Experiencias con la muerte

Labor Hospitalaria nº 306 (2013)

También en los Tanatorios se pueden abrir puertas a la esperanza. Y cómo orar por los difuntos. Dos experiencias que nos pueden dar luz y ayudar en el día a día, tanto en los tanatorios como en los hospitales.

Abrir puertas a la esperanza en el Tanatorio.  Jesús García Herrero, capellán del Tanatorio M-30. Madrid

Hacerse presente

Desde la convicción profunda de que somos portadores, en vasos frágiles, de un tesoro valioso, no vamos a cumplir un ritual banal, sino a aportar un sentido a la muerte, una luz de esperanza prendida en la resurrección de Jesucristo. Pensar que la vida termina para siempre cuando morimos es tan aventurado como pensar que una semilla muere cuando se siembra en la tierra, o que un pájaro perece cuando desaparece por encima de la colina.

Nuestra presencia convencida implica también situarse “cerca” de la gente, ponerse en su lugar, compartir sus inquietudes y preguntas. Después del primer saludo de sintonía con los presentes en la sala, les animamos a acercarse en torno al cadáver junto al cristal que separa su ámbito, haciéndole el centro de nuestro encuentro. Con frecuencia se percibe una cierta resistencia a “mirar el rostro” del fallecido; prefieren quedarse con la imagen de cuando vivía. Merece la pena, con delicadeza, animarles a contemplar, una vez más, su rostro; todavía puede revelarles algún mensaje. En verdad su imagen, el color de sus ojos, la forma de sus manos, su tono de voz perviven en ellos y es preciso reconocer y agradecer esos dones. El cadáver es para los creyentes un “cuerpo de resurrección”.

También provoca una atención especial el dirigirse al difunto como “sujeto” de la despedida, no mero objeto sobre el que se habla, se reza. Conviene restablecer el diálogo interrumpido por la muerte, cruzando mensajes del difunto a los presentes, de los suyos al que se va.

La acogida al capellán que llega a la sala es muy diferenciada. Traspasada la puerta, con el primer saludo, enseguida se percibe el ambiente de presencia agradecida, de frialdad inicial y, en ocasiones de rechazo: “no necesitamos sus servicios”. Es preciso situarse con mucho respeto y explorar alguna posibilidad, a pesar del inicial rechazo. La simple pregunta: “el difunto ¿era creyente o practicante religioso?” ha facilitado la entrada. “ Sí, ella rezaba, iba a la iglesia; rece Ud. y dé su bendición”. El prejuicio previo del “rollo del cura” se derrite al percibir el tono de despedida cariñosa a su ser querido y expresan su sincero agradecimiento; incluso algunos de los que parecían distantes, llegan a incorporarse a la “Misa comunitaria” que se celebra después en el Oratorio.

Palabras para la vida

Ante la muerte nos quedamos en el dolor, la incertidumbre, las lágrimas, pero “sin palabras”. Brotan en nuestro interior muchas preguntas: ¿se va a acabar tanto como hemos vivido juntos?, ¿por qué le ha pasado esto si era buena persona?, ¿qué le espera tras la muerte?, ¿es éste el final definitivo o el inicio de otra vida más plena?

Si no encontramos palabras al sufrimiento, el corazón se nos bloquea. El ser humano, como Job, se atreve a formular preguntas buscando una respuesta. No es un simple ¡ay! perdido en el viento, sino una pregunta que espera una respuesta.

En esta sociedad descreída y desesperanzada, ¿quién tiene una palabra creíble ante el cadáver del ser querido al que se vela en la última despedida? De ahí la urgencia de atreverse a pronunciar una palabra respetuosa, delicada, en diálogo con el difunto y sus deudos, en referencia a Dios, confiándose a Él, que recoge los sentimientos, intuiciones, temores que aletean entre los presentes y pujan por ser expresados. El resultado puede ser la atención expectante, la conmoción, la identificación, la oración confiada, la gratitud profunda que se suscita entre los familiares. Al salir de la celebración en la Sala, uno de los hijos pedía: “déjeme, por favor, esos textos que ha dicho; reflejan lo que yo estoy sintiendo dentro ante la muerte de mi padre”.

Itinerario: posible de preguntas y respuestas que pueden vehicular el mensaje pascual, aun envuelto en el misterio, después de los primeros saludos de paz a los presentes.

1. Nombre…. ¿qué futuro te espera ahora?

Puede ser una primera pregunta dirigida al difunto que se queda sin pié en esta orilla. Como respuesta se pueden utilizar uno de estos textos u otros semejantes.

Te vas como un silencio de amigo

que se toca con manos muy suaves.

Te vas como una lágrima de agua clara

que se desliza lentamente por un pétalo de flor.

Te vas como una mariposa dorada

que traspasa las estrellas buscando la luz del sol.

Hay sorpresa tras la muerte:

Hace unas horas, cerraste los ojos por última vez;

pero volverán a abrírsete pronto, sin que tú lo hayas querido.

Tu primer instante será de incredulidad.

Mas los jardines de la luz pertenecen a aquellos que como tú

han vivido con desprendimiento.

2. ¿Te irás sólo?

Tus seres queridos te están acompañando hasta el último instante en este mundo nuestro, pero no pueden cruzar el umbral de la muerte, ¿te irás solo hacia el más allá?

Te dice Dios:

Nombre…

No temas, porque yo estoy contigo.

No te inquietes, pues yo soy tu Dios.

No te asustes, te he llamado por tu nombre

y tú eres mío/a.

Te llevo tatuado/a en las palmas de mis manos,

así sabrás que yo soy tu Señor

y no defraudo a los que esperan en mí. (Is 41,1 y ss)

3. ¿Cuál es tu destino?

Escuchamos las palabras que decía Jesús a sus amigos ante la inminencia de su muerte:

A donde yo voy, no podéis seguirme ahora. En la casa de mi Padre hay lugar para todos. Os dejo un encargo: que os améis como yo os he amado. No tengáis miedo. No os dejaré huérfanos. Me voy, pero volveré a estar con vosotros para siempre. (Jn 14,18)

Jesucristo resucitado, nuestro hermano mayor, sale a tu encuentro y te acompaña hasta la casa del Padre. Allí te acogen los seres queridos que te precedieron en la vida y te dicen: “Bienvenido/a, estás en casa”. Ese Padre se hace cargo de tu debilidad en la muerte, te va a despertar de este sueño profundo y te va a revestir de su vida inmortal, para que puedas vivir en su casa con los tuyos para siempre.

A vosotros os deja como regalo “el amor” que os ha tenido para que sigáis haciendo una piña entre vosotros y mantengáis vivo ese amor que os ha prodigado.

Os lega otro regalo: “la paz”. No deis vueltas: “podíamos haber hecho, debíamos....”. Os agradece los cuidados que le habéis procurado. El/ella se va en paz.

4. Oración

A ese Dios Padre, a cuyo regazo te confiamos, le pedimos que “su Reino sea un regalo ya para ti”: “Padre Nuestro que estás en el cielo...”

Te confiamos, también a la Virgen María, para que te acompañe en este tránsito de la muerte: “Dios te salve María....”.

Oremos. Acoge, Señor, a tu hijo/a cuyo nombre Tú tienes escrito en el “ libro de la vida”. Muéstrate con él/ella compasivo y misericordioso. Ofrécele la seguridad de tu casa, “donde ya no hay muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor”. Haz que repose en tu regazo y que sea, por siempre, feliz en tu Reino. Amén.

Resulta llamativa la fuerza con que los presentes se suelen incorporar al recitado del Padre nuestro y Ave María, oraciones que la mayoría aprendieron de pequeños y permanecen en la memoria como valiosa fórmula de súplica confiada.

5. Despedidas

Palabras de despedida de parte del difunto:

Queridos míos:

No hay nada que temer, la muerte es como un parto doloroso para un nuevo nacimiento. El único recuerdo que me llevo es el de los amores que dejo. A pesar de mi muerte seguiremos en contacto, me llevareis dentro como una constante presencia, acudiré cuando me llaméis. Seré vuestro ángel protector, no os aflijáis.

Palabras de despedida al difunto:

Expresadle también vuestros sentimientos de despedida. Cada uno de vosotros, desde el fondo de vuestro corazón, decidle un cariñoso adiós. Repasad vuestros mejores momentos junto a él/ella. Reconoced cuánto le debéis, os ha legado sus mejores tesoros. Cuánto de ella/él se ha sembrado en vosotros, dejad que en vuestra vida, vean la luz los frutos de esa sementera. Se os va, pero se os queda muy dentro, amasado/a en vuestra carne, en vuestra sangre, en lo que sois, en lo que vivís. Porque le/a amáis, no muere del todo; porque os ama, pertenecéis a su mundo inmortal.

Seguirás con nosotros

Tú que ahora subes los peldaños de la luz,

te quedarás en todas tus cosas, que seguirán latiendo sin ti.

Te quedarás en los adentros de los tuyos, como un eco

que nunca acaba de ceder a los ruidos del olvido.

Te quedarás en los ojos tristes de tus hijos, en la mirada

tierna de tu marido/ de tu mujer,

en el rumbo perdido de los que encontraron el calor,

el día en el que se reflejaron en tu mirada.

Quienes te conocieron, quienes te amaron, han abierto sucursales

en los cielos para tener derecho a una porción de tu recuerdo.

Queda en paz y que la gloria de Dios te sonría.

6. Bendición

En vuestro nombre y en el nombre de Dios, te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

N... os deja en el aire, mudo como un pañuelo de despedida, su último deseo: “Queridos míos, seguid viviendo”, y su testamento: “Perseverad en el amor, permaneced unidos para perpetuar su presencia entre vosotros y quedaos en paz.”

Como final, se les invita a la Eucaristía comunitaria que se suele celebrar en el Oratorio, donde se incorporan para pedir por su difunto. Esa celebración será el broche de oro que hará más sensible la integración de sus difuntos al misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Sirvan de testimonio agradecido estas palabras: “He quedado herido y desconcertado ante la muerte de mi esposa de 27 años. Después de participar en la despedida que ha dirigido en la sala, se me ha iluminado el futuro al que se incorpora ella: sube hacia Dios, acompañada por Jesucristo, acogida en la casa del Padre. Quedo reconfortado y repasaré estos textos”.

Propósito

Merece la pena caer en la cuenta del tesoro del que somos portadores, dejarnos tocar por la compasión y la necesidad de la familia de percibir un rayo de luz y de esperanza ante la noche de la muerte. Estamos llamados a ser mediación transparente de la presencia del Resucitado que actúa sobre el difunto y sobre sus deudos para infundir vida eterna.

Bibliografía
García Herrero J., Celebraciones en torno a los difuntos, PPC, Madrid 2010
Ginel A., En la hora de la muerte. Pastoral de la acogida y oración, Edit. CCS, Madrid 2008
Equipo Eucaristía, De vuelta a casa. Celebraciones de difuntos, Verbo Divino, Estella 2006

 

Y tras acompañar, orar por los difuntos. Hno. Ramón Martín,  Servicio de Atención Espiritual y Religiosa. Parc Sanitari Sant Joan de Déu. Sant Boi de Llobregat

Se me pide compartir mi propia experiencia en relación con la despedida cristiana de difuntos. Soy sacerdote, hermano de San Juan de Dios y, desde hace trece años Coordinador del Servicio de Atención Espiritual y Religiosa de dos hospitales de la Orden Hospitalaria: una década en la Fundación Instituto San José de Madrid y desde hace casi tres años en el Parc Sanitari Sant Joan de Deu de Sant Boi (Barcelona). Aunque mi tarea no se centra ni se reduce a la pastoral de difuntos, sí que me topo con mucha frecuencia con la realidad de la muerte y con la atención pastoral a los familiares de los fallecidos. Casi todos los años son más de quinientas las personas que fallecen en el hospital y con las que de una o de otra manera mi equipo y yo hemos entrado en contacto.

Al redactar esta experiencia estoy pensando más en mi trabajo en la Fundación Instituto San José, que cuenta con una importante unidad de cuidados paliativos y en la que yo he desarrollado la mayor parte de mi labor pastoral. Sin embargo, el centro en el que ahora me encuentro es un hospital general de zona, más centrado en procesos agudos y quirúrgicos. Otro importante ámbito asistencial de este centro se encuadra en la atención a la enfermedad mental, discapacidad intelectual y atención sociosanitaria, con aspectos mucho más residenciales.

La pastoral en torno a la muerte es tan importante y delicada que a mi modo de ver es muy difícil, por no decir imposible, que se consiga un trabajo pastoral completo con una sola intervención en cualquiera de los momentos secuenciales de enfermedad, muerte y duelo, por muy intensiva o bien preparada que haya sido dicha intervención. Esto nos urge a intentar hacernos presentes como agentes de pastoral o como equipo, a ser posible en la totalidad del proceso y además, a profundizar y celebrar cada momento del contacto con el enfermo o de la persona ya difunta y su familia como si de ello dependiera el resultado global de nuestra acción pastoral. Así tendremos la oportunidad de ir acompañando y preparando en el “antes” una adecuada despedida y una posibilidad de duelo anticipado, para poder estar cercanos de una manera significativa “en el momento” de la muerte, y brindarles “después” nuestro acompañamiento humano y espiritual. Ya sé que esto puede parecer un simple desideratum, algo ideal, pero aunque no sea factible en la mayoría de los casos sí que puede ir realizándose en el acompañamiento espiritual del paciente y su familia durante su estancia en el hospital o, mucho más aún, en una unidad de cuidados paliativos; o también en su propio domicilio cuando se trata de alguien cercano a la parroquia, o cuando se trata de un familiar o de alguien a quien nos une una buena amistad.

Para poder culminar una buena muerte uno de los momentos cruciales en la asistencia es la atención en la fase terminal. La agonía, el éxitus y los momentos posteriores quedan profundamente grabados a nivel emocional en los familiares más cercanos. El apoyo de algún miembro del equipo asistencial y la presencia del agente de pastoral, cuando es solicitada, que en nuestro centro suele darse con cierta frecuencia a sugerencia del personal asistencial, son aspectos decisivos para vivir de manera satisfactoria el cierre del proceso vital y para elaborar adecuadamente el duelo.

En la práctica, nuestro equipo valora como algo muy positivo, desde el punto de vista humano y creyente, el ofrecer la posibilidad de realizar una oración de despedida estando el difunto en el mismo lecho de muerte, antes de ser amortajado o llevado fuera de la habitación. Dejamos antes, como es natural, un tiempo adecuado a los familiares para que puedan desahogarse y despedirse, en la intimidad y a su manera, del familiar ya difunto. Los familiares suelen aceptar gustosamente esta oferta pastoral como algo que les brinda consuelo, confianza y sosiego, tras los momentos de ansiedad anteriormente vividos, y les da la sensación de estar haciendo algo bueno por su ser querido ya difunto: “rezar por él, encomendarlo a Dios y a la Virgen…” Procuramos que sea una oración cercana, personalizada, conectada con su vida y su paso por el centro. Combinamos el recuerdo concreto de esa persona y la vida que ha concluido, con la escucha de la Palabra de Dios y una oración de confianza (salmos, texto evangélico, preces…)

Cuando la familia decide velar al difunto en el tanatorio de nuestro hospital alguno de los miembros de nuestro equipo, ordinariamente el que lo ha acompañado más de cerca en el proceso de enfermedad y muerte, se hace presente para saludar a la familia, expresarles nuestra condolencia y brindarles la posibilidad de rezar una oración en la sala del tanatorio y en el momento que ellos juzguen más conveniente para congregar el mayor número de allegados. Llegado el momento, esta oración la suele realizar, si le es posible, el capellán, pero tambien la dirige alguno de los religiosos, religiosas o laicos, que pertenecen al equipo de pastoral utilizando los materiales comunes de los que disponemos. Además, casi siempre suele acudir a dicha oración algún miembro de la unidad asistencial en la que el paciente fue atendido. Lo importante es que la familia se sienta confortada y acompañada en estos momentos tan singulares por algunas de las personas que les atendieron durante la enfermedad de su ser querido.

La celebración de exequias debería de ser, a mi parecer, el acto central de una despedida cristiana, pero cada vez es menos demandada en el contexto de un tanatorio. En nuestro hospital lo desaconsejamos ya que no podemos convertir la eucaristía del centro en una interminable misa de difuntos, pues a diario mueren una o más personas. Sí que les nombramos en el memento de difuntos de la Plegaria Eucarística. Sugiero una buena práctica, que en mi experiencia pastoral funciona muy positivamente de cara a las familias, que consiste en celebrar periódicamente una eucaristía conjunta por los que han fallecido en el hospital. Nosotros lo hacemos mensualmente. Comunicamos el día y la hora previamente a las familias. Preparamos la Eucaristía y la celebramos en un espacio amplio del hospital y en un clima acogedor. Este acto, aparte de la dimensión de fe que entraña, aporta a las familias en duelo una magnífica oportunidad de encontrarse y condolerse con otras familias conocidas que tambien perdieron a su ser querido en un período de tiempo próximo y que coincidieron durante días y horas en los espacios comunes de la unidad durante la enfermedad. Algunas de ellas suelen aprovechar la temida vuelta al hospital para ir a saludar al equipo que atendió a su ser querido y expresarle así su agradecimiento. Asimismo, hemos pensado como algo muy apropiado el recordar en esa misma celebración a los familiares de los trabajadores que tambien han fallecido en un tiempo cercano, previo aviso a los interesados y al personal de los equipos. Es algo que los trabajadores y sus familias agradecen como un gesto humano y creyente de gran significado.

Cuando la muerte de un paciente se da en un contexto residencial, como ocurre en el marco en el que ahora me encuentro, donde las personas han convivido varios años en la misma unidad, es un momento muy apropiado para el acompañamiento al grupo y para la organización de algún acto conjunto. En nuestro caso, al tener muy próximo el cementerio municipal, cuando fallece un residente, en el momento de la celebración de las exequias se desplazan algunos de sus compañeros más cercanos con personal asistencial, voluntarios y familiares, si los hay. Antes de depositar los restos en el nicho correspondiente hacemos una oración adaptada a los presentes. Es sorprendente la capacidad de implicación con que viven estos momentos muchos de los residentes, especialmente los discapacitados mentales adultos y los de larga estancia psiquiátrica. Asimismo, pasado algún tiempo y de acuerdo con el equipo de la unidad a la que pertenecía el difunto, un miembro laico del equipo coordina una actividad grupal que denominamos de elaboración del duelo, donde participan la mayoría de los residentes y donde se combina la oración y los comentarios sobre la persona y la vida del compañero difunto. Acto que preside una foto ampliada del mismo, junto con unas flores, un cirio encendido y un sencillo repertorio musical.

Quiero insistir ahora en la necesidad de una adecuada información sobre el difunto antes de presidir una celebración eucarística o una oración de despedida, para evitar posibles intervenciones anodinas, y que en algún caso pueden sonar a casi ofensivas, dada la hipersensibilidad de la familia en esos momentos. Ayuda también para personalizar al máximo e iluminar a la asamblea con la Palabra de Dios. Al llegar a este punto siempre recuerdo con dolor la triste y descarnada confesión de una joven médico de mi centro que me decía: “Nunca he creído en la iglesia ni en los curas, pero desde que cuando despedimos a mi madre el capellán del tanatorio no acertó ni una sola vez su nombre en las distintas ocasiones que intentó nombrarla durante la misa, ahora sí que los proscribo definitivamente. No sabes el mal que pudo hacerme ese hombre”.

Para poder celebrar de la mejor manera todo lo que he compartido como experiencia personal he creído conveniente confeccionarme mi propio ritual de despedida de difuntos. En el “Ritual de exequias” oficial no encuentro lo que yo y muchos otros agentes de pastoral necesitamos para realizar una despedida humana y cercana, por muchas propuestas y variaciones que se sugieran en tan abultado texto. Con el tiempo yo mismo he ido preparando un abundante y variado material que guardo en lo que denomino “Celebración cristiana de la muerte” y que he ofrecido a muchos otros sacerdotes en encuentros de pastoral. He recogido en distintos apartados los textos de todo tipo que he creído más adecuados y sugerentes para iluminar este especial momento desde el punto de vista creyente y contextualizado. He ido recopilando algunos saludos iniciales con un toque humano-cristiano y seleccionando los pasajes evangélicos más adecuados para este momento, los salmos de confianza más apropiados, varios esquemas de preces y oraciones, cánticos populares y una serie de aportaciones poéticas o testimonios de gran profundidad humana que pueden iluminar estos momentos tan oscuros para familiares y amigos, y tan provocadores para muchos cristianos o simples asistentes anodinos que participan en la despedida.

Confieso con sencillez que he recibido en muchas ocasiones palabras de agradecimiento o de simple reconocimiento al acabar alguna de estas oraciones de despedida o celebraciones eucarísticas. Estoy convencido de que en estos momentos más que nunca, los más afectados y los asistentes ocasionales tienen que percibir en el celebrante más gestos de humanidad y de vivencia creyente que simples ritos u oraciones repetitivas, que pueden recordarles actitudes funcionariales, negativamente vividas de su pasado personal. Una acción pastoral bien realizada y participada va a facilitar sin duda a los más afectados la transición de los ritos exequias y la despedida de su ser querido a la vida de todos los días, en donde se experimenta y completa un buen proceso de duelo.

Bibliografía
Alvarez F. y Bermejo JC., Orar en el duelo, DDB, Bilbao 2012
La celebración de las exequias, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1993