“En la medida que las otras dimensiones que constituyen nuestra persona se van difuminando emerge con toda su potencia la dimensión espiritual de todo ser humano”

¿Cuándo y cómo se posicionó la Orden en nuestra Provincia en el ámbito de los cuidados paliativos?

No soy un gran referente para guardar fechas, pero creo que en torno a la década de los noventa cuando la Orden comienza a abrirse a la integración de los Cuidados Paliativos en lo que hoy denominamos su “cartera de servicios”.

En lo que yo recuerdo el programa asistencial nacido en Inglaterra bajo los auspicios de Cecily Sanders entró en España de la mano de los doctores Xavier Gómez Batiste y Josep Porta que habían acogido e implementado esa filosofía en el Hospital de la Santa Creu de Vic.

Quien desde la Orden más pronto se fijó en esta alternativa asistencial respecto a los enfermos en fase terminal fue, una vez más, el Hno. Francisco Sola que por aquellos tiempos ejercía como Delegado Diocesano de Pastoral de la Salud de la Diócesis de Barcelona. Entró en relación con el Dr. Gómez Batiste y rápidamente comenzaron las entrevistas, charlas, propuestas….

En realidad nuestra institución ya venía practicando, de alguna forma, esta filosofía asistencial pero sin “ponerle nombre” e, indudablemente, sin toda la trabazón argumental y metodológica que ello suponía. Desde hacía ya un tiempo considerable algunos de nuestros centros sanitarios anteriormente dedicados a la asistencia médica abierta, se habían  integrado en las redes sanitarias públicas asumiendo el tipo de paciente crónico y en buena parte paliativo que salían de los grandes hospitales públicos y eran dirigidos a nuestros servicios. A nivel de nuestra Provincia centros como Zaragoza y Pamplona se hallaban en esa situación, si bien mantenían otras líneas asistenciales que compaginaban con la atención a este tipo de enfermos.

Recuerdo perfectamente que por aquellos años ya hicieron un viaje a Inglaterra, junto con el mencionado Hno. Sola, el entonces director de nuestro Hospital de Zaragoza, Dr. Javier Obis, con el  Hno. Manuel Campos, superior del centro (todos ellos ya fallecidos), así como el Hno. Emiliano Rodríguez  y el Hno. Fernando Jordán, capellanes entonces del mismo. Su objetivo no era otro que visitar algunos de los “Hospices” creados por Cecily Sanders para inspirarse en ellos y trasladar su filosofía al modelo asistencial de nuestro Hospital de Zaragoza.  En este sentido podríamos afirmar que el Hospital San Juan de Dios de Zaragoza fue uno de los pioneros de la introducción de los Cuidados Paliativos en España. Inmediatamente se extendería su implantación a los centros de la Orden Hospitalaria en Pamplona, Madrid (todo ello en lo referente a nuestra Provincia).

Enseguida nació la SECPAL (Sociedad Española de Cuidados Paliativos) y en donde nuestros profesionales adquirieron un papel muy significativo.

Y lo que sí que podemos asegurar es que los Cuidados Paliativos Pediátricos inician su andadura en España en nuestro Hospital de Barcelona en 1992. Es en él donde se crea la primera Unidad de este ámbito, siendo el Dr. José María Martín su primer responsable. En torno a él se ubican los diferentes profesionales que, con carácter interdisciplinar, crean el equipo: psicología, trabajo social, atención espiritual…

Recuerdo perfectamente la grabación que en aquellos tiempo llevó a cabo el entonces conocido como CANAL +, sobre la referida Unidad y en la que entrevistaron, entre otros, a los padres de quien fuera el primer paciente atendido en la misma, cuyo nombre recuerdo perfectamente pero que, lógicamente, omitiré por razones de confidencialidad.

 

Abrir unidades de Cuidados Paliativos en nuestros centros fue innovador en su momento pero sobre todo, fue un gran paso en cuanto a lo que tiene de muestra de Hospitalidad, ¿cree que estos cuidados son una manera de mostrar al mundo los valores de la Orden?

Quizá sea un poco pretencioso afirmar esto. O tal vez no. Ciertamente la filosofía subyacente a estos cuidados entroncan muy íntimamente con la de nuestra Hospitalidad juandediana. Son una apuesta por los más vulnerables y desde una apuesta por la atención integral. Y ello es troncal en nuestro posicionamiento como institución.

Yo siempre he creído que los cuidados paliativos debieran ser un estadío temporal de la medicina. Porque atender con preferencia a los más débiles y hacerlo desde una atención integral nunca debiera de ser una “especialidad”, sino un estilo irrenunciable de cualquier acto médico. Pero entiendo perfectamente que, dadas las circunstancias que nos rodean es necesario que existan estos cuidados con carácter de especialidad, y “me temo” que no dejarán nunca de tener sentido.

 

Como Hermano y sacerdote, ¿cree que es importante cuidar el aspecto espiritual de los usuarios de estas unidades?

Cualquiera que lea esta entrevista sospechará que está “amañada” para mis intereses. Al menos yo no la he solicitado así…

¡¡Importante no, Imprescindible!! Cuando se cuartean las junturas físicas del ser humano, cuando el “the end” se vislumbra en el horizonte cercano de la vida, es urgente apelar al equipaje de valores de quien se halla en esta situación. Un equipaje que, más pobre o más rico, bien o mal jerarquizado, representa todo el arsenal con el que se construye el sentido de la vida. Es, permítaseme el chiste en un terreno tan serio como éste, aquello de “¿hay algo más?” o en otra versión de “¿hay alguien más?”.

El sentido de la vida es algo que marca la trama de la biografía de todo ser humano. Pero muchas veces se nos esconde bajo la pátina de superficialidad en la que vivimos gran parte de la misma. Trabajamos, comemos, bebemos, “vacacioneamos”… sin dar especial relieve al sentido de todo ello. Ni las cosas, ni nosotros mismos somos la clave de sentido. Pero, a veces, no encontramos otras. Y es el momento en el que enfocamos la recta final de nuestra existencia cuando nos aparece de golpe las preguntas –generalmente sin respuestas teóricas-, las dudas, las apuestas vitales, los miedos…

Se trata de cerrar una puerta y de abrir otra. Y al cerrar caemos en la cuenta de lo que hemos vivido y disfrutado a tope, de lo que hemos malvivido, de lo que no hemos dejado vivir a los demás…de los amores que han jalonado nuestra existencia, y de los enemigos que nos hemos creado en ella… Son momentos de hacer un buen “inventario existencial” que recoge todos los “debe” y todos los “haber”. Momentos de agradecer a la vida lo que nos ha dado, a los demás lo que nos han ayudado a ser más nosotros mismos…momentos de perdonar también a la vida lo que nos hubiera gustado tener y no se nos concedió, perdonar a los demás lo que con nosotros no pudieron ser…momentos de perdonarnos a nosotros mismos, que íbamos para ser héroes y nos quedamos en simples ciudadanos.

Y se trata de abrir otra puerta. Y aquí tampoco el panorama es mucho más sencillo. Hay quien se conforma sabiendo que esa puerta no existe. Que todo se acabó. Que “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Es una opción que requiere asumir la finitud en clave personal, cosa no siempre fácil.

Desde las creencias aparece un escaparate de opciones: reencarnaciones, nirvanas de distinto calibre…

Desde la fe cristiana se abre la esperanza de encontrarse por fin con el Resucitado. Más allá de la ubicación de lugares, espacios, temporalidades…nuestra fe nos aboca al encuentro con quien es la Resurrección y la Vida. Para el cristiano no se trata de dónde vamos sino hacia quién vamos.

Recientemente leí una entrevista a un famoso exjugador de fútbol –Santiago Cañizares- a quien se le ha muerto no hace mucho un hijo pequeño a consecuencia del cáncer. Y él afirmaba en dicha entrevista: “Desde que mi hijo ha muerto no tengo miedo a la muerte. Sé que cuando ésta ocurra me encontraré con él”. El inmenso amor a su hijo le sitúa en esta posición vital. Al creyente cristiano nos sitúa en la misma dirección, tan solo que a quien nos vamos a encontrar no es uno que vive, sino a quien es la VIDA.

Es fácil deducir que la atención espiritual en este momento, tenga cada cual la opción vital que tenga, es algo consustancial a una buena asistencia. En la medida que las otras dimensiones que constituyen nuestra persona se van difuminando emerge con toda su potencia la dimensión espiritual de todo ser humano. Eludirla, negarla es maltratar a quien en esos momentos es la que más precisa.

Maite Hereu
Comunicación OHSJD Aragón