Me propuse ser un hombre de Dios"

Al Hno. Cólliga lo conocen y mucho en Cuba, país donde ha desarrollado casi toda su profesión religiosa, cuidando enfermos y como responsable de la Pastoral de la Salud. Fue una pieza importante en el empuje de la presencia hospitalaria en la isla: la fundación de Camagüey, la beatificación del P. Olallo o la celebración de los 400 años de los Hermanos en Cuba con la edición de un libro sobre ello.  Un religioso que ha vivido y vive su vocación “de la mano de Dios”.

¿Cómo surge su vocación Hospitalaria?
Creo que hubo dos momentos fundamentales, que fueron vivencias o descubrimientos para mí.

Yo vivía en Valencia y trabajaba de ebanista desde los 14 años.  Pero tuve la suerte (gracia de Dios, veo ahora) de pertenecer a un Centro de Jóvenes católicos (Patronato de la Juventud Obrera) donde me enseñaron los principios de la fe cristiana y la importancia de ser apóstol en aquel mundo tan descristianizado. Y ese espíritu siempre lo arraigué con vehemencia.

Íbamos al Hospital a visitar a los enfermos, llevándoles novelas y revistas para su entretenimiento. Pero un día vino un ciego a pedir alguna revista para que se la leyeran en su sala, a la que no íbamos. Se la di. Al domingo siguiente me la devolvió y, cuando estábamos solos me dijo llorando su problema: casado y con cuatro hijos pequeños, sin ropa ni calzado y él, ciego. Me emocionó y le prometí hacer lo que pudiera por él. Lo comenté en el Patronato y conseguí llenar una sábana repleta de ropa, zapatos, utensilios caseros y hasta dinero. Cuando se lo di se puso a llorar a lágrima viva, agradeciéndome el favor, de modo que me conmovió y me llenó de un gozo especial. Experimenté, por primera vez en mi vida, que había otra felicidad distinta (más profunda) de las conocidas hasta esa fecha: la de hacer el bien. Tenía como unos 17 años.

En otra ocasión, cuando salía de trabajar, vi a dos jóvenes que le decían un piropo a otra muchacha bonita que pasaba muy bien arreglada y ella se sonreía muy satisfecha. Pero, inmediatamente, en el primer cruce de calle, salía otra joven inválida llevada en un sillón de ruedas por una anciana. Esa imagen siempre la recordaré, pues dicha joven iba como avergonzada, triste, con la mirada en el suelo. Ellos, al casi tropezarse con ésta quedaron un poco confusos, diría yo, la miraron con respeto, la siguieron con la mirada pero no le dijeron nada. Entonces pensé, ¿por qué a la inválida no le dicen nada cuando es la que más lo necesita? Esto es injusto. Y surgió en mi fervor juvenil: veo que hacen falta personas que se dediquen a decirles piropos a los que sufren. Entonces descubrí en mi interior la llamada: ¡A mí me gustaría ser uno de ellos! Y creo que en ese momento vi clara mi vocación hospitalaria. Mi espíritu apostólico de la primera juventud y el mundo del dolor ahí presente daban pleno sentido a mi vida.

Y en la Iglesia ¿quién se dedica a cuidar a los enfermos?, pregunté. Hombre… los Hermanos de San Juan de Dios que están en la Malvarrosa (Valencia). Cuando vi el Hospital y a los Hermanos, que entonces iban con hábito y bata blanca, cuidando a los niños, enfermos de poliomielitis, ya no dudé. Tenía unos 18 años y… hasta hoy que tengo 86.

¿Qué ha significado Cuba para su profesión religiosa?
Creo que Cuba ha significado la plena realización de mi vocación hospitalaria, porque allí me encontré con enfermos y, además, muchos pobres. Ahí, a la mano. “La mies es mucha, los obreros pocos” resonaba continuamente en mi corazón. Intenté poner al servicio de la Iglesia y del pueblo de Cuba todo lo que traía: salud, conocimientos, juventud, entusiasmo.  Vi que nuestra Orden Hospitalaria  tenía plena vigencia en aquel pueblo y que era muy bien vista hasta por el Gobierno del país, sobre todo desde que Fidel Castro habló muy positivamente de los centros dirigidos por Religiosos.

Por otra parte, la Iglesia me nombró Responsable Nacional de la Pastoral de la Salud (PAS), lo que me dio oportunidad de realizar plenamente mi vocación hospitalaria: muchos enfermos, muchas necesidades, muchas personas buenas con las que uno se identifica y les puedes mostrar lo importante que es la fe en Dios y lo bueno que es pertenecer a la Iglesia, para apoyarnos, para crecer, porque el que tiene fe ve las cosas de otra manera, “las penas son menos penas”. En fin, creo que Cuba fue el medio más adecuado para la realización de mi carisma Hospitalario.

Además, el haber podido participar, con el empuje de la Provincia y de la Orden, en la fundación de un centro nuevo en Camagüey, la Beatificación del P. Olallo, con la asistencia del Presidente Raúl Castro (impensable), la instalación de una placa  conmemorativa en una plaza de La Habana por los 400 años de los Hermanos en Cuba, la edición de un libro de historia con este tema y otras cosas que no son materia de esta pregunta, colmaron plenamente el sentido de mi vocación hospitalaria.

¿Qué diferencia ve entre la vida consagrada de Cuba y la de aquí?
Veo en España, un país que fue creyente y evangelizador por antonomasia, con grandes y famosos misioneros, con muchos mártires, con mucha historia cristiana, pero parece que, en la medida que ha ido mejorando su nivel de vida, ha ido perdiendo la primera fe, haciendo rutinaria su práctica o dejándola de practicar. ¿Es que el desarrollo económico es enemigo de la fe?, me pregunto  yo. ¿Por qué? No sé, el caso es que el ateísmo se va imponiendo fraudulentamente. Es lo que se ve hoy en la sociedad española, siempre con excepciones, claro.

Sin embargo, en Cuba, como han visto el fracaso del comunismo ateo, que era la esperanza de una vida “color de rosa”, pero que pronto desapareció, perciben la fe con la esperanza de “ser feliz de otra manera”, porque… “algo tiene que haber”, dicen hasta  los más descreídos. Sobre todo, si ven la entrega de los Religiosos que expresan su “experiencia de Dios” en lo que dicen y hacen, que son felices entregándose a los demás y alegres, como testimonios vivos. Las personas sienten un ansia de trascendencia y se acercan a nosotros. Yo diría que, esto que se ve a todos los niveles en el pueblo obliga a los Religiosos Consagrados a Dios, por vocación, a ser y mostrarse, sin rodeos ni excusas, más auténticos, si cabe, que en España. Esta exigencia hace que tu entrega sea mucho más sacrificada que aquí, por la carencia de recursos materiales, pero que la vivas con mucho mayor gozo y felicidad. Y esto lo ven los enfermos a los que asistimos, los colaboradores y todo el pueblo que nos valora y nos quiere.

Entonces, si es así, ¿por qué Ud. se vino? me podrías preguntar. Una operación de cataratas, con los medios rudimentarios de allá, hizo que se me infectara el ojo y, si no vengo a operarme a España, pierdo la visión. Llevo ya siete operaciones en la vista y ahora, gracias a Dios, veo. Después me aconsejaron los oftalmólogos que me intervinieron, que no volviera, por el peligro de recidiva. Si no, te aseguro, que esto te lo contestaría desde Cuba.

¿Cómo le gustaría ser recordado?
No sé. Nunca lo he pensado. Recuerdo a tantos Hermanos que han sido santos varones y que apenas “suenan” entre nosotros. No creo yo ser especial. Lo que sí veo ahora con claridad, a mis 86, que toda mi vida ha sido llevada “de la mano de  Dios”. Que Él tenía un plan sobre mí y que yo intenté dejarme llevar por Él. Me propuse ser “un hombre de Dios”, del Dios que me había llamado a la Orden Hospitalaria, aunque creo que no lo he conseguido. Pienso que, si Dios me guió durante toda la vida, espero que Él disponga también para después de mi muerte. Y… que sea lo que Dios quiera.