Acompañar, un rasgo de nuestra espiritualidad juandediana

Revista IN, nº 274 (2020)
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Ante la desorientación que causan las situaciones de sufrimiento, sea por la COVID-19 o por otras causas, se abre de un modo especial ese espacio dialéctico de acompañar y dejarse acompañar.

Acompañar es un arte y es un don. Como arte se ejercita, como don se recibe. A veces olvidamos esa parte de la recepción que implica una humildad y un vaciamiento del egoísmo propio que tan bien llevó a cabo Juan de Dios a lo largo de su vida. En sus cartas vemos la gran diversidad de matices que el acompañamiento cobra en su vida diaria, San Juan de Dios acompaña con el gesto, acompaña con la palabra, acompaña con la denuncia, acompaña con el silencio y, sobre todo acompaña en el camino, caminando al lado de aquella persona que se cruza en su vida y a la que le ofrece, paso a paso, la caricia de un Dios que cuida, que alimenta, que cobija, que consuela, que cura, que ama como él se siente amado. De eso trata el acompañamiento, de amor, de amor de Dios para todos y cada uno de nosotros, y por eso, como Juan, deseamos acompañarnos unos a otros desde el corazón, pues, quien ha recibido ese don comparte con Dios el amor hacia sus hermanos, sobre todo hacia los más pobres y los que más sufren[1].

Acompañar, pues, nos sitúa ante el misterio de la comunión de Dios con el mundo, de la comunión de Dios con todos nosotros. Como les sucedió a aquel par de amigos mientras caminaban hacia Emaús, desolados y hundidos ante el fracaso de su proyecto de vida. Tras acoger al peregrino, sin ni darse cuenta, se dejaron acompañar por él mientras le relataban el sinsabor de sus vidas ya sin sentido ante la muerte del amigo, del maestro. Todas las tradiciones espirituales  tienen como algo sagrado la acogida, sin distinción de etnias, culturas, castas, etc. Si no acogemos es imposible que podamos acompañar como tampoco ser acompañados. Acoger es esa condición de posibilidad del acompañamiento que también a veces olvidamos. Acoger supone un vaciamiento de sí que permite la entrada del otro en nuestra intimidad. No todos estamos dispuestos siempre a permitir esa entrada y no siempre estamos preparados para entrar si nos invitan. El peregrino, tras la invitación nacida desde el corazón ya enardecido de sus compañeros de camino, acogió la invitación, entró a su casa y se sentó a su mesa compartiendo el pan de la jornada. Él tenía algo que ofrecer y se lo dio como un don que recibieron.

Ante la desorientación que causan las situaciones de sufrimiento, sea por la COVID-19 o por otras causas, se abre de un modo especial ese espacio dialéctico de acompañar y dejarse acompañar. Como acoger, acompañar es un acto relevante en todas las tradiciones religiosas, un sacramento. Acompañan los maestros y maestras, acompañan aquellos y aquellas que van por delante en el camino, que saben ver a pesar de la oscuridad presente. Esa visión compartida empodera y transmite fuerza para seguir la propia ruta, sea la que sea, pues el acompañante desaparece. Para quien acoge a Jesús, y se deja acompañar por él, vida y muerte se entrelazan, los límites de sus razonamientos se dimensionan abriéndose a un espacio de comunión fraterna que les impulsa a la esperanza y a la ilusión de nuevo compartida.

 
[1] Hno. V. Riesco. San Juan de Dios, profeta del Dios de la Misericordia. Editado en Granada, marzo 2001. “En su acompañamiento Juan no busca el prestigio personal cuando hace el bien: la comunión de existencia con Cristo y el Padre le conduce a desdibujarse, a permanecer en la sombra, para que Jesucristo, que es fiel y durable, manifieste y reafirme su amor de predilección por los pobres y los que sufren”.