La enfermería asistencial, identidades y exigencias

Labor Hospitalaria, n. 199 (1986)
Autoría

Francisco de Llanos
Diplomado en Enfermería. Sevilla

Este artículo, publicado en 1986 en Labor Hospitalaria, plantea una visión reflexiva y crítica de la profesión que sigue estando de plena vigencia. 
El autor nos ofrece un tema con mucha riqueza de documentación y con mucha experiencia vívida. Fundamentalmente, es una reflexión sobre el hombre enfermo y qué respuestas profesionales ha de aportar la enfermería para aplicarlas al enfermo; y no sólo respuestas técnicas, sino humanas y éticas. 
La situación de partida por la que comienza el artículo, aunque haga referencia a la profesión hace 30 años, nos va a sonar sorprendentemente cercana…
Presentamos aquí la introducción del artículo y os animamos a descargar el artículo completo, para leerlo con calma.

Situación de la que partimos: 

En nuestro medio sanitario actual observamos un contraste: existe, por una parte, un aceptable nivel de calidad técnica en la asistencia sanitaria y, por otra, es una realidad el olvido del enfermo como persona. 
¿Es éste un fenómeno aislado, fruto de una mala gestión administrativa en las alturas, o es, por el contrario, un fiel reflejo de la deshumanización de la propia sociedad actual en la que se engloba como un elemento más la asistencia sanitaria? 
lvan Illich formulaba ya en su Némesis Médica la más feroz de las críticas al denunciar la expropiación de la salud por parte de la Medicina. Los médicos no salvan a las personas sino que las convierten en «pacientes de por vida». «Una demanda idolátrica de manipulación reemplaza a la confianza en la fuerza de recuperación y adaptación biológica que tiene toda persona humana ... y el resultado es la regresión estructural del nivel de salud (1)
La enfermería, por su parte, involucrada también en el proceso de cambio socio-sanitario, está experimentando serias transformaciones en su funcionamiento; y aunque estamos tentados diariamente de identificarla con cualquier especialidad técnico-sanitaria o de exclusivizarla como un acto de puro samaritanismo, los profesionales de hoy estamos llamados a dar razón del fundamento que define el ser y el hacer de la Enfermería. 
Esta dimensión reflexiva viene provocada por los hechos y datos que podemos experimentar y recoger en nuestro trabajo de cada día:  
Mostramos escaso interés ante el dolor y malestar que sufren un hombre o mujer, niño o anciano enfermos, y solemos descargar nuestra conciencia profesional en la diabólica estructura y en el mal funcionamiento del gran hospital. 
Es frecuente asumir funciones directivas en la cúpula de la enfermería más como un puesto político o de interés egoísta y no por el hecho de ofrecer un mejor servicio al enfermo. 
Parece que el lnsalud, por ejemplo, con sus criterios de rentabilidad y de asistencia tecnificada da su última palabra a los desahuciados y crónicos.
Del abanico de nuestras tertulias en el control de enfermería han caído al silencio las referencias biográficas, familiares, éticas o religiosas que preocupan a un enfermo, no tienen importancia, «son sus problemas»; resulta más interesante hablar del tiempo o de la feria antes que afrontar el miedo, la debilidad y la angustia de los que nos interpelan en la sala. 
 ... Y así, despersonalizamos al enfermo; pues a pesar de la tecnificación, el maquinismo, la protocolización, la burocracia, el Scanner y el microfilm de las historias clínicas, nuestros ojos se han acostumbrado a verle en medio del pasillo haciendo sus necesidades en una cuña a la vista de todo el mundo. 
Estos aspectos y otros más no son, en definitiva, un fenómeno aislado que se da en la asistencia sanitaria únicamente sino que manifiesta la cosmovisión que impera en la cultura positivista de nuestros días, originando el despojo físico, psicológico, social y moral del hombre. Hasta la reflexión ha dejado de ser categoría humana. El vértigo y el placer, la osadía y el «qué más da», el yo de cada uno y «lo que a mí me da la gana» son ahora los nuevos criterios del servicio a los demás. 
 

LH n. 199 (1/1986)

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