiento e higiene adecuada en las instalaciones sanitarias  en todas las instalaciones sanitarias católicas para tratar a los pacientes de forma segura, prevenir una mayor propagación del COVID-19 y de otras enfermedades.
  5. Cuidando a los contagiados, a los ancianos, discapacitados, enfermos mentales y sin hogar,  en tiempos de Covid-19: Bastantes hospitales de la Orden han asistido a muchas personas contagiadas, con gran tensión en algunos momentos, sin olvidar la atención espiritual, desde la creatividad y la innovación carismática. Pero tan importante o más ha sido cuidar de todas las personas que viven y residen en nuestros centros, que son sus casas: ancianos, discapacitados, enfermos mentales, personas sin techo y otros, a quiénes ha sido y es necesario cuidar en medio de las restricciones, confinamientos y otras dificultades, para que no solo no se contagien, sino que vivan con serenidad y paz. Algunos han perdido la vida. También religiosos, colaboradores profesionales y voluntarios se han contagiado, muriendo incluso algunos a consecuencia del virus. A todos ellos nuestro homenaje y agradecimiento por el testimonio que nos han dado.

Son solo algunos ejemplos de la misión samaritana de Ia Iglesia que realiza la Orden de San Juan de Dios. Son, como nos invita el Papa Francisco, hospitales de campaña para curar las heridas más elementales[12] y posadas, como la de la parábola del buen samaritano, al servicio de la vida[13] , siendo iconos de las entrañas del amor de Dios y verdaderos artesanos de la hospitalidad[14].    

Anda y haz tu lo mismo

Esta es la conclusión final de la parábola del buen samaritano y es el envío que Jesús hace al doctor de la ley que le había preguntado. Es también la pregunta que hace a la Iglesia permanentemente y a cada uno de nosotros. De la respuesta a esta petición de Jesús, que es un claro envío misionero, depende la misión de la Iglesia y el proyecto salvador del Señor: una Iglesia en salida a los caminos del mundo para evangelizar llevando el amor compasivo y misericordioso de Dios a quienes sufren.  

No sirven respuestas como la del levita o la del sacerdote. No es aceptable mirar para otro lado cuando en nuestro camino encontramos un ser humano herido o necesitado. Eso es negar la dignidad del ser humano, eso es hacer división y promover el descarte, eso es apostar por un mundo de extraños y enemigos.

La respuesta que el Señor espera es la de convertirnos en samaritanos que se hacen prójimos de todos los seres humanos y especialmente de los más frágiles y vulnerables, devolviéndoles su dignidad y de este modo construyendo la fraternidad universal que sueña Dios, el Padre de todos nosotros, sus hijos y por lo tanto hermanos entre nosotros. Samaritanos que beben en la fuente de la vida, que es Cristo el Señor, como la samaritana. Samaritanos que promueven y globalizan la solidaridad compasiva y se unen a los demás en una caravana de solidaridad[15].

Dicho de otro modo, el Señor espera de nosotros la respuesta de la hospitalidad, que abre su corazón y su casa para que cualquier hermano que llame a nuestra puerta, con más razón los más pobres y vulnerables, encuentren quien les abra, les haga entrar y los trate como si estuviesen en su propia casa. Aquí solo caben amigos y hermanos. Es el camino de construir la fraternidad universal, verdadera y auténtica alternativa al mundo injusto que promove y práctica el descarte, la desigualdad y que mira a otro lado ante las necesidades de los demás. Es el camino del sueño de Dios como alternativa a aquel que en realidad echa a Dios, lo abandona, lo ignora y piensa que así es más grande y poderoso, cuando en realidad es solo el camino de los orgullosos y autosuficientes que le llevará a ningún lado, al sinsentido, a crear más sufrimiento y en definitiva a perderse.

Anda y haz tu lo mismo, como lo hicieron tantos santos entre los que destaco a San Juan de Dios, San Camilo de Lellis, San Vicente de Paúl, San Daniel Comboni, San Benito Menni, Santa Teresa de Calculta y a tantos laicos, hombres y mujeres, religiosos, religiosas, sacerdotes y muchos hombres y mujeres de otras religiones y culturas diferentes, que como el samaritano de la parábola, se han hecho y se hacen prójimos cada día de todos los hombres y mujeres, especialmente en necesidad, con quienes se encuentran y que con respeto profundo cuidan del medio ambiente y en general del planeta.   

 
[1] CIVCSVA. Identida y Misión del Religioso Hermano en la Iglesia. Ciudad del Vaticano 2015, nº 27
[2] Cf. Papa Francisco. Carta Encíclica Fratelli Tutti. Ciudad del Vaticano, 3 octubre 2020, 99 y 103
[3] Cf. Congreso Internacional de la vida consagrada. Ed. Claretianas. Madrid 205. Introducción, pág 31.
[4] Fratelli Tutti, 80
[5] Fratelli Tutti, 64
[6] Papa Francisco. Discurso a los miembros del LXIX Capítulo General de la Orden de San Juan de Dios. Roma 1.2.2019
[7] Cf. Papa Francisco. Carta Encíclica Laudato Si. Ciudad del Vaticano 2015. 14 y 48
[8] Cf. Papa Francisco. Carta Encíclica Fratelli Tutti, 18
Cf. Carta Encíclica Evangelii Gaudium. Ciudad del Vaticano 2013, 213 y 214
Cf. Carta Encíclica Laudato Si, 120 y 123
Cf. Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor. Conversaciones del Papa Francisco con Austen Ivereigh. Madrid 2020, pág 37
[9] Cfr. Cortina, A, Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia. Barcelona, 2017, pág. 168: Educar para nuestro tiempo exige formar ciudadanos compasivos, capaces de asumir la perspectiva de los que sufren, pero sobre todo de comprometerse con ellos”
[10] Constituciones de la Orden de San Juan de Dios. 1984, art. 5a.
[12]Cf. Antonio Spadaro. Entrevista al Papa Francisco. L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, Año XLV, n. 39 (2.333), viernes 27 de septiembre de 2013)
[14] Cf.Papa Francisco. Viaje a Thailandia. Discurso a las autoridades el 21 de noviembre d 2019.
[15] Cf. Papa Francisco. Discurso a los miembros del LXIX Capítulo General de la Orden de San Juan de Dios.