Formar en la libertad como base de la práctica en valores. El reto de los docentes en el siglo XXI

¿Valores? Tratar de hacer una aportación sobre ellos que resulte atractiva y que me permita captar la atención de ustedes, lectores, durante dos minutos empieza a ser difícil pues estamos sometidos a tal input mediático sobre el tema que empieza a desgastarse por tanto uso. Pero no olviden que es cierto: los valores dirigen nuestras vidas. Nos ayudan a elegir donde ponemos nuestra atención, en qué cosas pensamos que se encuentra la felicidad, y qué queremos transmitir a las generaciones venideras. Por este motivo decidir cómo articulamos nuestro mapa de valores requiere, como poco, los dos minutos de lectura que va a suponer este texto, puesto que en este proceso nos jugamos, no sólo nuestra felicidad particular, sino también la de aquellos que nos rodean y de la sociedad de la que formamos parte. Nuestra condición humana, para bien y para mal, nos permite elegir qué cosas son importantes para nosotros, dónde queremos poner la atención y el esfuerzo. Y esto es posible porque gozamos de la libertad que nos permite decidir de forma personal o colectiva los valores que son importantes para nosotros y cómo queremos vivirlos. Nos otorga a cada uno de nosotros, no sólo el derecho a pensar y elegir, sino además el de vivir nuestra única vida de forma plena.

¿Qué relación guarda la libertad con la formación en valores?

Pocos valores tienen un atractivo tan universal como la libertad, sobre todo para los jóvenes estudiantes que empiezan a ser conscientes del mundo que les rodea y que les invita a participar de forma activa en su construcción. El ejercicio de la libertad se alza como estandarte y desencadena todo un proceso de crisis y transformación personal que alcanza su clímax cuando salen al mundo profesional con las únicas herramientas de la razón, el conocimiento y los valores. En este proceso de construcción, la libertad juega un papel relevante puesto que ofrece a cada joven posibilidad de actuar. Pero esta condición humana que viene de serie requiere de un aprendizaje en cuanto a su ejercicio pleno, y esto se consigue si nutrimos esta libertad de valores. Por tanto, uno de los grandes retos del siglo XXI para los educadores es que esta posibilidad de actuar se llene de valores que les den la razón y los motivos para construir y crecer, y que en este ejercicio de libertad puedan decidir decir que no a lo que les destruye y empobrece como personas.

Si soy totalmente libre, pero carezco de valores, ¿qué haré? Mi libertad no me lo dirá simplemente me responderá: Puedes hacer cualquier cosa.

Mis valores son los que me moverán, los que me dirán: Haz esto. Esto es bueno; es correcto; es importante.

¿Cómo formamos desde la libertad en valores que permitan a nuestros jóvenes moverse hacia lo que consideramos correcto y bueno?

La formación en valores encuentra su entorno óptimo en las escuelas, en las universidades y en los centros docentes. Coinciden la plasticidad en ideas y comportamientos con la capacidad de razonamiento. No obstante encontramos en estas instituciones un lado oscuro, puesto que la línea que divide la educación y el adoctrinamiento es realmente tenue. La escuela es un mecanismo de reproducción social, pero también es un instrumento de liberación, de concienciación y una vía de mejora en el estatus social. Si somos conscientes de ello observaremos que la responsabilidad que tiene el profesorado no es desdeñable puesto que tiene en sus manos una de las herramientas más poderosas en la transformación y construcción social: la educación. He aquí el primer acto de libertad de la cadena educativa: la elección del educador. La elección libre de construir, de facilitar, de respetar, de acoger, de cuidar, de aprender y de enseñar es el primer acto formativo en valores que ven nuestros alumnos. Porque la formación desde la libertad en valores se gesta desde la coherencia y el ejemplo del que se constituye educador. La libertad exige la capacidad para comprometerse y perseverar en ese compromiso. Nos realizamos cuando nos comprometemos libremente como personas y vivimos coherentemente los compromisos que hemos asumido. Es lo que nuestros jóvenes demandan y aprecian, y es lo que les hace incorporar los valores y guiar su libertad. Cuando me preguntan cómo formar a los jóvenes en valores lo primero que pienso es en elegir bien dónde pongo la atención, con qué me comprometo, y cómo soy coherente con ello.

Campus Docent Sant Joan de Déu - Barcelona