Es importante conseguir que establezcan unos hábitos de vida, como un horario regular de comidas especialmente cuando toman medicación

Miriam Predats

Comenzamos en enero con el proyecto Housing First los tres trabajadores sociales que integramos el equipo: Carmen, Alejandro y yo. Al poco se incorporaron los participantes: Antonio, Joao y Miguel Ángel. Al proponérselo nos encontramos con la misma reacción en los tres: un nivel de miedo y vulnerabilidad muy alto, ya que son personas que hasta ahora han vivido en la calle y se han hecho un hueco en ella. La calle es un entorno hostil y ellos han vivido, se han defendido en ella y han conseguido ser respetados. Una vez dentro del proyecto se enfrentan a nuevos miedos: «¿qué hago ante los electrodomésticos?, ¿cómo hago la comida?, ¿cuándo limpio y cómo decoro mi espacio?». Son personas con muchos recursos, pero en otra esfera de la vida, de hecho, una característica común es que son muy respetados por otras personas en su misma situación, que les admiran por haber entrado a formar parte de Housing First.

Al principio nos sorprendió que ninguno quiso dormir en la cama los primeros días, todos sentían la casa como «una jaula de oro», porque creían que los estábamos engañando y se preguntaban qué podía pasar. Tras esa fase vino el miedo, no querían tocar nada del piso, seguían sin considerarlo suyo y sentían incertidumbre y agobio por estar encerrados. Hasta ahora su espacio de seguridad no era en una casa, era la calle y de repente tener que enfrentarse a una vivienda se hizo duro, era un reto. Tras esa fase vino otra en la que buscaban el límite y probaban qué pasaría si transgredían alguna norma.  Aun así, llegó un punto en el que empezaron a considerarla su casa, establecieron un vínculo con nosotros y nos aceptaron como parte de sus vidas. Ese vínculo es recíproco porque nosotros también compartimos nuestras experiencias con ellos, es el punto que más tratamos de reforzar y, según crece la confianza, nos van pidiendo lo que necesitan y nos dicen también lo que no les gusta. El vínculo es la base, puesto que aunque cada persona es diferente, como lo somos todos, su perfil común es la  alta cronicidad en la situación de exclusión que han vivido.

Otra cosa que hemos aprendido es a utilizar el refuerzo positivo. Antes teníamos tendencia a alabar lo que hacían bien, pero al usarlo nos dimos cuenta de que surgía el miedo a sentir que nos podían fallar, con lo que empezamos a aplicar el análisis de las situaciones que se les presentaban y dejarles decidir la solución, sin juzgar qué está bien ni qué está mal en sus vidas. Nuestro trabajo ahora mismo se encamina hacia el fomento de reforzar sus propias personalidades, que sean ellos mismos los que reconozcan las cosas que les dañan, no se lo imponemos.

En general, trabajamos este modelo con la horizontalidad, sin establecer un estándar común de aplicación. Cada persona marca su propio objetivo y te dice lo que quiere en cada momento. Tampoco confrontamos, sino que ofrecemos nuestra visión y aportamos varias opciones para la resolución de un problema. Quien decide en última instancia siempre son ellos, así tratamos de sacar lo mejor de ellos mismos. Hay que tener en cuenta que se trata de personas que no tienen hábitos y, en ocasiones, tampoco aceptan las normas. Es importante conseguir que establezcan unos hábitos de vida, que vean la importancia que tiene, por ejemplo, un horario regular de comidas especialmente cuando toman medicación.