En San Juan de Dios consiguieron que me sintiera parte de algo, una especie de familia"

jose luis

Llegué una fría mañana de enero a una ciudad desconocida, huyendo de mí mismo y mis problemas, asustado, herido y con una gran necesidad de sentirme escuchado y arropado.

Desde el principio me sorprendió la manera de proceder tanto en el Comedor Social como en el Centro de Acogida con cualquier persona que se acercara a pedir ayuda. Yo sólo había estado en un centro municipal anteriormente, con unas normas y unos baremos claros de actuación y me entraron muchas dudas de ingresar en un centro 'cristiano'.

Yo fui educado por una cristiana y un musulmán y nunca fui demasiado devoto de ninguna creencia y es admirable como estos Hermanos de la Orden de San Juan de Dios no me juzgaron, ni me preguntaron mis creencias, ni qué errores había cometido... sólo me escucharon, me dieron cobijo y comida y tuvieron esa paciencia necesaria cuando un humano anda perdido y nervioso para que, una vez aseado, descansado y más centrado, tomara mis decisiones (en mi caso trabajar mi adicción al juego) y apoyarme en ese duro camino hasta hoy, en el que acabé un programa que no es una 'pastilla mágica' que vaya a sanar lo roto pero sí me ayuda a ver una luz en mi vida, a conocerme mejor y a ser consciente de que aunque el camino sea largo y arduo con mi constancia y valentía conseguiré ser un humano feliz conmigo mismo y con lo que me rodea.

Aquí hay un Hermano que me pone todos los días el café con leche y me sirve la cena doce horas después... ese Hermano es septuagenario y me produce un respeto máximo esas gentes que durante toda su vida ayudan sin desaliento a todos los demás sin intenciones de reclutar o dogmatizar. Simplemente ayudan; en estos tiempos de soledades informáticas y carencia de cariños, me admira estos humanos.

No me volví religioso ni me dedico a adularles cada mañana, sólo sé que toda mi vida me acordaré de estos Hermanos de San Juan de Dios que tanto me enseñaron del significado de amar a los demás sin esperar nada a cambio.

No quisiera despedirme sin destacar a los profesionales de la Fundación Jesús Abandonado y a trabajadores del Centro de Acogida: cocineros, limpiadores y auxiliares que lidian todos los días con gentes complicadas como nosotros, que suelen andar malhumoradas, nerviosas y muchas veces maleducadas y que, aparte de ejercer su trabajo, son 'psicólogos del frente'.

Consiguieron que me sintiera parte de algo, una especie de familia, ese 'milagro de la convivencia' que se produce cada noche a las ocho de la tarde y que junta a más de doscientas personas de razas, países, religiones y realidades dispares. Una convivencia de la que quizás los del G20 deberían aprender para aplicar en las soluciones de nuestro mundo.

Fundación Jesús Abandonado - Murcia