Ser misionero ha sido mi verdadera ilusión y vocación"

Hablamos con el Hno. Gregorio Martín, natural de Lillo (Toledo) y ahora en la residencia de Hermanos Mayores de Zaragoza, pero con una fuerte vocación misionera. Con 90 años aún piensa en volver a África para poder morir allí.  Una vida de entrega enfermera y misionera a los demás que se puede resumir en una palabra: felicidad.

¿Cuándo despierta su vocación para ser Hermano de San Juan de Dios?
Desde siempre me sentí inclinado a ayudar; tendría yo unos 12 o 14 años cuando un anciano, vecino mío, que bebía y cuando se emborrachaba me gustaba acompañarle a su casa, me sentía satisfecho, aunque su mujer le reprimía y le gritaba.

Tenía un primo de mi abuelo que era carmelita, y yo como había dicho que me gustaría ser fraile, me llevaron a visitarlo, pero no me gustó. Me había llegado una estampita en blanco y negro donde ponía “si quieres ser perfecto, véndelo todo y dáselo a los pobres” con la dirección de San Juan de Dios de Barcelona, hablé con el párroco para aclarar las dudas que tenía y él mismo escribió directamente al Provincial. Y me admitieron. Salí de casa con 18 años. A mi familia no le hizo mucha gracia pues era hijo único y mi padre, que tenía una carpintería, tenía su ilusión puesta en mí, pero yo quería ser religioso y me fui a Sant Boi, donde había mucha pobreza y mucha miseria y me sentí feliz, feliz, feliz hasta el día de hoy.

¿Qué circunstancias se daban entonces para que los jóvenes eligieran esta forma de vida, a diferencia de lo que ocurre hoy?
La verdad no lo sé, en mi pueblo éramos 6 o 7 amigos que nos juntábamos el domingo, íbamos a misa, tampoco había otra cosa, y después dábamos un paseo por el pueblo y algunos domingos, escuchábamos partidos de futbol en la radio. Íbamos a casa de alguno que tenía radio, poníamos unas pesetas y merendábamos para dar un poco de ambiente.

Yo era catequista porque me siempre me sentí atraído por la fe, por las tardes después de clases o de ayudar en el taller, visitaba la iglesia. No tenía otra cosa, también visitaba el convento de monjas reparadoras del pueblo.

Creo que hoy en día se ha perdido el ambiente religioso, con la televisión y otros medios se ha perdido mucho.

¿Qué es lo que le lleva a África?
Pues una vez que profesé, que hice los votos, seguí estudiando para ser enfermero en Sant Boi. A mi África siempre me atrajo, en casa teníamos la revista del padre Damián de Molokai, que trabajaba con leprosos.

Entonces salió elegido Superior Provincial, el Hno. Ciriaco Nuin, que abrió la primera casa en África, concretamente en Sierra Leona. Él escribió una carta a todos los Hermanos pidiendo que, si nos sentíamos vocacionados para ir a África, le escribiéramos una petición con los motivos por los que queríamos ir. Yo le escribí, pero no me eligió para aquel primer viaje.

Al siguiente capítulo, nombraron al Hno. José Mª Pérez, superior de Sierra Leona. Él era muy amigo mío y me preguntó si quería ir a Sierra Leona. Él fue mi palanca para ir hacía allá. Me pidió que llevará alguna máquina del taller de mi padre para hacer cosas y así lo hice. Por las mañanas ejercía de enfermero en el quirófano o pasando consulta y por las tardes, hacía de carpintero. Esa ha sido mi verdadera ilusión y vocación, la de misionero.

Y ahora, ¿cómo ve su trayectoria?
Yo quería morirme en África, pero estando en el Camerún, donde estaba trabajando en consultas, tuvimos un accidente de coche y me fracturé el tendón del brazo derecho. Entonces tuve que venirme a España. Me trataron en el hospital general que tenemos en Sant Boi. Mi intención era recuperarme para volver, pero me encontraron una verruguita en la frente, me hicieron una biopsia y me diagnosticaron melanoma maligno. Me mandaron a Madrid, donde me operaron y una vez recuperado le pedí al Provincial volver a África, pero debía seguir tratamiento de radioterapia pues me había crecido un ganglio en la parte izquierda debajo de la oreja. Así que me mandaron a la residencia de Hermanos de Zaragoza para seguir con el tratamiento de inmunoterapia y voy mejorando. Me queda medio año, pero volveré a pedir volver a África para morir allí. Veremos qué pasa, por ahora estoy muy feliz en Zaragoza y le doy gracias al Señor.

Me siento en paz y rezo mucho porque no puedo hacer muchas cosas, pero le pido a Dios y lo llevo con resignación porque ya tengo 90 años, pero me siento feliz. Me gustaría morir en África, pero si no puedo, mi espíritu siempre estará allí.

Hospital San Juan de Dios - Zaragoza