Espiritualidad y cuidado en el contexto de la familia

Labor Hospitalaria n.322 (2018)
Autoría

David Lorenzo,
Campus Docent Sant Joan de Déu. Barcelona.

Este artículo pretende abordar la espiritualidad en el contexto del cuidado dentro de la familia. La espiritualidad en el contexto del cuidado presenta unas características particulares. Dichas características resultan aun más especiales cuando ese cuidado tiene como marco la familia. Cuando un miembro de una familia cuida a otro miembro, la espiritualidad de la persona se muestra de un modo especial, tanto si esta persona es la cuidadora como si es la cuidada. Esa relación de cuidado es una relación propicia para el crecimiento en virtudes (paciencia, generosidad, compasión…), cualidades a través de las que el espíritu humano desarrolla sus potencialidades.

Espiritualidad, familia y cuidado

Este artículo pretende abordar la espiritualidad en el contexto del cuidado dentro de la familia. La espiritualidad en el contexto del cuidado reviste unas características especiales, pero estas resultan aun más particulares cuando ese cuidado tiene como marco la familia. Cuando un miembro de una familia cuida a otro miembro, la espiritualidad de la persona vive una experiencia especial, tanto si esta persona es la cuidadora como si es la cuidada.

Para tratar correctamente el tema de este trabajo, conviene, primeramente, analizar brevemente los tres conceptos fundamentales en los que este se basa: espiritualidad, cuidado y familia.

En la tradición filosófica clásica, la espiritualidad designa una cualidad del alma humana. El alma humana, a diferencia del alma de otros seres (para Aristóteles, las plantas y los animales tienen alma, pues tienen vida), es espiritual. Eso implica que, con respecto al cuerpo, es subsistente y trascendente, es decir, su existencia no depende del cuerpo y, aunque exista ‘con’ o ‘en’ el cuerpo, lo transciende, va ‘más allá de’ él (Verneaux, 1998).

Con respecto a la familia, conviene recordar que es el marco natural en el que el individuo viene a la existencia y en el que se desarrollan las bases de su personalidad. El andamiaje cognitivo, psicológico y emocional del individuo depende de la relación de este con su familia, especialmente de los primeros 3-4 años de esa relación.

La familia es la ‘mediadora’ entre el individuo y la sociedad. La persona no se relaciona directa e instantáneamente con la sociedad en la que vive, sino que el contacto con ella, al menos al principio de su vida, se establece ‘a través de’ la familia. En la familia, el individuo aprende los conceptos y las prácticas para afrontar la vida y el desarrollo de la propia autonomía y, a la vez, las habilidades para relacionarse y participar en la vida de la sociedad.

Ese aprendizaje tiene tres características fundamentales. La primera es que es totalmente individual, en el sentido de que el individuo es educado o aprende conceptos o hábitos en función de sus características propias, que son diferentes de las de otros miembros de la familia. La segunda es que se basa, sobre todo, en la imitación, en la ‘mímesis’, no tanto en enseñanzas teóricas basadas en la transmisión língüística de ideas. La imitiación implica que otra persona es, en cierto sentido, ‘modelo’, alguien que encarna aquello que el individuo va a aprender. La tercera es que el marco de ese aprendizaje son los lazos afectivos, el amor. Se puede decir que la capacidad educadora de la familia procede, en gran parte, de los lazos afectivos. El aprendizaje en la familia es significativo y efectivo por los lazos afectivos que unen a sus miembros, mientras que no es así –o no necesariamente- en otros contextos (escuela, barrio, etc.).

Con respecto al cuidado, creemos que, para situar el concepto, puede ser ilustrativa la siguiente definición: “acto (o conjunto de actos) de asistencia, de apoyo o facilitación hacia otro individuo, o grupo, con necesidades evidentes o anticipadas, para mejorar su condición humana o su modo de vida” (Torralba, 2005: 25). En esta definición, conviene destacar el concepto de ‘necesidad’. Una necesidad es una carencia y, por ello, es un concepto –una realidad- que se relaciona estrechamente con la vulnerabilidad. El cuidado, en cierto sentido, se puede considerar –creemos-, como una respuesta a la vulnerabilidad.

Según el pensador A. MacIntyre, el ser humano es un ser esencialmente vulnerable, es decir, puede sufrir daño, tanto a nivel físico como espiritual (intelectual, moral) (MacIntyre, 2001). En el nivel físico (corporal), la persona es un ser débil, expuesto siempre al peligro, al daño. La respuesta a esa vulnerabilidad es el cuidado, que puede dirigirse a la protección (evitar que ocurra un daño) o al restablecimiento de la integridad (si un daño ya ha ocurrido). En el nivel espiritual (intelectual, moral), el ser humano puede también sufrir daño: puede equivocarse, puede verse afectado por peligros externos, etc. Por ello, el ámbito espiritual es también objeto de cuidado.

La vulnerabilidad, pues, es la condición de posibilidad del cuidado: no existiría el cuidado si no existiera la vulnerabilidad. Si el ser humano no fuera vulnerable (si no sufriese, si no tuviese dolor, si no muriese, etc.), no requeriría cuidado. Pero, a la vez, la vulnerabilidad es también límite: la persona que cuida, como es también un ser humano, es vulnerable, es decir, limitado, y puede también requerir cuidado (Torralba, 2005).

Según Torralba, el cuidar aparece en las actividades más hondas y propias del ser humano: los padres cuidan de sus hijos, el político de la ciudad y sus ciudadanos, etc. El cuidar puede dirigirse a múltiples realidades (vivas e inertes: un jardín, un coche, etc.), pero adquiere su sentido más profundo en realidades vivas, y, en concreto, en el ser humano. Cuidar es, esencialmente, un acto antropológico, constitutivo de la naturaleza humana, aunque pueda convertirse también en un acto profesional (Torralba, 2005).

 

Cuidado y espiritualidad: el crecimiento en virtudes

Hasta aquí hemos descrito sucintamente los tres conceptos fundamentales del tema que nos ocupa: espiritualidad, familia y cuidado. Es posible ahora reflexionar sobre cómo se vive o cómo se experimenta el fenómeno de la espiritualidad cuando un miembro de la familia cuida de otro (un padre de un hijo, una hija de una madre, un cónyuge de otro…).

En su artículo “La salud en las culturas”, Bouché afirma que “la enfermedad, lo mismo que el nacimiento y la muerte, es ante todo un suceso social impuesto por la condición biológica del hombre” (Bouché, 2001: 61). La antropología de la salud ha reflexionado ampliamente sobre la vertiente social de la enfermedad. Pero queremos ahora destacar un factor que, si bien obvio, pasa en ocasiones desapercibido y es relevante para el tema que nos ocupa: si la enfermedad es un hecho o suceso social, es también –y primariamente- un hecho familiar, pues la familia, como hemos comentado, es el primer y más cercano núcleo relacional e interpersonal del individuo.

Por ello, la primera respuesta o atención a la enfermedad suele darse en el ámbito familiar. También por ello, el cuidado informal (e invisible en muchas ocasiones) que precede y que sigue al cuidado formal o profesional (el de un ingreso hospitalario, por ejemplo) se desarrolla en el marco familiar. En el ámbito de la salud, como en otros ámbitos de la vida, la familia es la primera ‘escuela’, la primera fuente de modelos y de hábitos.

Como se ha dicho, una nota esencial de la espiritualidad es la trascendencia. Gracias a su naturaleza espiritual, el ser humano puede realizar acciones trascendentes, es decir, acciones que van ‘más allá’ de su corporalidad y del mundo que le rodea. La inteligencia y la voluntad son las dos facultades propias del ser humano y permiten a este entender (con su inteligencia) y amar (con su voluntad) lo que le rodea. Son las dos facultades que le hacen capaz de acciones trascendentes.

Conviene señalar en este punto que el espíritu –sus facultades- es una realidad dinámica, es decir, no es estática, se desarrolla, es abierta. Así como el cuerpo se desarrolla a través del ejercicio y del movimiento, el espíritu desarrolla sus capacidades en el ejercicio de las dos facultades que hemos comentado (inteligencia y voluntad). Las cualidades que desarrollan dichas facultades reciben tradicionalmente el nombre de ‘virtudes’, cualidades o hábitos buenos de carácter. La voluntad humana puede querer o amar múltiples realidades de múltiples maneras (en mayor o menor grado e intensidad). En función de qué ame y cómo ame, el individuo desarrollará más o menos virtudes, y en un grado mayor o menor.

Las relaciones humanas, y especialmente las relaciones familiares, son para el individuo el marco natural de crecimiento en virtudes, es decir, de crecimiento espiritual. Dentro de las relaciones familiares, las relaciones de cuidado son o pueden ser un ámbito de especial crecimiento espiritual ya que en ellas concurren y se ‘tocan’ realidades fundamentales para el ser humano, realidades profundamente humanas que influyen en la esencia de la personalidad del individuo: vulnerabilidad, dolor, lazos afectivos (amor), etc.

La familia es un ámbito natural de amor y, por ello, un ámbito natural de crecimiento en virtudes, de crecimiento espiritual. En ella, el individuo es amado por quién es, no por qué hace o por los méritos que pueda realizar (aunque estos factores puedan influir). Estas características de la familia se potencian cuando uno de sus miembros cuida a otro, cuida de otro.

La vulnerabilidad de un miembro de la familia, especialmente si es grave o duradera, requiere una respuesta proporcional a la necesidad existente, es decir, un cuidado que se sitúe en un nivel suficiente como para restaurar la salud, evitar su empeoramiento o, al menos, ofrecer unas condiciones de vida dignas ante un daño incurable. Esa respuesta, en circunstancias habituales, proviene de otro miembro de la familia y convierte a este en ‘cuidador’ (o le hace cuidador de una manera más intensa). Ese rol exige a la persona un proceso –por decirlo así- de ‘mayor’ trascendencia, un proceso en el que sus facultades se centran más que antes en la atención a la vulnerabilidad del otro, proceso en el que la persona crece en virtudes (compasión, paciencia, generosidad, etc.)

A la vez, y en función, por supuesto, de la edad y las circunstancias, la situación de vulnerabilidad y de cuidado puede ser una situación en la que también la espiritualidad de la persona cuidada se desarrolle. La enfermedad, especialmente si es importante, altera radicalmente la vida de una persona, alteración que, por la unidad de la persona, afecta a todos los ámbitos de su existencia, también el espiritual. De hecho, la experiencia de la enfermedad y de recibir cuidado, en muchas ocasiones, activa resortes o capacidades espirituales del individuo, fortaleciendo o desarrollando virtudes como la paciencia, la confianza, la humildad, etc.

En su libro Antropología del cuidar, afirma Torralba que el cuidado es humanizador: cuidar hace más humano al que es cuidado y, a la vez, al que cuida. Esa capacidad humanizadora se muestra de modo más patente en el cuidado familiar a causa de los lazos afectivos y de la naturaleza de la institución familiar. El desarrollo en virtudes que se abre como posibilidad cuando, por una enfermedad, se hace patente en el seno de una familia la vulnerabilidad es precisamente desarrollo espiritual, desarrollo de lo más genuinamente humano.

Por eso puede decirse del cuidado que es “ayudar a ser” (Torralba, 2005). Hemos comentado al principio que el aprendizaje o educación que el individuo recibe en su familia es siempre ‘personal’, es decir, no homogénea, adaptada a las necesidades y circunstancias de cada miembro. El acto de cuidar tiene esa mismas características pero aplicadas a la respuesta ante la vulnerabilidad del miembro de la familia enfermo. Cuidar de alguien no es estar-con sino ser-con: ambas personas (la cuidadora y la cuidada) desarrollan su ser (su espíritu, su personalidad) en la relación de cuidado.

El cuidado se puede definir, por ello, como un ‘diálogo de presencias’ (expresión que tomamos de Torralba). Es, ciertamente, un diálogo, pero no tiene como canal las palabras sino la presencia. Y la presencia –creemos- no es meramente un hecho físico (estar físicamente al lado de la persona vulnerable) sino un hecho global, antropológico o –para ser más precisos- espiritual. La persona toda del cuidador interviene en el acto de cuidar porque es una relación de presencias, más cuando la persona cuidada es un familiar. Esas dos presencias devienen una unidad. Esa unión que se produce entre cuidador y cuidado es espiritual porque, en esa relación, cada uno trasciende su ser y se une al ser del otro. No es –no podría ser- tan sólo una unión física.

 

Conclusión

El cuidado es un acto genuinamente humano que adquiere rasgos especiales cuando se da en el contexto de la familia, cuando una persona cuida a otra con quien le unen lazos familiares. En esa relación, cada persona (tanto la cuidadora y como la cuidada) trascienden su propio ser para encontrarse con la otra, algo que es posible gracias a la espiritualidad de la naturaleza humana. En ese encuentro, el espíritu de esas dos personas se despliega y desarrolla sus potencialidades gracias al crecimiento en virtudes (paciencia, generosidad, compasión, etc.).

 

BIBLIOGRAFIA

BOUCHÉ, H. (2001), “La salud en las culturas”, Educación XX1, vol. 4, pp. 61-90.

MACINTYRE, A. (2001), Animales racionales y dependientes, Paidós, Barcelona.

TORRALBA, F. (2005), Antropología del cuidar, Fundación Mapfre–Instituto Borja de Bioética, Barcelona.

VERNEAUX, R. (1998), Filosofía del hombre, Herder, Barcelona.