Las Hermanitas de los Pobres y su servicio a los ancianos

Labor Hospitalaria, n. 312 (2015)
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Las Hermanitas de los Pobres, existimos gracias a Santa Juana Jugan nuestra fundadora. Les contamos un breve resumen de su vida.

Nace en Cancale (Francia) durante la Revolución Francesa. La pobreza de su familia aumenta con la muerte de su padre. A los 24 años siente la llamada del Señor y dice a su madre: «Dios me quiere para él. Me guarda para una obra que no es conocida, para una obra que aún no está fundada». Deja su casa y se entrega como laica consagrada con una vida de oración intensa y servicio a los pobres; hasta que un día acoge en su apartamento a una anciana ciega y abandonada, cediéndole su propia cama. También es pobre y pronto recurre a mendigar para cuidar a sus protegidos.

Es elegida superiora por sus compañeras, toma el nombre Sor María de la Cruz pero pronto alguien se erige como fundadora, relegándola al último lugar. Ella nunca se atribuirá el protagonismo de la obra, entregándose con humildad.

Pasa sus últimos 27 años en la Casa Madre, en un arrinconamiento total, vive entre las novicias sin que ellas sepan que es la fundadora. Muere el 29 de agosto de 1879. Fue beatificada por el Papa San Juan Pablo II en 1983 y es canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2009. Su fiesta litúrgica es el 30 de agosto.

Santa Juana Jugan no tiene escritos, pero tenemos los testimonios de las Hermanitas que estuvieron con ella durante su noviciado y son una verdadera expresión de su espiritualidad.

«Saber desaparecer por la humildad en todo lo que el buen Dios quiere de nosotras.» «Solo tengo a Ti, Jesús.» La humildad como medio para llegar a la intimidad con Dios, y asimilarse a los pobres como hizo Jesús en la Encarnación.

«No olviden nunca que el pobre es Nuestro Señor.» Además de Castidad, Pobreza y Obediencia, hace el voto de Hospitalidad, consagrándose al humilde servicio que une en una misma familia a los Ancianos pobres y a las Hermanitas. Es fruto de la caridad y testimonio de la misericordia de Dios.

«Es tan hermoso ser pobre, no tener nada, esperarlo todo del buen Dios.» «No somos sino los instrumentos de su obra.» Dependencia total en Dios. Funda la congregación sin medios, mendigando el pan y las almas, pues la colecta es medio de evangelización.

Las Hermanitas de los Pobres, hoy aspirando a una unión íntima y personal con Cristo, le buscamos sencillamente en la fe, la esperanza y la caridad y le descubrimos en la oración.

“El Pobre” define nuestra vocación, Cristo nos espera en cada uno de los ancianos, y al mismo tiempo nosotras lo encontramos y reconocemos en “el Pobre”, a quien servimos.

Como cristianas y consagradas, las Hermanitas de los Pobres no perdemos de vista el mandato de Jesús «id por todo el mundo y anunciad el Evangelio». En nuestras casas la vida es sencilla, como la de una gran familia. A ellas tienen acceso los ancianos pobres de cualquier raza, cultura o religión. Un gran reto hoy día es dar testimonio del respeto por la vida de la que Dios sólo es el dueño.

Para atender a sus pobres Juana no dudó en mendigar, cimentando así el porvenir de su obra sobre este desafío evangélico: vivir al día, abandonándose confiadamente en Dios Padre, que cuida de sus pobres. Las Hermanitas hacemos «la colecta»; todos los días dos hermanitas salen a pedir y tender la mano para la subsistencia de nuestras casas. Este hecho manifiesta nuestra confianza en la Providencia de Dios al mismo tiempo que nos da la oportunidad diariamente, de hacer presente la Iglesia allí donde pedimos.

Depositarias de un carisma, estamos llamadas a transmitir el amor de Dios por los pobres y hacer descubrir a los ancianos, a través de su pobreza y de las limitaciones de la vejez, la belleza y el valor de la vida.

Las Hermanitas de los Pobres estamos presentes en 31 países de los cinco continentes.

Compartimos el testimonio de una Hermanitas de Los Molinos (Madrid):

«Mi nombre es Sor Peter Marie. Nací en New Jersey, EE.UU.; llevo destinada en España 18 años, de los cuales más de 15 en Madrid.

De pequeña muchas veces pensaba en los cristianos, y cómo algunos tenían incluso que morir por amor a Jesús. Me preguntaba cómo se podría vivir la fe católica con tanta fortaleza y deseaba tener esta fe y poder practicarla libremente. Antes de sentir la vocación a una consagración especial, fui consciente de mi vocación bautismal de amar a Jesucristo sobre todas las cosas.

Mi hermana sí que se planteaba una vocación religiosa, pero yo no. A los 19 años fui a una convivencia vocacional solamente para acompañar a unas amigas. Ellas, como mi hermana, han seguido la llamada al matrimonio cristiano, y yo, que iba solamente por pura curiosidad, percibí entonces que el Señor me llamaba, aunque lo negaba.

Conocí a las Hermanitas en la facultad durante mis estudios de enfermera. Tuve que hacer prácticas y fue en la casa de las Hermanitas. Todas nuestras casas son residencias para ancianos pobres. Allí descubrí una vida de oración personal y comunitaria muy fuerte y dinámica. No era una residencia, ¡era una familia!

Me sentía incapaz de dedicar toda mi vida al Señor… Antes de decir "Sí" pasé 5 años luchando conmigo misma. Sin embargo, desde que sentí que el Señor me quería para Él, ya nada me llenaba. Experimentaba que cuando Lo seguía tenía mucha paz; pero cuando me alejaba, malestar. En el fondo no somos capaces, pero el Señor nos llama y después nos capacita.

Profundicé mi vida de oración, terminé los estudios, y fui al Noviciado, en New York. Llevo desde mis votos perpetuos en España.

Soy feliz compartiendo la vida con los ancianos pobres. Es vivir el día a día en una familia, ritmada por la oración y la vida de comunidad. Me han confiado una misión muy especial: «la colecta». Es un apostolado que lleva a Jesús donde no siempre llega. Al mismo tiempo de pedir una ayuda, estamos buscando una oportunidad para hablar de Dios y esto me encanta. Muchas personas no pueden dar nada, pero todas tienen hambre de Dios, aunque lo niegan. Rezamos mucho, también con la personas que encontramos, y esta dimensión contemplativa-evangelizadora alimenta muchísimo mi intimidad con el Señor.»

Terminamos nuestro testimonio con estas palabras del Evangelio, que resumen el carisma y misión que el Señor nos ha confiado en la Iglesia:

«Jesús dijo a sus discípulos: --Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre y todos sus ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones….

Entonces dirá el rey a los de su derecha: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

Entonces los justos le contestarán: - Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

Y el rey dirá:--Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. (Mt 25, 31-40)»

«Jesús dijo a sus discípulos: --Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, no por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? …

Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis pro el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. (Mt 6, 24-34)»