Un silencio sordo en un entorno de cuidados urgentes

Esperanza Díez
Esperanza es una enfermera experta: 35 años de profesional no es poco. El 17A tenía la responsabilidad de la gestión en el CUAP Pere Camps, el más cercano al lugar del atentado. A las tres de la tarde acabó su turno de trabajo y, ya en casa, alrededor de las cinco, ve la primera información referente al atentado. Le suena el móvil. Del Hospital del Mar le indican que se dirija al CUAP (Centro de Urgencia de Atención Primaria).

"La primera visión de la sala de espera, llenísima de gente, fué impactante. Nunca habíamos tenido una sala de espera así: gente sangrando, heridas en la cara, en la cabeza, gente con cabestrillos improvisados, sentada en el suelo… Ya no teníamos sillas. Era una sala de espera como nunca, caótica", explica Esperanza.

"No hacía falta hablar, ellos se dejaban hacer, nadie se quejaba, estaban como… chocados, impactados, como… eso, impactados y nosotras también. A pesar de toda nuestra experiencia y nuestra profesionalidad, estábamos impactados. Todo eran cuidados, gestos, poco diálogo, algo de francés e inglés… No podíamos entretenernos a conversar, estábamos allí trabajando, trabajando…”, describe. 

"Todos los enfermos que íbamos recibiendo los atendimos, los estabilizamos, les hicimos radiografías y, si eran fracturas quirúrgicas o heridas de consideración, traumatismos craneales o poli-fracturas, lo derivábamos al Hospital del Mar”, sigue relatando. 

"Se vivió la complicidad y la implicación profesional. La mirada mostraba nuestra solidaridad y el acompañamiento en el cuidado. Esta interacción fue lo más importante, la relación de ayuda, sobre todo cuando percibes la vulnerabilidad del otro”.

"Ver que es una situación grave, urgente, rápida, y poder aliviar a la gente, aliviarle el dolor, el curar físico y el curar psíquico en ese momento... A pesar del poco diálogo, aunque no hacía falta, había una comprensión, unas miradas, una profundidad, lágrimas incluso", añade.

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