Hacerse prójimo con el que sufre

Labor Hospitalaria n.305 (2013)
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El punto central de esta reflexión es la parábola del Buen Samaritano que narra Lucas 10, 29-37. En el marco de esta reflexión veremos algunos temas como: quién es mi prójimo; el Dios de la compasión y de la misericordia en el Antiguo y en el Nuevo Testamento; Cristo como Buen Samaritano; para terminar con la invitación a ser buenos samaritanos y testigos de amor.

Contexto de la parábola del Buen Samaritano: perspectiva de fe

¿Quién es mi prójimo?1

La parábola del Buen Samaritano desea responder a una pregunta que no tiene nada de obvio para un israelita creyente a quien el Levítico prescribe amar al prójimo como a sí mismo (Lv 19,18). La pregunta que se hace a Jesús se coloca en un contexto existencial de fe. Sobre el tema se había discutido por largo tiempo sin que se lograse un consenso. De hecho, Lucas inserta la parábola del Buen Samaritano en la discusión sobre cuál es el mandamiento más grande (Mt 22,34-40; Mc 12 28-31).

Dicho debate apuntaba a responder a una pregunta existencial que acosaba no sólo al especialista de la ley mosaica sino también al simple fiel, heredero de la alianza sinaítica: ¿qué debo hacer para tener en herencia la vida eterna? En este sentido, la posición de Jesús no era indiferente a ninguno, ni siquiera para el doctor de la ley. De todos modos, en la perspectiva de Lucas, las Escrituras hablaban claro y el doctor de la ley no podía desconocerla: para heredar la vida eterna es necesario amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos (Dt 6,4-5; Lv 19,18). Si sobre el amor incondicional y omnicomprensivo para Dios no habían problemas particulares, sin embargo no faltaban dudas y vacilaciones en lo que concierne el amor al prójimo o, mejor, sobre quién fuese el prójimo a quien amar como a sí mismos. Dan testimonio de ello las interminables discusiones que se subseguían en las escuelas rabínicas de esa época.

Sin embargo, aunque ideal y no ciertamente uniforme a lo largo de la historia, una respuesta a la pregunta del doctor de la Ley de querer saber quien fuese el prójimo a quien amar como a sí mismos, ya se encontraba en el Antiguo Testamento: el prójimo es ante todo el hermano, es decir, el miembro del pueblo elegido. Con respecto a la concepción del prójimo en el Antiguo Testamento, A. Vanhoye observa:

“El amor al prójimo es entendido […] como una actitud de solidaridad con los compatriotas, un límite muy estrecho. Sin embargo, se notará algunos versículos después, el Levítico extiende el precepto a los forasteros (en hebreo gèr): ‘Al forastero que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y le amarás como a tí mismo; pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto’” (Lv 19,34)2.

En el mismo sentido, y luego de haber recordado la distinción entre los términos prójimo y hermano, contiguos y a veces confusos en el Antiguo Testamento, X. Léon-Dufour anota:

“En los códigos antiguos no se hacía cuestión sobre “hermanos” sino sobre “otros” (p.e. Ex 20, 16s): No obstante esta apertura virtual sobre el universalismo, el horizonte de la ley no fue más allá del pueblo de Israel”3.

Dicha oscilación irá adelante no obstante que posteriormente la acrecentada conciencia de la elección divina hizo que, en el Deuteronomio y en el código de santidad, los “otros” y “hermano” sean confusos (Lv, 19, 16), reduciendo todo a los israelitas (Lv 17,3). Por lo menos en esta óptica el forastero residente en medio de los israelitas es asimilado a ellos y se convierte, por tanto, en objeto del amor al prójimo (Lv 17,8.10.13; 19,34). Sólo después del exilio se hace presente una doble perspectiva: por un lado hay un estrechamiento que reserva el amor al prójimo sólo al israelita o al prosélito circunciso, mientras por el otro, con la traducción de la Biblia en griego denominada de los Setenta, se hace la distinción entre “los otros” y “hermano”, y se indica que el prójimo por amar son los demás4. No obstante estas indicaciones, la pregunta del doctor de la ley deja intuir que el debate seguía siempre abierto (Cfr. Benedicto XVI Jesús de Nazaret, primera parte, pág. 236).

La parábola: los protagonistas y sus diferentes comportamientos

 El hombre golpeado

El hombre que cae en manos de los salteadores no tiene una identidad precisa. ¿Es el símbolo de la humanidad que sufre, como sugiere Michel Gourgues? ¡Puede ser! Lo que es claro en la narración es que el hombre golpeado y despojado no tiene nombre, ninguna característica específica: es un hombre y basta. Michel Gourgues hace resaltar que a menudo S. Lucas inicia sus parábolas con la misma fórmula: un hombre dio una cena (14,16), un hombre tenía dos hijos (15,11), un hombre rico (16,1.19), un hombre de noble estirpe (19,12) …5. Si en la presente parábola las circunstancias de lugar son parecidas, sin embargo la identidad del desventurado tiene una importancia relativa e incluso nula. Es un hombre que tiene necesidad. Para Vanhoye, es precisamente esta falta de importancia específica que hace muy significativo el anonimato de aquel hombre tout court. Este autorizado estudioso de la Biblia recuerda que la palabra griega anthropos, empleada por el Evangelista Lucas, no permite ni siquiera determinar el sexo de la persona de la cual se habla6. Esto deja entender que en la narración del Buen Samaritano, el acento se coloca en la única dimensión esencial: el ser persona en la necesidad vital.

 El Sacerdote y el levita

Estos dos hombres del culto son aunados por una misma reacción frente al hombre abandonado medio muerto al borde del camino: ven y dan un rodeo. La narración no proporciona ninguna justificación sobre el por qué de su comportamiento. Algunos comentaristas, invocando las prescripciones que regulaban su conducta (Nm 19,11-13 y Lv 21,1-4.11), se han arriesgado a leer allí razones culturales no obstante que otros pongan en tela de juicio dicha interpretación. M. Gourgues objeta que cuando S. Lucas toma de punta “la estrecha y rigurosa observancia de la ley, no pone en escena a los sacerdotes, sino también a los escribas y a los fariseos”. Pero, sobre todo y de manera decisiva, la narración no se interesa de las razones que empujaron a uno y a otro a no socorrer al hombre que yacía en el borde del camino7.

¿Por qué entonces recurrir al sacerdote y al levita? M. Gourgues intenta una explicación con referencia los textos rabínicos. Se trataría de un modo, normal en el período posterior al exilio, de expresar verbalmente la constitución socio-religiosa del pueblo hebreo: los sacerdotes, los levitas y el pueblo (o los hijos de Israel),8 como se empleaba en Roma la expresión “El Senado y el Pueblo Romano”. En nuestro caso, en vez de llamar en causa al representante del pueblo, un “laico”, Lucas involucra a un vecino “extranjero”, de quien el israelita podía esperar muy poco, para indicar que ninguno es lejano a los ojos de Dios si no tiene deliberadamente endurecido su corazón y que, por tanto, el amor de Dios es más bien un don y no un privilegio (Cf. GS 34).

Judíos y Samaritanos: relaciones no plenamente amigables9

Al parecer Lucas tiene una propensión favorable hacia los samaritanos! Se diría que habría olvidado inmediatamente el episodio emblemático de las relaciones poco amistosas que corrían entre judíos y samaritanos y que él mismo presenta algunos pasajes antes de la parábola del Buen Samaritano. Los habitantes de una aldea samaritana negaron la hospitalidad a Jesús sólo porque él se estaba dirigiendo a Jerusalén (Lc 9,52-53). La cuestión no era nueva (cf Gv 4,7-9) y, por tanto, su rechazo no sorprendió mucho. En efecto, varios pasajes del Antiguo Testamento hacen ver que los judíos despreciaban a los samaritanos (Cf 2R 17,24-41; Si 50,25-26). En cambio, según el testimonio del histórico hebreo Flavio José (Ant. 20,6,1), los samaritanos molestaban a los peregrinos judíos en su camino hacia Jerusalén. Jesús se muestra, pues, muy generoso para con los samaritanos al proponer a uno de ellos como modelo de aquel que se hace prójimo, es decir, de uno que cumple fielmente la Ley de Dios. De este modo, Él hace entender que el amor de Dios es un don gratuito hecho a todos sin excepción ni condición, salvo la total y acogedora disponibilidad del corazón10.

El Samaritano compasivo

La narración del Samaritano que se dejó mover por la compasión está construida en una antítesis fundamental, espejo del amor sincero y honesto: la antítesis nada/todo. El sacerdote y el levita pasan, ven y prosiguen su viaje sin demasiados interrogantes ni demasiados escrúpulos. También el samaritano pasa por allí, observa y reacciona de manera diferente de los que le habían precedido: lleno de compasión, se acerca y se preocupa por el desconocido desdichado. Los primeros dos ven y no hacen nada mientras que el samaritano se detiene y se ocupa de este hombre en extrema necesidad: hace todo lo posible para salvarle la vida.

Algún estudioso ha visto en los  verbos que delinean al protagonista principal de la parábola el simbolismo de la perfección (el número 7): el buen Samaritano ve (1), se compadece (2), se acerca (3), se ocupa del herido (4), lo lleva al mesón (5), paga por él (6) y lo recomienda al posadero (7), antes de proseguir al día siguiente11. Simbolismo o no, la parábola alcanza su ápice precisamente en los pasos que describen su preocupación al servicio del hombre encontrado medio muerto al borde del camino, y de este modo lo pone en abierto contraste con el nada del sacerdote y del levita que pasan de frente. Lo que aquí cuenta no es mucho la identidad de las personas, que sin duda puede dar un cierto tinte, sino su actitud frente a una situación de necesidad extrema, que requería precisamente el ejercicio y la práctica inmediata del amor al prójimo.

¿Quién ha sido el prójimo?

En el Evangelio de Lucas, al contrario de lo que encontramos en los Evangelios de Marcos y Mateo, Jesús no responde Él mismo a la pregunta que le plantea el doctor de la ley. Elegantemente lo envía al remitente con quien se encuentra de acuerdo antes de pedirle que cumpla lo dicho por la Escritura que ha recordado. A este punto, según el Evangelista el interlocutor de Jesús siente la necesidad de justificarse y hace una nueva pregunta, casi con la intención de precisar el sentido de la primera: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc 10,29).

Al dar su respuesta, Jesús cambia las perspectivas de la pregunta inicial. Parece indicar que no se trata de un ejercicio intelectual como definir primero quien es el prójimo para luego excluir a quien no entra en los criterios establecidos precedentemente. El prójimo es una persona concreta, de carne y huesos y, por tanto, viene antes de toda definición conceptual. Así, desde una perspectiva definitoria, pasiva y estática, Jesús sugiere una perspectiva más dinámica, más abierta, más concreta y activa: ¡“hacerse prójimo”!

Al concluir la parábola, Jesús hace a su vez una pregunta que corrige la precedente: “¿Quién de estos tres te parece haya sido prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” Ante la satisfactoria respuesta de su interlocutor, recomienda: “Vete, y haz tu lo mismo” (Lc 10,37). Como si quisiera decir: no basta saber quién es mi prójimo para tratarlo como tal. Es preciso dejarse impregnar por la compasión como lo hace Dios mismo y actuar de manera consecuente.

El Buen Samaritano, encarnación concreta de la compasión y de la misericordia de Dios12

El P. Vanhoye subraya en su intervención arriba mencionada que el Buen Samaritano, diferentemente de lo que ocurre en otras parábolas, es el modelo que Jesús propone para ser imitado: “Este modelo es el Buen Samaritano que se ha dejado conmover  al ver a aquel hombre medio muerto y que ha manifestado su compasión con una acción generosa”13.

Además, él observa que Lucas emplea la misma expresión griega (poiein eleos) para el actuar de Dios mismo (Lc 1,72): “Conmoviéndose (Lc 10,33) y practicando la misericordia (Lc 10,37), el Samaritano se está asemejando a Dios mismo”14.

Nos encontramos aquí ante las fuentes de la vida moral y espiritual cristiana: es necesario dejar que Dios haga crecer en nosotros su imagen y semejanza con las cuales hemos sido creados y dejarse transformar por su misericordia. A este punto es inevitable considerar, aunque sea velozmente, la misericordia de Dios tal como ha sido percibida y experimentada en la Sagrada Escritura.

Antiguo Testamento: Yahvéh, el Dios de las misericordias

En la literatura hebrea, el término que corresponde en italiano a la palabra “misericordia” es mucho más rico de sus traducciones en las lenguas modernas. Se encuentra en la confluencia de dos corrientes de pensamiento que por un lado se orientan a la compasión y, por el otro, a la fidelidad. Las diferentes traducciones oscilan entre la misericordia y el amor, pasando por la ternura, la piedad, la compasión, la clemencia, la bondad e incluso la gracia, aunque ésta tenga una acepción más amplia.

En la tradición bíblica veterotestamentaria, Dios se revela como el Dios de las misericordias que escucha la corriente incesante de gritos, súplicas, solicitudes de ayuda que suben del alma y de los labios del desdichado (Sal 4,2; 6,3; 9,14; 25,16). Por esto en los cantos de agradecimiento se proclaman la grandeza y la eternidad del amor misericordioso de Dios (Sal 107,1.23).

La misericordia de Dios se manifiesta de modo sorprendente y en su nivel más elevado en el perdón al pecador, ya sea que se trate de una persona o de un pueblo. Precisamente, Dios revela en el perdón su ser misericordioso afirmando su total libertad de ser misericordioso con quien quiere y proclama su triunfo sobre el pecado sin ofender su santidad. Por tanto, la misericordia de Dios no puede ser interpretada ni como estimulación al pecado y menos aún como signo de debilidad. Ella tiende a hacer retornar al pecador sobre sus propios pasos, es decir, a la conversión y a la salvación.

Ya sea la reflexión profética (Os 11,9; Jonás 4,2) como aquella sapiencial reaccionarán contra la mezquindad humana y la obtusidad de los que querían reservar dicho beneficio solo al pueblo de la Alianza y afirmarán con fuerza la universalidad de la misericordia de Dios: “…La piedad del hombre es para el prójimo, pero la piedad del Señor es para toda carne” (Ecle 18,12). Una tradición bíblica muy afirmada defiende esta conquista sin reserva:

“Clemente y compasivo Yahvéh, tardo a la cólera y lleno de amor; no se querella eternamente ni para siempre guarda su rencor; no nos trata según nuestros pecados, ni nos paga conforme a nuestras culpas… Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yahvéh  para quienes le temen; que él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo” (Sal 103, 8-10.13-14). “Dichosos todos los que en Él esperan, porque El se apiadará de ellos” (Is 30,18), porque “eterna es su misericordia” (Sal 136), “porque con Yahvéh está el amor” (Sal 130,7).

El Dios de las misericordias quiere la misericordia (Os 4.2; 6,6) y la exige de parte del hombre que se muestra ya realmente incapaz de vivirla con naturaleza. Yahvéh educa a su pueblo a la misericordia, condena a los que la sofocan y rechazan practicarla (Am 1,11); exige la observancia del mandamiento del amor fraterno (Ex 22,26), a la larga preferible a los holocaustos y a los sacrificios (Os 4,2; 6,6), así como a la práctica de la justicia destinada a florecer en el tierno amor (Mi 6,8). Del mismo modo, el ayuno se debe plegar a las exigencias de la misericordia para con la viuda, el huérfano y el extranjero (Is 58,6-11; Jb 31, 16-23). En fin de cuentas, si el horizonte de la ternura y de la compasión en Israel todavía está limitado a la raza o a la fe, el plan de Dios es aquel de ampliarlo a toda la humanidad: de allí la prohibición de venganza o de conservar el rencor en el proprio corazón. En este sentido, la literatura sapiencial constituye casi un esbozo del mensaje de Jesús (Ecle 27,30-28,7).

Nuevo Testamento: Jesús, Rostro de la misericordia divina

En el Nuevo Testamento, el rostro de la misericordia de Dios es una persona, es Jesús de Nazaret, “sumo sacerdote misericordioso” (Hb 2,17). Para cumplir el designio definitivo de salvar a todos, El eligió ser semejante a los hombres excepto en el pecado; ha experimentado su miseria y los ha sanado primero con su obra y con su pasión y muerte, y luego con su resurrección. Mejor que todos los demás, el Evangelista Lucas ha sabido poner de relieve esta dimensión del ministerio del Señor: Jesús ama a los que son los pobres (Lc 4,18; 7,22); los pecadores encuentran en El a un amigo (Lc 7,34), libre de cualquier temor de estar con ellos o de compartir con ellos sus gozos y sus angustias (Lc 5,27.30; 15,11; 17,7). La compasión de Jesús llega a las multitudes (Mt 9,36; 14,14; 15,32) o asume un rostro más personal como en los casos de la viuda que había perdido a su único hijo (Lc 7,13) o del padre que llora (Lc 8,42; 9,38.42). Hay que recordar, en fin, la actitud acogedora de Jesús para con las categorías sociales poco consideradas como las mujeres, los niños y los extranjeros. Con Jesús, la salvación de Dios llega a todos los hombres de manera completa: “Cada hombre verá la salvación de Dios” (Lc 3,6).

La compasión de Jesús revela a la humanidad el "corazón de  Dios Padre". En efecto, a través de sus actos misericordiosos Jesús bosqueja las características del rostro de la misericordia de Dios. A los pecadores a quienes la mezquindad típica humana de los fariseos excluía de la salvación, Jesús proclama el Evangelio de la misericordia infinita de Dios hacia el que se convierte y retorna sobre la recta vía. En especial, Él aporta a todos una aclaración doctrinal y espiritual muy importante: los que alegran más el corazón no son los que se consideran justos sino todos los que se arrepienten y retornan a la casa del Padre (Lc 15,7.10.20). El Dios que Jesús revela en el Nuevo Testamento es el "Dios de las misericordias" (2Co 1,3; St 5,11). Testigo de ello es san Pablo que lo experimentó en primera persona (1Co 7,25; 2Co 4,1; 1Tim 1,13); pero, la sobreabundancia de la misericordia de Dios ha sido prometida gratuitamente a todos los creyentes (Mt 5,7; 1Tim 1,2; Tt 1,4; 2Jn 3). Pablo exhorta con fuerza y claridad en sus escritos a la toma de conciencia de la sobreabundancia y amplitud de la misericordia de Dios: ni siquiera el pueblo elegido puede conquistarse la salvación por sus propios méritos. Por lo que también los judíos son pecadores y, por tanto, también ellos tienen necesidad de la misericordia de Dios mediante la fe, gracias a la cual las “naciones” se insertan en el designio salvífico de Dios (Rm 11,32).

La sobreabundancia de la misericordia de Dios que se manifiesta en su obra creadora y redentora exige como respuesta del hombre una vida fundada en la misericordia: “Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre” (Lc 6,36). Esta es en san Lucas la perfección como condición esencial que Jesús pide a sus discípulos para entrar en el reino de Dios (Mt 5,7). Concreta y esencialmente, esto significa que el discípulo de Cristo será juzgado por su sensibilidad y cuidado del misterio encontrado en su camino (Lc 10,30-37), por la manifestación de la piedad hacia quien lo habrá ofendido (Mt 6,12; 18,21-35), por la misericordia ejercida incluso inconscientemente ante Jesús a través de nuestros hermanos y hermanas en estado de necesidad (Mt 25,31-46).

En palabras pobres, podemos decir que, diversamente de aquel pagano, el horizonte del actuar cristiano debe ser fundamental y marcadamente el del amor y de la simpatía (Fil 2,1), de la compasión (Ef 4,32; 1Pt 3,8), de la ayuda al hermano en estado de necesidad, ya que el amor de Dios no permanece sino en los que ejercen la misericordia (1Jn 3,17).

Dios frente al sufrimiento humano14

La narración del Buen Samaritano no trata prevalecientemente del sufrimiento, sino más bien de la discutida cuestión de saber quién es el prójimo. ¿Cómo es que dicha narración es adscrita al “Evangelio del sufrimiento”? (Salvifici Doloris, n. 30). La parábola de Jesús presenta el caso límite de un hombre en un estado de extrema necesidad. Tranquilamente, el Señor hubiera podido iluminar a su interlocutor con un caso diferente. Sin embargo, el auxilio brindado al hombre herido, despojado y abandonado en ese lugar poco acogedor y desastroso, tenía que hacer recordar a los oyentes no sólo una realidad que ellos conocían, sino y sobre todo, las intervenciones de Yahvéh a favor de su pueblo sufriente a lo largo de la historia (Ex 16-17). Y esto muestra que el sufrimiento humano ha sido por excelencia un lugar de la revelación de la misericordia de Dios. De esta verdad la Sagrada Escritura es testigo inconfundible. La enseñanza de la Biblia no es uniforme: de hecho, existe una multiplicidad de concepciones con una evolución histórica propia. La idea del sufrimiento en la Biblia de ningún modo es estática16.

En el Antiguo Testamento, el sufrimiento es tomado seriamente, como expresión de la fragilidad humana que se enfrenta a enfermedades, calamidades naturales, lutos debido a guerras y a conflictos devastadores. La reacción espontánea e inmediata siempre ha sido levantar los ojos al Cielo para gritar al Señor y pedir su ayuda. De todos modos, para el Antiguo Testamento el sufrimiento es un mal que no debería existir. Y si existe, bajo sus diferentes aspectos (físico, psicológico y espiritual), sigue siendo un profundo misterio que no se puede explicar recurriendo simplemente a la lucha entre los dioses o al capricho, como acontecía en el antiguo Oriente.

En la perspectiva de la alianza de Yahvéh con el pueblo de Israel, cierta lectura une la enfermedad y el sufrimiento a la conducta infiel del hombre para con Dios, es decir, al pecado. En esta óptica, su papel sería afinar en el hombre la conciencia del pecado (Sal 38,2-6). Al afrontar la dificultad objetiva de saber si toda enfermedad, todo sufrimiento que afecta es o no castigo divino, el Antiguo Testamento propone dos soluciones: en algunos casos se trata de una prueba para los justos y sus fieles para poner de relieve la firmeza de su fidelidad (Job y Tobías), mientras en otros casos se trata de expiar por los pecados de otros (el siervo de Dios: Is 53,4 s).

Los profetas y los sabios de Israel, agobiados por los innumerables y variados sufrimientos, pero al mismo tiempo sostenidos por su fe firme en Dios, entraron poco a poco en el gran misterio del sentido del sufrimiento (Sal 73,17), e hicieron experiencia en torno al descubrimiento sufrido y progresivo del valor purificador del sufrimiento (Jer 9,6; Sal 65,10), de su valor educativo en el modelo de la corrección paterna (Dt 8,5; Prov 3,11). En fin, llegaron a ver en la rapidez del castigo un efecto de la benevolencia divina (2 Mac 6,12,17; 7,31-38). La figura de Job y, en particular modo, la del siervo de Yahvéh, son bien conocidas por la historia aterradora de sus sufrimientos injustos que, en clave redentora, prefiguraban la pasión de Jesús en la cruz.

En el Nuevo Testamento, Jesús es presentado no sólo como hombre de dolores, sino sobre como hombre sensible a todo dolor humano y que se conmueve profundamente (Mt 9,36; 14, 14; 15,32; Jn 11,21.32). Se muestra vencedor del sufrimiento cuando cura a los enfermos y resucita a los muertos (Mt 11,4; Lc 4,18).

No obstante esto, ni el sufrimiento, ni la muerte física han sido suprimidos por Jesús. Sin embargo, se muestra capaz de cambiarlos en gozo; no elimina el sufrimiento pero lo consuela (Mt 5,5). El sufrimiento se puede convertir en una bienaventuranza porque prepara a acoger el Reino y permite revelar las obras de Dios (Jn 11,4). Además, se sabe que al Hijo de Dios no se le ahorró sufrimientos de todo tipo, desde la más simple incomprensión familiar (Mt 12,46-50 y //) a la muerte en la cruz, pasando por la angustia del Getsemaní donde experimentó el abandono de Dios (Mc 15,36). La pasión redentora revela al final la gloria del Hijo de Dios.

A Jesús Nazareno … después que… os fue entregado, vosotros le matasteis  clavándole en la cruz por mano de los impíos. A Éste Dios lo resucitó  librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio” (Hch 2,22.23).

Para los discípulos de Jesús, la resurrección del Señor habría tenido que acelerar el juicio final. Se hubiera podido esperar que después de tan grandioso acontecimiento, no hubiera habido ya sufrimiento ni muerte. El riesgo en ese caso es permanecer turbados por la persistencia de las realidades trágicas de la existencia  (1Ts 4,13). Sin embargo, es preciso recordar que la resurrección no elimina las enseñanzas del Evangelio sino, por el contrario, los confirma (Mt 5,17-18). El mensaje de las bienaventuranzas y la exigencia de la cruz cotidiana (Lc 9,23) asumen todo su significado a la luz del destino del Señor. Como consecuencia, los discípulos deben estar preparados para soportar las tribulaciones para imitación y gloria del maestro.

San Pablo, que experimentó en su carne varias tribulaciones, escribe que los sufrimientos del cristiano son los mismos sufrimientos de Cristo (2 Co 1,15) ya que, sea que vivamos o sea que moramos, todo lo hacemos por Cristo que nos ha amado y ha dado su vida por nosotros (Rm 8,36). Cristo se ha hecho solidario con los que sufren y ha dejado a los suyos la misma ley (1Co 12,26; Rm 15; 2Co 1,7). La participación en los sufrimientos de Cristo es garantía de aquella más exaltadora a participar también a su gloria (2Tm 2,11-13).

Por tanto, frente a la enfermedad y a toda forma de sufrimiento, la Biblia exhorta a los creyentes a la oración para pedir a Dios la gracia de la curación. El es dueño de la vida (Eccle 38,9); El es el médico por excelencia (Ex 15,26). De este modo, la enfermedad, el sufrimiento, el dolor y la muerte se insertan en el orden de la salvación. Como consecuencia, el servicio a los enfermos, la visita a quien sufre para llevar su consolación, todo esto es caridad cristiana porque es servicio a Cristo sufriente en ellos y con ellos (Mt 25, 36). De dicha presencia consoladora tiene, quizás necesidad también nuestro mundo tecnologizado. Por tanto, el mal y el sufrimiento no pueden interpretarse como olvido, indiferencia ni, menos aún, como abandono del creado de parte de Dios.

La parábola del Buen Samaritano: diversidad de lecturas, la misma perspectiva del amor concreto hacia el prójimo

La enseñanza de Jesús que nos ha entregado en la parábola del Buen Samaritano está lejos de ser esporádica, ocasional y, menos aún, fechada. El auxilio a los necesitados y el cuidado a los enfermos siempre han formado parte integrante de la misión que Jesús ha confiado a la Iglesia (Mt 10,8; Mc 16,18; Lc 10,9). Pero todo esto habría quedado sin mucho peso si no hubiese habido el mandamiento y el ejemplo paradigmático del Señor: es su estilo de vida, su ethos, si queremos, que ha marcado en primer lugar la vida de los Apóstoles y luego el de las primeras comunidades cristianas hasta impulsarlas a ver en Cristo mismo al verdadero Buen Samaritano. Aunque hay una diversidad de lecturas de la parábola, aún en la misma perspectiva de amor al prójimo, ¿aparecería muy desentonado preguntarse si es verdad que Cristo es el Buen Samaritano? ¿En qué sentido Cristo es el verdadero Samaritano?

“El buen Samaritano es Cristo”17

La interpretación de la Biblia comienza en la misma Biblia…”, sentencia Prosper Grech18. Se trata del elemento más característico de la enseñanza de Jesús19; las parábolas han monopolizado una atención considerable en el estudio de los Evangelios desde el inicio de la misión de la Iglesia, aunque con diferentes resultados  según el tipo de interpretación adoptado. En lo que se refiere a la parábola del buen Samaritano, cierta interpretación alegórica y cristológica ha leído toda la historia de la humanidad y de la Iglesia, haciendo corresponder al hombre caído en manos de malhechores a Adán o la humanidad, al sacerdote y al levita, a los varios estadios de la historia veterotestamentaria y el Samaritano a Jesús. El aceite y el vino son los sacramentos, la posada es la Iglesia, …20 Así, se ha creado y se ha transmitido una tradición interpretativa que lee en la figura del Buen Samaritano a Cristo en persona o a Dios mismo. Ante la falta de un excursus histórico-teológico sobre el tema, me limitaré luego a algunos ejemplos de autores que han efectuado el acercamiento recordado antes. Escribe san Clemente de Alejandría en su Quis dives:

“Y ¿quién es aquel Samaritano sino el mismo Salvador? O ¿quién hace mayor misericordia a nosotros medio muertos por las potencias de las tinieblas con heridas, temores y deseos, furores, tristezas, fraudes, placeres? De estas heridas sólo Jesús es médico: Él descuaja los vicios desde sus raíces”21.

En el mismo sentido y con no menor fuerza declara Severo de Antioquía en sus Homilías:

“Finalmente pasa un Samaritano. Cristo, se da a sí mismo el nombre de Samaritano.  Dirigiéndose a quien conoce la Ley, a quien sabe hablar perfectamente de la Ley, Él quiere demostrar de este modo que ni el sacerdote, ni el levita, ni en general ninguno de los que presumiblemente siguen las prescripciones de la Ley de Moisés, sino es Él mismo que ha venido, dando cumplimiento al designio de la Ley y haciendo ver, por sus obras  quien es prójimo  y lo que significa “amar al prójimo como a sí mismo”…”22.

François Bovon pone de relieve que la exegesis alegórica más antigua de la parábola del buen Samaritano que se puede alcanzar es aquella gnóstica, aunque la patrística desarrolló muy poco este género de hermenéutica23. De modo que las parábolas “durante siglos […] han sido enseñadas y explicadas por la Iglesia como si se tratase de alegorías en las que cada término era el criptograma de una idea y el todo pudiese ser interpretado sólo por quienes poseyesen la llave del código”24.

Este tipo de entendimiento de la Sagrada Escritura es el fundamento de una radicada tradición teológica y pastoral que atraviesa los siglos hasta nuestros días con diferentes modulaciones pero siempre con sorprendente continuidad no obstante el imperar del método histórico-crítico en los últimos dos siglos.

Conde escribe:

“Cristo es la encarnación pura del Buen Samaritano en esta actitud inicial de colocarse al lado de los que sufren. Los evangelios muestran con claridad que Jesús no podía ser testigo de un sufrimiento sin permanecer emocionado profundamente”25.

Junto a estos textos que afirman sin tanta vuelta de palabras que el verdadero Samaritano es Cristo mismo, hay otros que indican en el Buen Samaritano al seguidor fiel de Cristo, que haya aprendido bien la lección del maestro acerca del amor del prójimo y la haya hecho propia (Cfr. Benedicto XVI. Jesús de Nazaret, primera parte, pág. 241-242).

Buen Samaritano es cualquiera que se dedica al servicio de los más pobres

Los ejemplos que hemos dado hacen ver que, desde los albores de la Iglesia, la narración de Lucas, incluida en el corpus de las enseñanzas del Señor en torno al amor a Dios y al prójimo, ha hecho mella con fuerza en la reflexión y en el actuar eclesiales. Por tanto, los primeros cristianos buscaron traducir también concretamente el amor del prójimo en su vida mediante el servicio a los más necesitados (Hch 6, 1-7). En los primeros cinco siglos, partiendo de la nada, las comunidades cristianas habían organizado progresivamente un servicio estable para acoger y asistir a los pobres y a los enfermos, en el nombre de Jesús y siguiendo su ejemplo. Era una exigencia totalmente sentida que el amor concreto hacia los pobres era requerido para la elección al episcopado así como para el bautismo, tal como se atestigua en las Constituciones Apostólicas. Para la elección del obispo: «Que ame al pobre”; y la Didascalía advertía: “Recuérdate de los pobres, extiéndeles la mano y nútrelos”». Mientras que a los que estaban por bautizarse se les hacía las siguientes preguntas: “¡Habéis honrado a la viudas? ¿Habéis visitado a los enfermos? ¿Habéis realizado todo tipo de obras buenas?”26. Las actividades y las iniciativas que tienden a “encarnar” el amor de Dios en la Historia se habían diversificado e institucionalizado especializándose para un mejor servicio y ayuda a los más necesitados. Baste pensar en las Órdenes y Congregaciones religiosas dedicadas a los cuidados de los enfermos en los hospitales, en los hospicios u otras estructuras sanitarias, en las congregaciones religiosas cuyo carisma es la educación de los niños y de los jóvenes más pobres, etc.

Más cercano a nosotros, Juan Pablo II, en el curso de su largo pontificado, amplió el modelo del Buen Samaritano a todas las actividades humanas que tengan cierta importancia social. Él aplica indistintamente dicho modelo del Buen Samaritano a los peluqueros27 como a los religiosos y a las religiosas comprometidos en el servicio a los enfermos más graves28, a los pastores de la Iglesia29 como a los alumnos de las escuelas de los bomberos30 o también a los huéspedes del Cottolengo. El modelo del Buen Samaritano es para Juan Pablo II un modelo universal: “¡El Buen Samaritano es la Iglesia! ¡El Buen Samaritano es cada uno de nosotros! ¡Por vocación! ¡Por deber! ¡El Buen Samaritano vive la caridad”31.

De todos modos, es preciso reconocer que la más profunda e iluminadora síntesis de la enseñanza del Papa Juan Pablo II sobre este tema sigue siendo indudablemente la que expone en su Carta Apostólica Salvifici doloris sobre el significado cristiano del sufrimiento humano (11 feb. 1984), donde el séptimo y último capítulo están dedicados precisamente a la figura del buen Samaritano (nn. 28-30). En este documento, el Buen Samaritano ya no es Cristo sino el hombre tocado por la gracia de la redención, que se ha convertido en testigo fiel del Evangelio e imitador de Cristo, icono vivo de la misericordia de Dios.

Luego de haber tratado el gran problema del sufrimiento humano colocándolo en un marco general más amplio, es decir, la experiencia del misterio del mal con los innumerables interrogantes que plantea, el Santo Padre expone la respuesta de Cristo que es la superación del sufrimiento a través del amor confiriéndole sentido y finalidad: difundir el amor en el hombre (n. 29 y 30).

Fuerte de estas reflexiones, el Santo Padre expone las características del Buen Samaritano con los siguientes términos:

“Buen Samaritano es todo hombre, que pasa junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea; es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno; el hombre que “se conmueve” ante la desgracia del prójimo; en definitiva, es aquel que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea” (n. 28).

Haciendo la suma, Juan Pablo II podía indicar de inmediato la conducta coherente con dicha enseñanza: Buen Samaritano es el hombre capaz de donar a sí mismo, capaz de estar cotidianamente en la arena del sufrimiento humano.

En el curso de la su historia, la Iglesia siguiendo las huellas y en el nombre de Cristo su Fundador y guía, ha sabido traducir en el mundo de la salud la recomendación final de la narración de Lucas: “Vete, y haz tú lo mismo”, llegando oportunamente a crear formas organizadas e institucionales duraderas de su intervención (n. 29). En conclusión, Buen Samaritano es el verdadero imitador de Cristo, el cual “ha enseñado al hombre a hacer el bien con el sufrimiento y a hacer el bien al que sufre” (n.30).

En palabras pobres, el buen servicio al hombre que sufre, en el nombre de Jesús, es una particular, elevada y significativa expresión de la misericordia de Dios que nunca deja de escuchar la voz suplicante del hombre atenazado por el dolor y por el sufrimiento (Sal 69,30; 70,6).

Testigos del  amor: Vete y haz tú hoy lo mismo

La parábola del Buen Samaritano debemos narrarla hoy nosotros mismos con nuestra vida y en los lugares de sufrimiento, en nuestro trabajo, en nuestra misión, particularmente si ella se dirige a la hospitalidad. Debemos narrarla con el mismo entusiasmo, fantasía, creatividad, fe y caridad como lo ejercieron nuestros fundadores y muchos de nuestros cohermanos y cohermanas, y muchos laicos.

Jesús nos ha dejado un testamento:  los pobres, los necesitados,  los enfermos. Nosotros somos hoy los responsables de esta herencia. Responsables no sólo de los enfermos y necesitados que vienen a nosotros, a nuestras estructuras; somos responsables de todos: de los drogadictos, de los enfermos de SIDA, de cáncer, de los hombres sin techo, de los hambrientos, de los niños y mujeres explotados, de los enfermos que pasan por los hospitales, de los que están en casa. Todos ellos esperan paráclitos, respuestas concretas al grito, a la necesidad. Nuestro mundo tiene necesidad de samaritanos: tiene necesidad de nuestro Juan de Dios, de nuestro Camilo de Lelis, de Vicente de Paúl, de Teresa de Calcuta, y de muchos nuevos fundadores y fundadoras, valientes, enamorados del hombre; tiene necesidad nuestro mundo de muchos paráclitos que respondan al grito, que acojan, protejan, den ánimo  (Cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pág. 239-240).

Sí, la historia está sembrada, bajo el ejemplo de Jesús, de buenos samaritanos – ayer – hoy – y los tendrá mañana. Pero hoy es más urgente tener estos modelos, porque son muchos los salteadores, los sacerdotes y levitas, los acólitos que pasan distraídos,  sin alma, sin sensibilidad, pasan cerca, pero  pasan con indiferencia.

Nuestros fundadores y fundadoras son una inyección de valentía para todos nosotros. Ánimo para descubrir nuestro nombre en la parábola de Lucas: ¿se llama sacerdote, se llama levita nuestro nombre? ¿Se llama samaritano, buen samaritano porque nos detenemos, porque nos conmovemos, porque curamos las heridas?

El Samaritano no se contenta con ver, es interpelado y acepta la provocación de la improvisación, el proprio auxilio, la espontaneidad; sí, tiene escasa habilidad, falta de preparación, pero tiene un gran corazón, espacioso, capaz de acogida, de hacer gestos – al improviso – no repetidos, preparados, fríos. “Tuvo compasión”; se le mueven las entrañas, el corazón lleno que no tiene miedo de amar. Un amor que no se detiene en el hacer, sino que es presencia, mirada, escucha, tono de la voz, modo de curar. “Vete y haz tú lo mismo”, es el empuje de la parábola.

Nosotros estamos invitados a hacer lo mismo, lo que hizo el buen Samaritano: detenernos, tener tiempo, disponibilidad, compasión, entrega y amor. El amor por los pobres es lo que en la Iglesia habla mejor de Dios. Dios es amor. La caridad es el camino en el que todos pueden encontrarse. El ejemplo del Samaritano vale para todos los hombres y religiones. En Somalia, el diálogo se hace con las obras, dice el obispo de Mogadiscio. “El ecumenismo de las obras”, dice  el Card. F. Angelini

“Apostar por la caridad”, fue el grito del Papa Juan Pablo II al final del Año 2000, al entregar el documento “Nuovo Millennio Ineunte”, con el que el Papa nos llamaba a una gran esperanza: a contemplar en la cruz el grito del amor, un rostro de resurrección, rostro de vida y por tanto a manifestarla como resucitados en la vida cotidiana, tanto en la familia, en la profesión, y para muchos de nosotros a través de la consagración religiosa al servicio de los enfermos y necesitados. Los que viven – vivimos – en el ámbito sanitario encontramos más que los demás estas bellas ocasiones para apostar por la caridad (n. 49-50), es decir, para hacer que nuestro amor sea laborioso. Es el pensamiento del Papa Benedicto XVI cuando afirma en “Deus caritas est” que la caridad debe ser eficaz, independiente de partidos e ideologías, profesional y que no es un medio para hacer proselitismo (nº. 31 ).

El icono de Jesús, Buen Samaritano, está siempre presente en la oración de la Iglesia. Así ora en la Eucaristía:

“Padre misericordioso, tu nos has donado a tu Hijo, Jesucristo. En Él nos has manifestado tu amor para con los pequeños y los pobres, por los enfermos y los excluidos. Él nunca se cerró a las necesidades y a los sufrimientos humanos. Con su vida y con su palabra anunció al mundo que tú eres Padre y te preocupas de todos tus hijos” (Cfr. Plegaria  Eucarística, V/c).

El estímulo al bien está siempre presente también en los santos; ellos han buscado el rostro de Dios a través del hombre, y han hecho experiencia. Lo ha dicho el Papa Benedicto XVI en el santuario del Rostro Santo en Manoppello (1º Setiembre 2006):

“Esta es la experiencia de los verdaderos amigos de Dios, los santos, que han reconocido y amado en los hermanos, especialmente los pobres y necesitados, el rostro de aquel Dios por largo tiempo contemplado con amor en la oración. Ellos son para nosotros animadores ejemplos por imitar…”.

Animación por tanto con su vida y también con expresiones, síntesis de su filosofía, espiritualidad y de su modo de hacer, lleno de caridad. He aquí algunos ejemplos:

  • “Camina  a través del hombre y alcanzarás a Dios” - dice S. Agustín
  • Aún S. Agustín – “Amando al prójimo purificamos los ojos del corazón para llegar a ver a Dios” (En Io. Ev. tra.17,8).
  • “La Iglesia tiene un corazón quemado por el amor. Sólo el amor mueve a la acción. Mi vocación es el amor.” – Santa Teresa del Niño Jesús;
  • San Juan de Dios decía: “Hermanos, haced el bien a vosotros mismos”;
  • San Vicente de Paúl: “Haced el bien; haced aún más: los enfermos son nuestros señores y nuestros dueños
  • “Más corazón entre las manos”, decía S. Camilo
  • “Sed caritativos porque donde no hay caridad no hay Dios, aunque es verdad que Dios está en todo lugar” - (S. Juan de Dios);
  • “Cuánta gloria tendremos en el cielo por cada enfermo que habremos acogido, limpiado, asistido” - (S. Benito Menni);
  • “Hijo mío - dice el Libro de Proverbios (3,27) - no niegues un favor  a    quien es debido si en tu mano está el hacérselo.”
  • “He tenido hambre, sed, estaba enfermo y me curasteis…”, nos lo recordará el Señor en el juicio final (Mt 25);
  • “Vete y haz tú lo mismo” (Lc10) es el mensaje de la parábola del Buen Samaritano que hoy se dirige a todos nosotros.

Y para que esto sea una realidad  hoy entre nosotros, terminemos con la oración de la Iglesia; dice en la Eucaristía:

“Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de     amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para  seguir esperando” (Plegaria eucarística V/b)

NOTAS
1 Denis BUZY, Les Paraboles, Beauchesne et ses Fils, Paris 1932, pp. 622-628; Joachim JEREMIAS, Le parabole di Gesù, Paidea, Brescia 19732, p. 246; François BOVON, L’Évangile selon Saint Luc 9,51-14,35, Labor et Fides, Genève 1996, pp.80-96.
2 Albert VANHOYE, “El Buen Samaritano (Lc 10,29-37). Hermenéutica bíblica de la parábola”, en Dolentium Hominum, 31 (1996/1),  p. 199.
3 Xavier LÉON-DUFOUR, “Prossimo”, en ID., Dizionario di teologia biblica,Marietti, Genova 19765, col 1016.
4 Ibid. ; CLEMENTE ALEJANDRINO, Quis dives, 28,2.
5 Michel GOURGUES, Le parabole di Luca. Dalla sorgente alla foce, LDC, Torino, p. 14.
6Albert VANHOYE, Loc. cit. p. 200.
7 Michel GOURGUES, op. cit,  p. 15.
8 Ibid., Op. cit. p. 16-18.
9Arland J. HULTREN, Le parabole di Gesù, Paidea, Brescia 2004, p. 104-113; Joachim JEREMIAS, Op. cit., p. 249.
10 “Al igual que el sacerdote y el levita, también el Samaritano estaba sujeto a la ley de Moisés (Núm 5,2; 19,11-13) referente al contacto con un cadáver y habría podido pasar también de frente”, Arland J. HUTGREN, op. cit., p. 109.110.
11 Michel GOURGUES, Le parabole di Luca, op. cit., p.20.
12Jules CAMBIER-Xavier-Léon DUFOUR, “Misericordia”, en X.-L. DUFOUR (cura), Dizionario di teologia biblica, Marietti, Genova, 1976, col. 699-705; Adalberto SISTI, Misericordia”, P. ROSSANO, G. RAVASI, A. GIRLANDA, Nuovo Dizionario di teologia biblica, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 1988, p. 978-984.
13Albert VANHOYE, “Il Buon Samaritano”, loc. cit., p. 202.
14IBID.
15 Marie-Léon RAMLOT-Jacques GUILLET, "Sofferenza", en Xavier-Léon DUFOUR, (cura), Dizionario di teologia biblica, op. cit., col. 1208-1210.
16 Gianfranco RAVASI, Fino a quando Signore? Un itinerario nel mistero della sofferenza e del dolore, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2002, pp. 35-63.
17 JUAN PABLO II, La Cuaresma es tiempo de verdad. Mensaje de Cuaresma 1981, Ciudad del Vaticano, 1981.
18 Prosper GRECH, Ermeneutica, Ed. Pontificio Instituto Bíblico, Roma 1991, p. 1.
19 Cf. Charles Harold DOOD, Le Parabole del Regno, Paidea, Brescia 19762, p. 15.
20 S. AGUSTÍN, Quaestiones evangeliorum, 11,19, citado en Alfons KEMMER, Le parabole di Gesù. Come leggerle, come comprenderle, Paidea, Brescia 1990, p.64-65. El autor observa que la intención de la parábola es totalmente otro: mostrar cuales sean la actitud justa y aquella equivocada para con el prójimo; Charles Harold DOOD, Le Parabole del Regno. p.15-16; François BOVON, L’Évangile selon Luc 9,51-1435, Labor et Fides, 1996, p. 80-96.
21 Cf CLEMENTE ALEJANDRINO, Quis dives, 27-29
22 Cf SEVERO DE ANTIOQUÍA, Homelie, 89 y passim.
23 François BOVON, L’Évangile selon Saint Luc 9,51-14,35, p. 91. Este autor presenta brevemente la historia de la recepción de la prábola (p. 91-95).
24 Charles H. DODD, Le Parabole del Regno, p. 15. Dodd afirma que ha sido mérito de Adolf Jùlicher en su libro Die Gleichnisreden Jesu  haber demostrado los límites de la interpretación alegórica (p. 17); Cf. François BOVON, op. cit., p. 95.
25  Jesús CONDE, “El sufrimiento y el significado de la vida”, en Dolentium Hominum, 31 (1996/1), p.129.
26 Jesús Alvarez GÓMEZ, “La asistencia a los enfermos en la historia de la Iglesia”, Dolentium Hominum, 31 (1996/1), p.45.
27 JUAN PABLO II, “Saludo a los peluqueros italianos”, 16 junio 1980, en Insegnamenti 1980, vol. III/1,  p. 1768-1769.
28 JUAN PABLO II, “A las religiones de la Diócesis de Roma”, 10 noviembre 1978, en Insegnamenti 1978, vol. I, p. 126-131.
29 JUAN PABLO II, “El espíritu del Buen Samaritano en la obra de Juan Pablo I”, Angelus  22 agosto 1980, en Insegnamenti 1980, vol. III/2, p. 431.
30 JUAN PABLO II, “A los alumnos de las Escuelas Centrales Antincendio”, 15 marzo 1980, en Insegnamenti 1980, vol. III/1, p. 554-555.
31 JUAN PABLO II, “La Cuaresma es un tiempo de verdad. Mensaje de cuaresma 1981”, en Insegnamenti 1981, Vol. IV/1, p. 595-597.
 
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