La Hospitalidad nos desinstala

Revista IN, nº 275 (2020)
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La Hospitalidad es expansiva, necesita impregnar la cultura, las relaciones sociales, los mecanismos de transmisión de conocimiento, acoger la diversidad y las exclusiones que la sociedad genera.

Intentar plasmar cómo se ponen en juego los valores juandedianos en la acogida al prójimo, inevitablemente me lleva a hacer un sesgo hacia el ámbito social y más en concreto al sinhogarismo, por mi trayectoria personal de 24 años en centros de acogida y por los más de 40 años de la irrupción de la Orden en el mundo de los transeúntes de una manera decidida, habilitando alojamiento  para las  personas de calle y formando comunidades de Hermanos que continuaban ejerciendo la Hospitalidad, pero no en los hospitales, sino en centros sociales.

Sabemos que la característica fundamental de la Hospitalidad es la acogida y el reconocimiento del huésped por parte del anfitrión. Este movimiento de acogida de la otra persona, del extraño en la propia casa, genera una relación que modifica y puede desinstalar el entorno familiar o social en el que normalmente estábamos cómodos/as.

Esta desinstalación que la acogida de “la persona extraña” nos produce, permite, al mismo tiempo, cambiar nuestra mirada y nuestra capacidad de ver más allá, de atisbar otra realidad, otra manera de situarnos frente al otro y visionar la realidad desde otra perspectiva. Incluso a estar siempre en actitud de búsqueda para rescatar, visibilizar y acompañar a los/as que no se ven, a quienes la sociedad no quiere reconocer su existencia. En un momento, invisibles fueron las personas sin hogar, hoy podrían ser las víctimas de trata de personas, las personas dedicadas a la prostitución o las personas mayores solas en casa.

Durante varios años en la capilla de la Comunidad del albergue de Barcelona tuvimos la frase de Hebreos 13,2  “No os olvidéis de la Hospitalidad, porque por ella, algunos sin saberlo acogieron a ángeles” y ciertamente esa vivencia de gratuidad y de disponibilidad me enriqueció personalmente, facilitándome el encuentro y el saber estar junto a quiénes eran desconocidos/as para mí, porque eran de otra cultura o religión o su esquema de valores era diferente al mío.

Una vez realizada la acogida, comienza el acompañamiento de la persona, y ahí es imprescindible la cercanía, la confianza, proporcionarle mecanismos y elementos que le apoyen en su proceso de autonomía, que al final es el objetivo deseable y lo que nos motiva a actuar.

Seguro que ese camino conjunto es un proceso dinámico, difícil a veces, en el que se pone en juego el análisis de lo vivido y cómo se ha vivido, en definitiva, la búsqueda del sentido de la vida en el sentido espiritual más profundo.  Y podemos decir que ese proceso afecta al huésped, pero también al que acoge, a nosotros/as, que nos podemos sentir interpelados/as, cuestionados/as en nuestras actitudes e incluso en nuestras creencias. En definitiva, puede provocarnos una cierta “crisis” en nuestra identidad,

El filósofo francés Merlau-Ponty lo expresó muy bien cuando dijo que “tenemos que aprender a considerar lo propio como extraño, y lo extraño como propio”

San Juan de Dios tenía claro que su Hospitalidad era universal, concreta y de gestos y así le escribe a Gutiérrez Lasso “siendo esta casa de carácter general, se reciben en ella, sin distinción enfermos y gentes de toda clases, así que aquí se encuentran…, y esto sin contar con los muchos peregrinos y viandantes, que aquí acuden a los cuales se les da fuego, agua y sal y vasijas para guisar de comer”.

Y finalmente la Hspitalidad es expansiva, necesita impregnar la cultura, las relaciones sociales, los mecanismos de transmisión de conocimiento, acoger la diversidad y las exclusiones que la sociedad genera.

Decimos que la Hospitalidad es patrimonio de la humanidad y que se expresa en personas y gestos concretos, pero también es cierto que necesita ser experimentada y acogida en la individualidad de cada persona, para que se convierta en un movimiento que sea capaz de integrar y promover la solidaridad, el encuentro, el compromiso personal y comunitario.

Una buena manera de ampliar el territorio en el que la Hospitalidad pueda concretarse como valor vivencial, es la sensibilización orientada hacia el conocimiento de las diversas situaciones de vulnerabilidad. Hay muchas posibilidades de hacerlo, y tanto vale hacerlo a los/as jóvenes en su proceso de maduración y adquisición de conocimientos como a grupos de adultos a los que podemos inocular el virus de la solidaridad y el compromiso.

Las campañas que en el ámbito social ha desarrollado la Orden Hospitalaria han tenido ese objetivo de vincular a muchas personas al proyecto de San Juan de Dios. “Ayúdanos a darle la vuelta”, “Tejiendo complicidades para que nadie quede atrás” o “Las caras de la vulnerabilidad” ha sido la manera en que hemos gritado y evidenciado que la Hospitalidad/ acogida/solidaridad no es una utopía sino una realidad a la que cada uno/a nos podemos enganchar, haciendo que nuestro compromiso genere un entorno más saludable, pacificador, solidario y humanizador.

Citando a Emile Durkheim podemos decir que “la calidad moral de una cultura se mide por su relación con el extraño”, y ahí es donde nuestro proyecto de Hospitalidad es fuerte, atractivo e integrador.

Sant Joan de Déu València