"La gente dejaba de acudir al hospital, pero con nuestra presencia empezó a cambiar"

El Hno Jesús Goñi (Pamplona, 1935) cumple 20 años en las instalaciones de la Fundación Jesús Abandonado de Murcia, donde se encarga del servicio de ropería para personas sin hogar. Antes, estuvo 30 años destinado en Sierra Leona, formando parte del grupo de cuatro Hermanos que marcharon en 1967 para hacerse cargo del hospital de la Orden Hospitalaria en Lunsar.

¿Cómo surge su vocación hospitalaria? ¿Y cuándo descubre su vocación misionera?

Yo procedo de una familia muy humilde y sumamente cristiana. De los ocho hermanos, tres de mis hermanas marcharon al noviciado en Madrid con las Franciscanas de Nuestra Señora del Buen Consejo. Luego, mi hermano, Juan Goñi, entró en la Orden de San Juan de Dios, y fue ahí donde empecé a conocer la Orden. Se podría decir que fue él propiamente quien me abrió el camino. Cuando yo entré en la Orden con 14 años y un mes no conocía prácticamente nada. Cogí un tren desde Pamplona hasta Madrid con otros tres jóvenes como yo, y cuando cumplí la edad requerida para entrar en el noviciado, me trasladé a Barcelona.

En 1954 hice la profesión religiosa, y al poco de realizarla el primer servicio donde me mandó el Superior fue hacer las noches a un pabellón donde había militares enfermos. Por aquel entonces, yo no conocía lo que era la enfermedad, nunca había visto a nadie enfermo. En una de estas personas, la anotación describía su estado como "grave", y pasados unos días, empezó a cambiar de color, teniendo dificultades para respirar. Le cogí la mano y el libro de oraciones, y al poco falleció, y yo solo lo limpié y lo vestí. Esta asistencia fue mi primera experiencia como Hospitalario, y le pedí al Señor que diera valentía y me ayudara a seguir haciendo mi trabajo. Este fue un paso firme en mi vocación hospitalaria.

En el año 1962 comencé los estudios de Ayudante Técnico Sanitario (ATS), terminándolos en el año 1965. Al año siguiente, un día, el Padre Ciriaco me propuso como candidato para ir a las misiones, y en enero de 1967 formo parte del grupo de hermanos que inician la misión de Lunsar (Sierra Leona) por parte de la Provincia de Aragón – San Rafael. Yo no tenía aspiración para ser misionero, pero cuando se me propuso, la obediencia y el estar destinado para cumplir con esta misión fue la que me hizo aceptar.

En 1967 marcha a Sierra Leona junto a tres Hermanos más para abrir un hospital, ¿cómo fueron esos inicios, se pueden considerar los momentos más difíciles en su vida misionera?

Los inicios fueron difíciles por la falta de experiencia. Salimos el Hno. Rafael Perelló, Hno. Ricardo Botifoll, el Hno. Emilio García y yo mismo desde Madrid hasta Sierra Leona. Pasamos los dos primeros días en Makeni y después los Hermanos de San Juan de Dios nos hicimos cargo del hospital de Lunsar, que tenía otro nombre, Nuestra Señora de Lourdes, y estaba a cargo de unas hermanas.

En el hospital, el Hno. Ricardo ejercía de médico, el Hno. Rafael llevaba la contabilidad, el Hno. Perelló del botiquín y yo me encargué de la farmacia y del dispensario. Nos hicimos cargo de un hospital que estaba en manos de estas religiosas, y no conocíamos el idioma, éramos extranjeros, y nos engañaban todo lo que podían, en las compras, en todo.

Las casas de la gente no tenían camas, no tenían sillas, las ventanas no tenían ni cristales. Nos dejaron dos coches y nos preguntamos "¿qué ejemplo vamos a dar nosotros con dos coches?", así que vendimos uno por una caja de tomates, pecando de falta de experiencia muchas veces. Para hacer las camas del hospital, dejábamos las llaves, y al poco nos quedamos sin ropa de cama.

Al no existir una continuidad en la asistencia, la gente dejaba de acudir al hospital, pero con nuestra presencia empezó a cambiar eso. Vimos que había tanta necesidad, que tres días por semana, nos trasladábamos con el coche, con un endoscopio y una enfermera, a distintos pueblos, para dar asistencia, con antibióticos, para la diarrea, para los gusanos.... Llegabas a un sitio y te decía una madre "el niño, no bueno", que entendíamos gracias a un traductor, porque en esas regiones se hablaba de todo menos el inglés. Era complicado.

Y después de casi 30 años, en 1995 regresa a España para incorporarse a la comunidad de Murcia, ¿cómo le resultó el cambio?

El cambio y la adaptación no me costó nada. Yo tuve que abandonar el país a causa de la guerra, algo que me afectó mucho. Allí, en Sierra Leona parecía que el tiempo no contaba, se vivía con mucha resignación. En cambio, cuando vienes a España y se ve tanto movimiento, la gente corriendo, uno piensa "¡qué mundos tan distintos!". La manera de comer, la manera de vivir, un desasosiego... En cambio allí la gente es muy pacífica, muy tranquila, muy agradecida. El primer día te dicen "Padre, ¿quiere comer?", y allí los ves a todos comiendo de la misma fuente con las manos. Pero al segundo día me dije: "Si el Señor quiere que sigas adelante, el Señor te ayudará", y al tercer día me quedé a comer con ellos, bebiendo todos de un solo vaso. Y nunca he enfermado.

 

Fundación Jesús Abandonado - Murcia