La espiritualidad no es un valor etéreo

Información y Noticias, n. 241 (2015)
Autoría

El interés por la espiritualidad como herramienta, pero también como aquella parte esencial de la persona que puede ser herida y que, en consecuencia, necesita ser curada, ha llegado a nuestro sistema de salud y ha llegado para quedarse.

A la mañana siguiente, después de la realización de un taller sobre Espiritualidad en el ámbito clínico, una compañera del hospital de Palma confesaba que había pasado una noche inquieta y añadía: “¡…es que yo no sabía que tenía de eso!”. Esta reacción espontánea, entre simpática e inocente, puede muy bien ilustrar cual es la percepción que tienen nuestros pacientes, nuestros albergados y también nuestros profesionales cuando son capaces de trasladar la idea etérea y trascendente de lo que supone la Espiritualidad al terreno palpable de lo concreto.

Y es que la dimensión espiritual de la persona, como afirma Ken Wilber en su ensayo “El ojo del Espíritu” (1998), la estamos viendo, constatándola en un ejercicio permanente e inconsciente, a cada momento de nuestro día a día. La amistad, el sentido de la justicia, la honradez, el deseo innato de permanecer o el amor, son sólo algunas de las imágenes que procesamos continuamente y que se corresponden a la dimensión espiritual del ser humano. Dimensión que ya hoy la ciencia médica contempla en el mismo estadio de categoría, consideración e importancia que las dimensiones física, psíquica, social y emocional que conforman la totalidad del individuo.

A título ilustrativo, merece la pena recordar que a día de hoy la apelación, por ejemplo, al “sufrimiento espiritual” corresponde a un diagnóstico cierto, perfectamente estudiado y definido que se encuentra presente como categoría estandarizada en todas las herramientas de diagnóstico enfermero con las que trabajamos en los sistemas de salud del mundo occidental. En este sentido, cabe citar la resolución que el comité de expertos sobre el Cáncer y los Cuidados Paliativos de la Organización Mundial de la Salud (WHO. Cancer Pain Relieve and Palliative Care, Report of a WHO Expert Comity. Technical  Report Series 804. Geneva, WHO, 1990) en la cual define las necesidades espirituales en el ámbito clínico como:”Aquellos aspectos de la vida humana que tienen que ver con experiencias que trascienden los fenómenos sensoriales. No es lo mismo que religioso, aunque para muchos la dimensión espiritual incluye un componente religioso; se percibe vinculado con el significado y el propósito y, al final de la vida con la necesidad de perdón, reconciliación o afirmación de los valores”.

Así pues, el interés por la espiritualidad como herramienta, pero también como aquella parte esencial de la persona que puede ser herida y que, en consecuencia, necesita ser curada, ha llegado a nuestro sistema de salud y ha llegado para quedarse.

Esta visión, concreta y tangible de la espiritualidad que va abriéndose paso cuando se trata de atender y acompañar de manera interdisciplinar a la persona que sufre, configura y vertebra nuestros Servicios de Atención Espiritual y religiosa (SAER) como herramientas modernas e incontestables al servicio de la tan renombrada “atención integral del paciente” que coloca la dimensión espiritual como verdadero motor existencial de la persona, donde se reúnen las experiencias ya vividas, las creencias y los valores, las dudas y certezas más íntimas y, especialmente, la capacidad de encontrar sentido y esperanza en medio del caos que supone la enfermedad en ella misma, los avatares de una grave situación social o, incluso, la cercanía de la muerte. 

Merece la pena señalar en este momento, tal y como apunta la OMS en la citada resolución, que la religiosidad, si bien pertenece al ámbito de la espiritualidad, no agota el significado de ésta sino que tan solo se corresponde a una manifestación más de la misma. El sentido de trascendente, presente en todas las personas sin excepción, puede perfectamente expresarse en conexión con un ser supremo o una divinidad, pero no siempre es así. El arte, la naturaleza o la propia escala de creencias y valores entre los cuales se encuentran el sentido de la justicia, la amistad o el amor, son igualmente manifestaciones trascendentes que lanzan a la persona más allá de ella misma, de su corporalidad, y que pueden dar sentido a una vida. Sentido que queda tocado, herido, ante la experiencia del dolor y el sufrimiento, cualquiera que sea su origen, y que debe ser igualmente considerado y tratado en el plan terapéutico que el sistema de salud va a proponer al paciente, o en el itinerario de reinserción social que pretendemos acompañar.

La Atención Espiritual, pues, ya no puede ser objeto de la buena voluntad o de la más o menos empática relación que podamos establecer de manera voluntaria e intuitiva. La Atención Espiritual necesita de formación, de herramientas concretas que se desarrollan en el marco de la Escucha Activa y la Presencia Compasiva, en colaboración con el resto del equipo asistencial o social, definiendo objetivos y procesos de valoración en cada caso. Necesita, en definitiva, de profesionales preparados académicamente en competencias como son la antropología, la sociología, la psicología y la teología, que les permitan desarrollar herramientas apropiadas para su cometido.

La convocatoria por parte de la Provincia, en este sentido, del Postgrado Humanización y Atención Espiritual en Sociedades Plurales que se impartirá a lo largo del 2015 en el Campus Docent Sant Joan de Déu de Esplugues, en convenio con la Universitat de Barcelona, pone de relieve la apuesta clara que la Orden Hospitalaria realiza y que responde a esa vocación de excelencia que se encuentra en su propio ADN y que llena de sentido la tan celebrada frase de San Juan de Dios: “hacer el bien, bien hecho”.

IN n. 241 (enero-febrero 2015)