Mantenemos viva la llama de la Hospitalidad, queremos que se sientan en casa"

En la Llar Sant Joan de Déu de Manresa se hace un esfuerzo constante en el acompañamiento a las personas desde una visión integral en la que se se tiene en cuenta la dimensión espiritual como un factor clave para su bienestar. Esto incluye tanto el programa para personas solicitantes de refugio como para las personas atendidas del resto de los programas sociales que desarrollan.
En este contexto de trabajo las situaciones de vulnerabilidad, precariedad, desamparo e incertidumbre son el pan de cada día y esto se ha visto agravado por los temores y problemas generados por la actual pandemia y sus posibles consecuencias. Hablamos con Esteban Galliera, responsable del SAER de Llar Sant Joan de Déu en Manresa.

¿Cómo se está viviendo esta crisis en la Llar, sobre todo las semanas de confinamiento? 

Es una situación que ha impactado en varios aspectos muy importantes. Por un lado ha repercutido en la adaptación, que ya de por sí, es un proceso difícil. La imposibilidad de salir del centro con naturalidad, las restricciones para tomar contacto con el entorno y para acceder a recursos externos, y el impedimento para socializar fuera del contexto de la Llar han dificultado la posibilidad de compensar las sensaciones de aislamiento y de falta de pertenencia características de las personas que se incorporan a una sociedad que no es la propia, en especial las que acaban de llegar.

Por otro lado, se han visto truncadas momentáneamente muchas expectativas de escolarización, formativas y laborales, y esto ha provocado cierta sensación de frustración e inquietud sobre las posibilidades de integración. Por último, la incertidumbre es un factor que está incidiendo notablemente, no tanto en lo que se refiere a la pandemia propiamente dicha, sino por las consecuencias negativas que puede tener en sus procesos de inserción.

Desde la Llar se han dispuesto todos los medios humanos y materiales para abordar estas situaciones, y lo cierto es que la convivencia y el estado de ánimo general son positivos.

El aislamiento que han podido sufrir las familias confinadas se suma a la distancia física con sus familias. ¿Como habéis trabajado estas emociones?

El aislamiento es siempre un factor de estrés, en especial cuando es prolongado. Somos gregarios y el confinamiento produce ansiedad, irritabilidad y sentimientos de tristeza e incertidumbre. Esta situación ha repercutido considerablemente en los residentes porque ha agravado los problemas propios de las personas que huyen de sus países y, en particular, de aquellos con problemas de ánimo y psicológicos preexistentes. La confianza, que es un factor de protección fundamental, se ha visto afectada por esta situación y es donde intentamos hacer más hincapié en el acompañamiento.

Por otra parte no hay que olvidar que la pandemia está afectando a todo el mundo y muchas personas han mostrado preocupación por sus familias en sus países de origen y han acusado la imposibilidad de compartir su situación, en especial porque la COVID-19 afectó con notable virulencia nuestro territorio en los momentos iniciales de la enfermedad.

Estamos trabajando principalmente a través del acompañamiento como factor de protección ante situaciones de fragilidad, brindando contención y soporte emocional durante la vida cotidiana. En un principio, el papel de los profesionales que han estado en primera línea ha sido clave ya que han garantizado la continuidad de los servicios esenciales; pero no hay que olvidar a los que desde casa, silenciosamente y haciendo un gran esfuerzo de adaptación, han brindando el soporte necesario para que el resto de compañeros pudiera mantener el funcionamiento del centro. Por encima de todo, nuestro objetivo es estar “presentes”, no solo físicamente sino de un modo integral ofreciendo apoyo, escucha activa y acompañamiento en los momentos difíciles. La dedicación de todos los equipos está suponiendo un gran alivio de las tensiones naturales en estos contextos y está sirviendo como elemento de detección para que el SAER actúe en caso de necesidad.

Por otra parte, también conviene resaltar que el programa para solicitantes de refugio que implementamos desde la Llar incluye una fase muy importante en la que las personas ya no residen en el centro sino que cuentan con viviendas propias. En estos casos hemos notado que el aislamiento ha sido especialmente duro porque se han resentido las redes de contención social que estaban creando y también la atención específica que recibían, como por ejemplo la psicológica, y por eso estamos brindando apoyo social, psicológico y espiritual más intensivo. Al mismo tiempo, tanto su atención en el centro como las visitas domiciliarias suponen un desafío de adaptación de las instalaciones, el establecimiento de nuevos protocolos y el seguimiento de las medidas de seguridad necesarias por parte de los profesionales que intervienen.

En la Llar convive una gran variedad de costumbres y religiones. ¿Como ha sido la convivencia en este periodo? ¿Cómo habéis trabajado desde SAER estas cuestiones?

En general la convivencia interreligiosa en el centro es muy buena y se facilita todo lo posible el hecho de que cada familia pueda continuar respetando sus costumbres y creencias a medida que vamos construyendo un entorno de cordialidad e interculturalidad conjunto. Como comentábamos, las circunstancias no han sido fáciles pero la convivencia ha sido razonablemente buena y creo que, en cierto modo, mejor de lo esperado. Sin duda esto se debe a la calidad humana de los profesionales y a las medidas tomadas al respecto. En este sentido se intensificó el desarrollo de propuestas para promover la comunicación y la cohesión entre las personas. Entre otras actividades, hemos confeccionado batas para hospitales, celebrado Sant Jordi, realizado actividades de baile, continuado con lo que llamamos “cocinas del mundo” y, actualmente, acompañamos también a los residentes musulmanes en la celebración del Ramadán. Nuestro objetivo, además de mantenernos ocupados, activos e implicados ante la situación actual, es fundamentalmente trasmitir el sentido de hospitalidad. En contextos tan diversos como el nuestro resulta muy efectivo y positivo trabajar la espiritualidad a través de la acción y el ejemplo, de manera que los valores de la Orden sean una experiencia “viva” dentro de la vida cotidiana.

¿Surgen cuestiones fundamentales respecto al final de vida?, ¿cómo las enfocáis, desde el punto de vista religioso?

No es una casuística habitual como ocurre en el ámbito hospitalario, pero centramos el abordaje en acompañar a las personas teniendo en cuenta sus creencias, respetándolas y tratando de facilitar los rituales o ceremonias de cada cultura. Lo importante es aproximarse al otro con una actitud humana, escuchando, acompañando, sosteniendo y estando “presentes” en todas las circunstancias. Las personas que acompañamos en la Llar han vivido muchas pequeñas muertes; sus antiguas vidas han desaparecido, sus roles, posesiones, salud, títulos y familias, en muchos casos, han sido arrasados. Sin embargo, hay algo que siempre prevalece, la capacidad de sentir el carácter sagrado y milagroso de nuestra existencia. Aun en el peor de los momentos, un gesto cálido o una mirada de comprensión, pueden ser el punto de inflexión para que nuestra vida adquiera sentido, y esto puede ocurrir en el último suspiro o en nuestra vida cotidiana. Nosotros tratamos de mantener la llama de la hospitalidad viva y con ello la certeza de que sea lo que sea que tengamos que atravesar, estamos en casa.

Llar Sant Joan de Déu